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Viernes, 11 de septiembre de 2015

ESCENAS

Cuando se apagan las cámaras

En Un trabajo, la obra escrita, dirigida y actuada por Lisandro Rodríguez y Elisa Carricajo, los roles de mujeres, varones y de géneros estallan en crisis dentro de un set de filmación.

 Por Natalia Laube

“Hacemos un trabajo sobre la confusión”, postea Lisandro Rodríguez en su Facebook para promocionar Un trabajo, la obra que escribió, dirige y actúa junto a Elisa Carricajo y que hace un par de semanas estrenó en El Elefante, su sala de teatro. Puede que no haya frase más apropiada para definir eso que pasa entre los personajes de su obra y, sobre todo, para describir los presupuestos del varón que él interpreta: un tipo de esos que piden a su compañera laboral “un consejo de mujer”, como si todas pensáramos de la misma manera, o es incapaz de encontrar sin ayuda los límites entre halago y abuso y que entonces va del inocente “¿está mal si te digo que estás linda?” a las preguntas indiscretas sobre la sexualidad de su colega sin solución de continuidad.

Como el asunto de los piropos, que surge en el primer round verbal entre los personajes, aparecerán otros tantos en relación a las lógicas de conducta establecidas entre mujeres y varones. Temas que, de a poco, van ganando mayor lugar en la agenda pública y mediática pero a los que el teatro rara vez hace lugar de manera explícita. Y aunque la obra no se ocupa necesariamente de problematizarlos, los pone en circulación para que sean pensados o repensados por el espectador. Un trabajo transcurre en un set de filmación donde se producen videos noticiosos de extrañísimo formato, justo el día en que la presentadora graba el copete de una noticia revolucionaria para el campo de la ciencia: un hombre que durante mucho tiempo deseó concebir un hijo tendrá la chance de someterse al primer transplante transgénero de útero en la historia. La nota da pie para la formulación de varios interrogantes, que el personaje de Carricajo va enhebrando con los detalles del caso: ¿cómo cambiaría, a partir de esta posibilidad, la noción de paternidad? ¿Y cómo afectaría al psicoanálisis? ¿Por qué no pensar, por ejemplo, que en realidad son los hombres los que sienten envidia hacia las mujeres por no tener la posibilidad de engendrar y parir a sus hijos, en vez de seguir pensando que nosotras extrañamos un falo que no supimos conseguir?

El desarrollo del informe va generando cierta curiosidad en ese personaje varón que, a la distancia porque su trabajo así se lo permite, supervisa y opera el material que está grabando su compañera. Mientras se filman los segmentos, ellos, colegas que nunca se vieron en persona, se embarcan en un ping pong de charlas que va desde los vínculos amorosos y las relaciones sexuales, las citas, la maternidad, la paternidad, los piropos y la prostitución. En ese sentido, lo más interesante de la obra sucede cuando las cámaras se apagan y la trama noticiosa le deja lugar a la subtrama que se teje entre la presentadora y su compañero técnico, que se comunica a través de micrófonos pero, a diferencia de ella, jamás es visto en escena.

De trayectoria larga y profusa en la escena teatral independiente, Elisa y Lisandro nunca habían trabajado juntos, aunque hacía mucho tenían ganas. El año pasado empezaron a idear un trabajo conjunto a partir de la lectura específica de recortes de noticias y de libros de filosofía y género (temas que a Elisa le interesan especialmente y cuyo aporte puede rastrearse en todas sus puestas; desde su ópera prima, Dos mil treinta y cinco, en la que la protagonista era una mujer trans, hasta Agreste, el texto que dirigió el año pasado para el Festival América Europa, donde los roles eran interpretados indistintamente por mujeres o por hombres, sin importar el género de su personaje). El resultado es esta pieza escrita, dirigida y actuada de a dos en la que todos los roles se ponen en cuestión, también los que hacen a la propia obra: los clásicos lugares del dramaturgo, el actor y el director son ocupados un poco por ambos y para actuar, además, no hace falta aparecer en escena.

¿Qué significa, exactamente, dirigir y escribir una obra en conjunto?

Lisandro: –A mí me cuesta cada vez más pensar los trabajos con roles tan claros. En el programa aparecemos como directores, actores y dramaturgos porque hay cierta convención respecto de eso pero yo, honestamente, ya no sé quién hizo cada cosa ni me importa. Este es un trabajo en proceso, grupal, que también se completa con Manoel Hayne (asistente de dirección), Lucas Bustamante (asistente técnico) y sobre todo con Matías Sendón, que creó el dispositivo que le da estructura a la puesta: las cámaras, los micrófonos y todo lo que permite que ella esté siendo filmada en escena y yo actúe en off. Entre Elisa y yo trabajamos y nos juntamos muchísimo, no sé quién dirigió a quién ni cómo. Solo sé que Un trabajo fue generando capas de sentido y que eso hay que ir ordenándolo como se pueda; y que incluso nosotros hacemos lo que podemos, encontrando a medida que van pasando las funciones los lugares desde dónde operar.

La obra toca temas que están muy abordados en las ciencias sociales pero muy poco trabajados en el teatro, al menos en la escena independiente porteña. ¿Qué textos leyeron durante la investigación que los fue llevando a crear Un trabajo?

Elisa: –A veces me cuesta responder esta pregunta con nombres de autorxs, justamente porque funcionan como disparadores y sin el contexto en que fueron leídos no sirven de mucho o pueden quedar un poco descolgados, pretenciosos. Las lecturas que hice para esta obra en particular, y también para Agreste, mi anterior trabajo como directora, no fueron las más originales pero me sirvieron para pensar: ante todo, Focault y Deleuze. También leímos a Preciado, de hecho al principio de los ensayos usamos un texto suyo sobre los baños públicos como parte del texto del programa. Por otro lado, Lisandro y yo leímos juntos Teoría King Kong, de Virginie Despentes, y fue lindo compartir esa lectura desde lugares de la experiencia muy diferentes. Pero también hubo disparadores de investigación no literarios.

¿Cuáles?

E.: –El año pasado en el marco del festival Asterisco vi un largo de posporno, un género del que no había visto casi nada, más bien había leído. Verlo en un cine, con una duración determinada y con un público determinado me voló la cabeza y me hizo hacer cuerpo algunos conceptos con mucha claridad. Yo cursé la carrera de Comunicación en la UBA y desde entonces el cuerpo como lugar de reflexión es lo que más me atrae de la teoría. Esa experiencia en particular me generó un nuevo interés por investigar, y este año tuve la enorme suerte de hacer uno de los talleres que dio el grupo Postop en el marco de la Bienal de Performance y esa fue también una instancia muy reveladora en cuanto a los aspectos prácticos de determinadas teorías.

¿Les interesa que la obra transmita un mensaje claro, una posición? ¿O simplemente tenían ganas de poner en circulación ciertas ideas vinculadas al género?

E.: –De ninguna manera la idea, con ninguno de mis trabajos, es “bajar línea” explícitamente; tampoco volver a decir lo mismo que dice la teoría en un lenguaje teatral, porque para eso están los libros. Pero sí es inevitable que algo que está presente en tu cotidiano, en tu manera de mirar el mundo o las cosas que te interesa leer se filtren en lo que hacés. Por eso, en esta obra y también en Agreste estoy dirigiendo y también actuando, porque me gusta ponerme en el brete de resolver de un modo corporal esas ideas, de poner mi cuerpo ahí, en juego, y llenarme de preguntas.

Un trabajo. Lunes, a las 21, en El Elefante Club de Teatro. Guardia Vieja 4257. CABA. Entradas: $90 y $120.

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