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Viernes, 5 de febrero de 2016

CINE

Austen delirada

Zombies es lo último que faltaba cruzarle a una trama de Jane Austen, y justamente entre cuchillos y cabezas cortadas ocurre esta versión del clásico Orgullo y prejuicio.

 Por Marina Yuszczuk

¿Qué queda por hacer en el cine con Jane Austen? En los últimos veinte años hubo un arco inaugurado probablemente por Sensatez y sentimientos (1995) y continuado por Emma (1996) que se agota, al mismo tiempo que tiene su clímax, en la versión de Orgullo y prejuicio (2005) filmada por Joe Wright, perfecta porque entrega ese plus de pasión que Jane Austen no admite ni conviene a la literatura pero también porque a Wright, más que a ningún director que se haya ocupado antes que Austen, le interesó crear un mundo propio de imágenes y de sonidos en esa campiña inglesa de familias empobrecidas que criaban gansos. En el medio estuvieron también las miniseries de la BBC, más “fieles” a las novelas en la elección de usar gente más bien fea en lugar de estrellas de Hollywood y de no embellecer excesivamente los espacios y las costumbres de la aristocracia rural inglesa, y que por eso mismo son tan poco atractivas como sus personajes de cachetes colorados.

Hubo películas que tomaron otro camino como Ni idea (1995), una de las mejores recreaciones de Emma en la sonrisa rosa chicle de Alicia Silverstone, y engendros menos felices como The Jane Austen book club (2007), con gente que se enamoraba y mejoraba su nivel de vida leyendo a Austen, o Becoming Jane (2007), una biopic acaramelada en la que Anne Hathaway interpretaba a la escritora en pleno romance frustrado que la destinaba a esa clase B de la literatura. Mejor pasémoslas de largo. En el transcurso de esos veinte años el mundo cambió, y el cine empezó a hacerse cargo de que para algunas chicas, el dilema de tener que elegir entre una comedia romántica o una de terror para un viernes a la noche era inexistente porque se podía consumir todo y hasta mezclarlo en una misma película. No hay dudas de que la saga Crepúsculo existe porque ese público existió primero, ni tampoco de que en ese territorio ambiguo de romances con monstruos y telenovela con colmillos sangrientos es donde viene a resolverse la pregunta sobre qué hacer ahora con Jane Austen.

La respuesta: ponerle zombies. Es una estupidez genial porque no tiene el más mínimo sentido, y a la vez, tiene sentido. Es difícil imaginarse dos territorios del cine más aislados, más distintos, por más que la rigidez cadavérica de los muertos vivos tenga un parentesco lejano con la rigidez payasesca de un Hugh Grant interpretando a Edward Ferrars. Orgullo, prejuicio y zombies se propone ejecutar esa cruza aberrante mientras sigue muy de cerca la versión de Joe Wright, por momentos como parodia, y se las rebusca para abrir huecos en el guión por donde puedan colarse los muertos vivos a la búsqueda de cerebros frescos. Ya se sabe la historia: las cinco hermanas Bennet están solteras y eso estruja de preocupación el corazón de los padres, porque las hijas mujeres no pueden heredar legalmente y no casarse las dejaría al borde de la mendicidad. Claro que además de dotarlas de los saberes propios de las señoritas, imprescindibles para casarse bien, los padres Bennet las entrenaron para defenderse con artes marciales de la plaga zombie que hace años azota Inglaterra, se cree que llegada desde las colonias más allá del mar.

En lugar de bordar, Elizabeth (Lily James, que el año pasado fue Cenicienta) y Jane (Bella Heathcote), practican sus movimientos de combate mientras se cuentan chismes y se esconden cuchillos bajo las polleras como preparación para la fiesta. Orgullo, prejuicio y zombies es efectiva cuando logra que todo esto parezca natural, divertida cuando mezcla la dicción de Austen con cráneos aplastados y lo suficientemente picante como para explicitar la tonelada de atracción sexual entre Lizzie y Mr. Darcy, aunque fracasa como película de zombies porque el género le interesa demasiado poco y lo entrega como una mínima dosis de alcohol diluida en una gaseosa. Un poco más de horror y cabezas cortadas no hubiera estado mal: las chicas podemos soportarlo.

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