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Viernes, 31 de octubre de 2003

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El empleo del tiempo

Después de una investigación que hizo foco sobre tres generaciones de mujeres españolas, Judith Astelarra, feminista y académica de la Universidad de Barcelona, plantea la necesidad de imponer “políticas de conciliación” para que, además de compartir el espacio público, varones y mujeres se repartan las cargas domésticas y el cuidado de niños y ancianos.

Por Sandra Chaher

La mujer de pelo rojo chillón, maciza y corpulenta, habla a enorme velocidad. Como si poco tiempo bastara para decir lo importante, como si el tiempo no sobrara para hacer todo lo que está pendiente. En ella, además, las cualidades de rapidez, claridad argumentativa y capacidad ejecutiva son fundamentales para moverse ágilmente entre los dos ámbitos que transitó toda su vida: la academia y la política. Es coordinadora del Seminario de Estudios de la Mujer del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona, pero también fue miembro del Consejo Rector del Instituto de la Mujer de España y es miembro de European Network on Policies and the Division of Unpaid and Paid Work.
Judith Astelarra, argentina de nacimiento y española por adopción, vino a Buenos Aires a presentar su último libro: ¿Libres e iguales? Sociedad y política desde el feminismo, que acaba de publicarse en Chile y acá puede conseguirse en la Librería de Mujeres. Pero en esta entrevista habló de políticas públicas y participación política desde una perspectiva de género, que será el tema de Veinte años de igualdad de oportunidades en España, su próximo libro.
Después de haber hecho un estudio sobre tres generaciones de mujeres españolas: las pre-franquismo, las que vivieron los inicios de la democracia, y las que son jóvenes en la actualidad, se pregunta: “¿Qué cambió en los últimos 20 años? Que las generaciones más jóvenes se integraron al ámbito público. Pero lo privado no cambió: allí las mujeres siguen siendo las responsables de casi todo. O sea que salieron al mundo, pero hoy tienen doble jornada, y esto se tradujo en que no quieren tener hijos. Entonces lo que desde los años ‘50 fueron políticas de igualdad de oportunidades para que las mujeres ocuparan un espacio en el mercado laboral, hoy se están transformando en políticas de conciliación que enfatizan la inclusión del hombre en el ámbito privado. Pero, claro, ningún varón pide la licencia por paternidad, aunque puede hacerlo en España y en la mayoría de los países de Europa, ni reclama hacer las compras u ocuparse de los ancianos porque eso no está valorado socialmente. Entonces, ¿qué hacemos? Los instamos a que ocupen esos espacios con normas o con políticas conciliadoras. Pero la conciliación, que significa compartir el ámbito de lo privado y que es algo que se dice tan rápido, es en verdad un cambio revolucionario, porque significa modificar el modelo que tenemos desde la era industrial: cambiar el concepto de trabajo, de organización del trabajo, de tiempos de la vida familiar, social y pública”.
–¿Cómo se está trabajando en Europa para incorporar las políticas de conciliación a la vida cotidiana?
–Europa está más adelantada que España. Nosotros, con el franquismo, bueno, quedamos un poco rezagados. Pero desde fines de los ‘90 ya tenemos nuestras leyes de conciliación. Lo que pasó en Europa fue que al ver que la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo traía como resultadola doble jornada y la baja de la tasa de natalidad, se empezaron a cuantificar los indicadores. Y entonces se intentó averiguar cuánto costaba el trabajo de un ama de casa si hubiera que pagárselo y esto generó un gran debate porque prácticamente en ningún país del mundo esta cifra está debajo del 40 por ciento del PBI. En España estamos en el 65 por ciento. Entonces una de las cosas que se hizo en España, por ejemplo, fue que la licencia por maternidad/paternidad fuera compartida: cualquiera de los dos puede tomársela indistintamente. Pero, ¿qué pasa? Los hombres en general no la piden, y entonces ahora se está viendo si se los “fuerza”: que, por ejemplo, un mes lo tenga que tomar sí o sí el varón. Eso se está discutiendo en este momento en el Parlamento de Catalunya. Otro tema es que el Estado brinde los servicios para que las mujeres no tengan que hacerse cargo de niños, adultos y enfermos. De estos últimos fue de los que primero se hizo cargo la seguridad social. Ahora en España se está viendo que haya más geriátricos y guarderías. En Francia, Inglaterra y Alemania, las familias tienen la opción de que una persona, pagada por el Estado, cuide a los adultos en sus propias casas. Porque una de las cosas que se descubrió fue que el tan mentado ausentismo laboral de las mujeres, por el cual los empresarios se resisten muchas veces a contratarlas, era la mayoría de las veces para cuidar a alguien de la familia que se había enfermado, no porque estuvieran ellas enfermas. Digamos que lo que se está haciendo ahora son correcciones a las políticas de igualdad de oportunidades, y entonces podemos hablar de cuatro ítem. La primera corrección es la que estoy mencionando: que hombres y mujeres compartan el espacio de lo privado. La segunda es asumir que tenemos un modo de organización social que tenía sentido con colectivos de trabajo diferenciados, en un mundo en el que lo privado se acomodaba a lo público. Los horarios se formaron en paralelo entre la casa y el trabajo. Lo que ves ahora es que hay que reorganizar los servicios públicos para que no coincidan con los horarios laborales y la gente pueda acudir a ellos. La tercera corrección es flexibilizar los horarios de trabajo para hacerlos compatibles con la vida familiar. Y la cuarta, y la más jodida de todas, es corregir los horarios del ámbito político, donde nada está preparado para que pueda ser compatible con la vida familiar.
–Usted señala en sus artículos que se trata de un tema de tiempos y no de horarios.
–Claro, nosotros empezamos a decir que se trataba de reorganizar los tiempos de la vida social, no una mera cuestión de modificar horarios. Y aquí es donde viene lo revolucionario. Desde comienzos de la era industrial se establecieron tiempos por los cuales te educas, trabajas, te jubilas. ¿Por qué jubilarte a los 65, si quizás quieres seguir mucho tiempo más? ¿O por qué no tomarte un sabático a los 30? Esto llevó, por ejemplo, a que se crearan Bancos de Tiempo: existen en Italia, en Gran Bretaña, y en Catalunya también tenemos. El Ayuntamiento se convierte en un banco de horas: tú sabes arreglar coches, entonces vas y dices que estás dispuesto a canjear 3 horas de esa tarea por clases de inglés. Haces el arreglo del auto y te quedan 3 horas a tu favor. O estudiantes que se van a vivir con personas mayores porque necesitan un lugar y los adultos quieren a alguien con quien compartir su casa. Se empiezan a flexibilizar estancos antes separados.
–Este tipo de políticas, ¿no generan una influencia excesiva del Estado en el ámbito privado?
–El Estado siempre normatizó el funcionamiento de la familia, esto no es nuevo. Lo que sí pasa ahora es que la familia se ha vuelto el núcleo más estudiado, porque se trata de un tema de ingresos económicos.

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