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Viernes, 27 de mayo de 2016

RESCATES

Manos de tijera

Lotte Reiniger
1899-1981

 Por Marisa Avigliano

Charlotte está sola en su cuarto, la medianoche se prolonga bajo sus pies y una luz tanteada la convierte en marioneta sin titiritero. Es ella quien maneja los hilos imaginarios, quien elige lo que cuelga y lo que encoje y quien hace que la forma que acaba de extinguirse, renazca. El entretenimiento noctámbulo es un habitual y solitario juego de infancia que con telón puntual levanta mientras el sueño de los otros domina el silencio de la casa. Ser la marioneta que la divertía en la noche era también una pasión diurna, las siluetas no cumplían horario en los ojos de la nena berlinesa de clase media y cada día, como si atesorara un mercado de pupilas magrebíes, le daba la bienvenida a cientos de figuras etéreas similares a las que inventa el vapor en los espejos. El cine de animación estaba ahí, a pasos de su propia sombra pero recién iba a correr el velo en la adolescencia cuando las puertas del cuarto se abrieron y descubrió sentada en una butaca a Georges Méliès y a Paul Wegener. Chalotte, Lotte ya y para siempre, solo quería cruzar el umbral y ser una más entre ellos, una más para llenar de aristas el aire. Algunas clases de teatro con Max Reinhardt (solo para estar cerca de Wegener) iniciaron el camino. Porfiada sin atenuantes logró que Wegener finalmente la viera después de una proyección casera que hizo con figuras de papel (eran las siluetas de sus compañeros de teatro). Hojas negras recortadas y una luz dirigida rememoraban la marioneta que solía ser y aguzaron el anzuelo de lo imprescindible. El filo de la tijera era un lápiz de buena punta en las manos de Lotte. Sus recortes eran trazos certeros y el resultado siempre traía una silueta magistral e imperfecta. Dones de lo que está hecho a mano. Aquel anzuelo recogió presa y poco después la alumna insistente ya ayudaba a Wegener con los subtítulos de Der Rattenfänger von Hameln (El flautista de Hamelín). A los veinte años filmó su primera película de siluetas, Das Ornament des verliebten Herzens (El ornamento del corazón enamorado) y dos años después se casó con Carl Koch, marido y compañero de trabajo hasta que Carl murió en 1962. Los cortometrajes sucedían uno tras otro cuando llegó la invitación de Fritz Lang para que creara al halcón onírico de Los Nibelungos, después, y durante tres años y un poco más, escribió y realizó las trescientas mil imágenes de Las aventuras del príncipe Achmed (1926), un largometraje animado de 65 minutos donde se cruzan historias de Las mil y una noches, un clásico imperdible del cine (son siluetas recortadas, no son dibujos y no es infantil) con música de Wolfgang Zeller. Filmó doce películas –Carmen (1933) y Papageno (1935) son quizás las más conocidas– mientras deambulaba por Europa escapando del nazismo junto a Carl. Después logró la ciudadanía británica y se instalaron en Londres pero antes tuvieron que cruzar meses y fronteras con atado de ropa en mano, visas breves y camas de corto plazo. La tijera de Lotte parece no haber descansado nunca, aferrada a su pulso recortaba el espacio para que una puntilla nueva lo recubriera. En sus animaciones los dedos se vuelven pelos y los pelos temores, las cinturas se arquean hasta el quiebre imposible y los besos se desarman en sombras. Bordoneo enamorado en ilusión y hechizo, hay siempre un truco Lotte capaz de crear desde la mancha resbalosa, demonios, plumajes filamentosos –como dice un verso de Marianne Moore– palacios y caballos voladores. Un país de sombras largas donde la insinuación y la noche de enmienda todo lo pueden.

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