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Viernes, 23 de septiembre de 2016

ESCENAS

Las brujas

Los personajes del dramaturgo francés Luc Tartar se despliegan en la hostilidad de una realidad social vencida.
De eso da cuenta la protagonista femenina de Los ojos de Ana.

Ana está cubierta de sangre. La misma que le pinta la cara a su padre y le da un aire payasesco, justo el día que van a despedirlo y el pañuelo que la gerenta de recursos humanos le pasa por la mejilla es una caricia en el matadero.

Todo en la trama de la familia Tirado se empasta con lo grotesco. La ilusión empalaga cada instante cotidiano. Ni Juan ni Mónica son los seres que desearon, tal vez su destino magro se encuentre en la simpleza de sus nombres. Pero Ana es un genio y podría lograrlo todo, lástima que le haya tocado vivir en un mundo donde las chicas que tienen ojos de distinto color están obligadas a caminar con la cabeza gacha, porque si miran de frente, los ojos de lxs otrxs las descuartizan. Le abren el vientre para sacarle el piercing del ombligo y después la sangre es un río que une el patio de la escuela con la casa donde su madre baila disfrazada de estrella de vaudeville.

En la dramaturgia de Luc Tartar nadie ve lo evidente. No importa el atuendo o las palabras que se descargan al público porque los personajes son seres solitarixs, encapsuladxs en un discurso tan ajeno a esa sociabilidad vencida, dañada que no tendría el menor sentido convertirlo en diálogo.

Entre ellxs la precocidad es una marca de lo diferente que deberá ser eliminada. La inteligencia de Ana es una ofensa de la que sus compañerxs de colegio se deshacen con el hostigamiento. Ana es un ser invisible. Lxs otrxs la nombran. Román entra en una empatía casi sobrenatural y Ana habla por su boca, por su estilo andrógino que le vale múltiples golpizas. Ana habita en todxs ellxs como un ser omnipresente que lxs conduce hacia una cerrazón neocapitalista que, para el autor francés, ya pierde toda sofisticación y se muestra con la brutalidad de un matarife.

Ana es un idioma que ellxs no pueden decodificar. Su comportamiento, su palabra lxs vuelve precarixs. El padre rifa el futuro de su hija superdotada en un bachillerato con orientación gastronómica. Allí la chica propone analizar Las brujas de Salem. La escena no tiene lugar frente a la platea pero es contada y su relato nunca alcaza a dar cuenta del desborde que esa brillantez provocó en mentes inciertas, impedidas para diferenciar el texto de Arthur Miller de ese huracán de imágenes e ideas que ellxs recogieron con estricta literalidad. Ana debe ser una bruja, pensaron, y a las brujas hay que quemarlas. El pasaje a la concreción de cualquier mecanismo que facilite la pulverización del otro, ya sea desde una lista de cesanteadxs, como hace Bárbara o en la marca sobre un cuerpo, como traduce su hijo en un modo de hacer explicito lo que su madre reviste de pragmatismo, parece no implicar conflicto.

Tartar pone en cuestión la materialidad de los hechos en un realismo que se deja invadir por procedimientos más poéticos, por una yuxtaposición de narraciones que hacen de la peripecia el catálogo de un sistema donde todo tiene que ser comprensible, donde las conductas deben adaptarse a una similitud que les borre cualquier destello de singularidad.

Ana llega a ser casi una abstracción porque su figura es reconstruida por un ideario torpe de personajes que ya han mutilado su inventiva, incapaces de sobrevivir entre metáforas piden claridad como una nueva herramienta de barbarie.

Ana hace de la escritura de su diario un método de resistencia al perforar con ese lápiz el marco de lo real, al darle a ese gesto final una espesura literaria. Es la ideología que parece haber impuesto cuando los demás asimilan ese hecho sin una pizca de tragedia. La empatía ya ha sido rota y la humanidad que queda sólo puede leer el mundo contenido en su propia rusticidad. Y

Los ojos de Ana de Luc Tartar, dirigida por Paula Marull con las actuaciones de Elisa Carricajo, María Marull, Agustín Daulte, Federico Buso, Manuel Melgar y Ezequiel Rodríguez se presenta los jueves a las 21 en Espacio Callejón. Humahuaca 3759, CABA.

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