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Viernes, 11 de noviembre de 2016

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La corriente misógina

Carlos Arroyo

Un visible hilo conductor atraviesa todo el territorio americano, desde este sur hasta el norte de ese país que se apropia del nombre de todo el continente. Más que un hilo, un cable que conduce la electricidad del odio, capaz de matar en su descarga, cada vez que se devela como si se quebrara la cubierta que lo aísla, a veces una pátina de corrección política que se abandona en la intimidad, en la cofradía o se relaja en el mullido sillón del poder público. Ah, sí, la confianza hace emerger la chispa como un ramalazo, confianza en los pares o en quienes se supone subalternos. ¿Por qué no decir lo que se siente en una escuela pública de playa Serena, en Mar del Plata, un lugar humilde que exige atención desde el Estado, ahí mismo donde Lucía Pérez fue violada y asesinada, ese cuerpo masacrado que sacó a la calle la rabia de cientos de miles de mujeres? Si hasta ahí había llegado el Estado en la figura del intendente de la ciudad, Carlos Arroyo, ese mismo señor que gustaba codearse con su tocayo de apellido Pampillón, líder neonazi que gusta de golpear mujeres organizadas y militantes de la disidencia sexual. Claro que esos vínculos no se explicitan todo el tiempo y cuando el intendente está en una escuela, bandera bien izada como un águila guerrera y niños y niñas de guardapolvo blanco bien formados con el brazo estirado para tomar distancia, ahí el intendente se siente en confianza. Toda la puesta en escena del acto escolar es una también una puesta en acto de las jerarquías y el intendente está ahora en su punto más alto. Entonces se despacha: habla de gastos innecesarios en campañas contra la violencia de género, habla de la moda del Ni Una Menos, sin mencionar la “moda” de matar mujeres o de usarlas y tirarlas como basura como sucedió esta misma semana en que el intendente dijo lo suyo y en la misma ciudad. No calculó el señor Arroyo, el mismo que prometió devolver a la ciudad que conduce a ese clima en que se vivía “40 años atrás, cuando el vecino podía caminar tranquilo por la calle” ¿Cuarenta años atrás? ¿Hace falta sacar cuentas? Las raíces del odio misógino son profundas y están bien entroncadas con otras formas del odio hacia todo aquello, todxs aquellxs, que desafían el orden colonial, blanco y cristiano. Y también con el amor a las fuerzas represivas, al militarismo, a la aniquilación de lo que a sus ojos pueda resultar “diferente”. Su nostalgia por la dictadura no la ocultó, tal vez porque el intendente, ducho en tendencias, sabe que otros vientos azotan nuestra geografía y se siente avalado por ese susurro que promete impunidad para los represores, juicios de lesa humanidad suspendidos hasta nuevos aviso, prisión domiciliaria incluso para aquellos que nunca cumplieron pena alguna por delitos aberrantes. Y por eso en el otro caso, en el de la misoginia, se queja de “la moda”, porque para él es moda lo que siente como mordaza: la toma de conciencia de una sociedad entera que ha corrido el umbral de tolerancia de la violencia machista. Algo que ya pasará y entonces las cosas volverán a su orden, ese que tan bien explicó en reunión con el observatorio de género de la ciudad de Mar del Plata, después de reprimir y amonestar a quien quiso grabar la conversación: él, Carlos Arroyo, siempre defendió a las mujeres, dijo –y son varios los y las testigos que lo cuentan en un chequeo ajustado que hizo la periodista de este suplemento Luciana Peker–, las defendió de “la violencia de que tengan que ir a trabajar y dejar a sus hijos con parientes o con otras personas para que después terminen pasando cosas feas”. Ese es el intendente, el que se votó, al que le quedan como tres años de mandato por delante.

Pinta tu aldea y pintarás el mundo. Pinta el odio contra las mujeres en Mar del Plata y el cable de alta tensión de la misoginia te llevará a Washington, ahí donde un hombre de negocios que sabe humillar en público a las mujeres, de modo diferenciado según se ajusten o no a sus cánones de belleza, se convirtió en presidente electo del país más poderoso del mundo. “Apenas pase la elección voy a demandar a esas mentirosas”, había amenazado a las mujeres que lo denunciaron por acoso aun cuando ese acoso y muchos otros acosos están tan documentados que nadie duda de los hechos aunque sí, tal vez, de su calificación. Para el presidente de la piel naranja no sería más que exhibición de su buen gusto la cosificación de unas y el maltrato liso y llano hacia otras. Igual que para nuestro presidente lo que para nosotras es acoso callejero es simple coquetería de histéricas porque a todas nos gusta que nos digan groserías como qué lindo culo tenés. Ellos dos, el presidente en ejercicio y el presidente electo, en confianza y casi a los codazos, suscriben lo que dice el intendente y con el mismo desprecio, para ellos el feminismo, la lucha de las mujeres, el multiculturalismo, todo eso son mordazas que les ponen para que no se diga la verdad. Vamos, si nos gusta. Son ataques a un modo de vida blanco, occidental y cristiano, a esa tranquilidad a la que aludía el intendente cuando evocaba con nostalgia aspiracional los años de la dictadura.

No hay tal moda, podemos decirle al intendente de Mar del Plata, hay una rabia organizada que va a terminar más tarde o más temprano con ese esquema de valores que usted intenta volver a dibujar. Y viendo las calles argentinas en el último tiempo, es fácil creerlo. Pero no podemos menospreciar ese cable de odio que recorre nuestro continente, no podemos menospreciar la revancha machista que nos explota en la cara, nos deja atónitas porque en algún momento de este mes o del pasado creímos que a Donald Trump lo iba a frenar su jactancia misógina. Evidentemente el feminismo y el movimiento de mujeres, amplio, heterogéneo, diverso es una amenaza para el fascismo blanco que sostiene a estos presidentes, desde el sur al norte. Queda en nuestras manos la responsabilidad de seguir infundiendo miedo en estos muchachos que ahora están en el poder, de tejer alianzas con todos y todas las vulneradas por el patriarcado capitalista, de mirarlos muy de cerca y de saltar también el cerco de nuestros refugios progresistas para tentar otras mayorías, inventar otras utopías, hacer saltar las resistencias del odio y poner en juego la rabia, que es muy otra cosa y que ahora está de nuestro lado.

Donald Trump

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