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Viernes, 29 de marzo de 2002

CIENCIA

más allá de la cosmética

Los químicos y biólogos que trabajan en investigación avanzada en los 21 laboratorios que el Grupo L’Oreal tiene en el mundo, a veces encuentran en su camino hallazgos que derivan en campos que van mucho más allá de la cosmética. Eso pasó con los cultivos in vitro de piel, por ejemplo, que están siendo usados en hospitales públicos para tratar quemaduras o enfermedades como la de “los niños de la Luna”. Patricia Pineau, Directora de Comunicación Científica, detalla cómo y por qué se estudian los mecanismos celulares.

POR SANDRA RUSSO, DESDE PARIS

Francesa, rubia, menuda, dueña de un castellano en el que se mezclan imperceptiblemente acentos españoles y chilenos –una lengua que adoptó en su infancia, transcurrida en Santiago, la capital latinoamericana en la que su padre, instructor de Boeings, llevó a vivir a su familia (“Viví en todos los lugares del mundo en los que era difícil aterrizar”, dice ella), Patricia Pineau desmenuza, en esta conversación, los pormenores de la Recherche Cientifique de L’Oreal, la investigación científica de avanzada que llevan a cabo decenas de químicos y biólogos en el Centro Charles Zivak de Clichy, en las afueras de París, uno de los veintiún centros que el Grupo mantiene abiertos en todo el mundo. Desde su cargo de Directora de Comunicación Científica, Pineau conoce al dedillo los avances que desbordan con creces la industria cosmética, aunque tiene una alta opinión de los descubrimientos que han “mejorado la calidad de vida de millones de hombres y mujeres en todo el planeta. Nos guste o no, si estamos conformes con la imagen que damos a los otros, eso contribuye a nuestro bienestar. Para un científico es muy gratificante colaborar con ese bienestar”. Cada año, un promedio de 4000 fórmulas nuevas engrosan el volumen de patentes que después las diferentes marcas del Grupo (Helena Rubinstein, Lancôme, Biotherm, Vichy, La Roche-Posay, entre otras) convierten en productos. Pero en estos laboratorios pulcros, blancos, grises y rojos, salpicados de aparatos de última generación y de jóvenes que van y vienen vestidos de riguroso blanco, lo que se investiga no tiene aplicación inmediata: los biólogos intentan comprender los mecanismos del pelo y de la piel, pero como relatará Pineau muchas veces en esa búsqueda se han topado con hallazgos que derivaron en mejores tratamientos para personas quemadas, para niños con extrañas enfermedades dermatológicas y hasta para astronautas.
–¿Cuáles son los ejes de las investigaciones en este momento?
–Son dos, principalmente. Por un lado, cómo evitar el envejecimiento de la piel, y por otro cómo evitar la caída del pelo. Con respecto al envejecimiento, seguimos estudiando exhaustivamente cada uno de los desórdenes celulares que supone el envejecimiento. Las arrugas reflejan la pérdida de elasticidad y de densidad de la piel. Las manchas expresan otro tipo de desorden, cambios en la pigmentación. No en todo el mundo la respuesta científica puede ser la misma, ya que hay lugares en los que la gente tiene la piel muy grasa, y hasta más allá de los treinta años debe combatir el acné, que tiene que ver con desarreglos hormonales. ¿Cómo estudiamos esto? Tratamos de ver, desde el punto de vista biológico, qué ocurre cuando existe un desorden de este tipo.
–¿Se ha avanzado mucho en la investigación desde que se ha logrado trabajar con cultivos de piel?
–Muchísimo. Hemos logrado cultivos in vitro, muchos tipos diferentes de pieles. Pieles de diversos colores, con dermis y epidermis, entonces para estudiar el envejecimiento hay dos métodos. Uno, que consiste en exponer esas pieles cultivadas a los efectos del sol, de modo de poder estudiar el fotoenvejecimiento. Los biólogos hacen esos experimentos no sólo cuando hay sol: en días muy nublados, como hoy, también es posible advertir el efecto dañino de los rayos solares. Nos encontramos hace un tiempo con un problema: cómo tener en cuenta el factor edad en esos cultivos. Y este año publicamos por primera vez un trabajo en el que nuestros científicos dan cuenta de un enorme progreso: hemos reproducido las moléculas que provocan el envejecimiento de la piel, de modo que actualmente somos capaces de cultivar pieles envejecidas, cultivos que nos permiten ver cómo reaccionan las pieles de cada edad.
–¿Usted qué lectura hace de estos avances en antienvejecimiento? ¿Diría que la ciencia está creando la demanda de la eterna juventud, o que es la gente la que le reclama a la ciencia productos para verse joven?
–Yo creo en una y en otra cosa. Pero fundamentalmente creo que la longevidad es un fenómeno que apareció recientemente, y que la mayor expectativa de vida hace que la gente deba enfrentar su propia vejez de un modo que hace algunas décadas no existía. Las personas soportan muy mal su decadencia física. Están cada vez más y más preocupados por su apariencia, por la imagen que darán a los otros. Y esa demanda no proviene solamente de personas de cierta edad. Cada vez más, los jóvenes se anticipan con rechazo a su propia imagen de viejos, quieren prevenir el envejecimiento, aunque después de vayan a exponerse tres horas bajo el sol, pese a todo lo que se ha dicho y se dice sobre los efectos del sol... Pero bueno, esos comportamientos sólo podrán ser cambiados a largo plazo y a través de la educación.
–¿No es antinatural no aceptar la vejez?
–Podría pensarse que sí, que es antinatural, ya que la vejez es un ciclo de la naturaleza. Pero sin embargo, muy pocas culturas en el mundo y en el tiempo han aceptado la vejez como signo de madurez. Así que hay que tener en cuenta que esa tendencia a verse joven es también universal, y muy antigua.
–¿Para un científico es prestigioso dedicarse a investigaciones que tarde o temprano derivarán es productos cosméticos?
–Pero claro. Porque esos productos impactan sobre la humanidad entera, cambian hábitos, modifican costumbres... Nosotros conocemos investigaciones antienvejecimiento que datan del Egipto Antiguo. Hace cuatro mil años ya que los hombres y las mujeres querían ofrecer a los demás una imagen de sí mismos que les gustara. Eso provoca bienestar, ¿y qué mejor que contribuir a ese bienestar? Y además, como reto científico, hay que tener en cuenta que nuestros biólogos no investigan sobre patologías, sino que estudian ciclos naturales... Tener resultados en el campo de los ciclos naturales, descubrir mecanismos normales que hasta ahora se desconocían, bueno, es altamente gratificante. Pero muchas de nuestras investigaciones sirven para que las aprovechen científicos que sí tratan con ciertas patologías.
–¿Cuáles, por ejemplo?
–Fue muy importante el trabajo de cultivos de piel, y haber descubierto en esos cultivos el trabajo de cierto tipo de células, las células langerhans, que pertenecen al sistema inmunológico. Son como pequeños centinelas que viven en la epidermis. Cuando llega un cuerpo extraño que no conocen, alguna toxina, por ejemplo, estas células se activan –tienen bracitos, como tenazas–, toman al cuerpo extraño y se lo entregan a los linfocitos B para que lo eliminen. Pero además producen un mecanismo de sensibilización: la próxima vez que ese cuerpo extraño vuelva a esa zona, las células provocarán una reacción generalizada, lo que se llama reacción alérgica. Haber descubierto el funcionamiento de las células langerhans fue fantástico para estudiar las alergias de contacto.
–¿Hacen estudios de campo, además de los cultivos?
–Sí, sobre todo en la investigación sobre el pelo. Tenemos en marcha un estudio sobre diez mil personas que durará ocho años. Todos los meses vigilamos su caída de cabello, sabemos sus parámetros genéticos, sabemos qué comen, qué beben, si toman alcohol, si fuman... Cada mes les tomamos una fotografía: hemos creado un aparato fotográfico, llamado Dermascop, que permite obtener macrofotografías del cuero cabelludo. Ese aparato de diagnóstico les permite a los médicos, actualmente, prevenir con quince años de anticipación la caída del cabello.
–¿Han trabajado en conjunto con científicos que provienen de otras áreas?
–En varios casos. En uno de los más importantes, vinieron a vernos oncólogos que tratan a niños con una enfermedad muy rara, la xeroderma pigmentosa. El niño de la película española “Los otros” padecía esa enfermedad. Se los llama “los niños de la Luna” o “los niños de la Noche”. No pueden ser expuestos a la luz del día: la luz les provoca cánceres de piel. Vinieron los oncólogos, enterados de nuestros avances en pieles in vitro, a decirnos: “A ver si son capaces de cultivar piel con xeroderma pigmentosa”. Ellos tenían que investigar la enfermedad, y no querían hacer pasar a sus pacientes por biopsias dolorosas. Y fue así que desarrollamos en este centro, en julio del 2001, el primer cultivo de piel con esa enfermedad. Ellos ahora están tratando de desarrollar una terapia génica sobre esos cultivos. Al mismo tiempo, hemos seguido trabajando en protectores solares para ese tipo de enfermos, y junto a científicos de la NASA desarrollamos un tejido textil para que esos pacientes puedan salir a la calle y hacer una vida más o menos normal.
–¿Por qué la NASA?
–Porque los astronautas están expuestos a fenómenos similares a los de esta enfermedad.
–¿No ha habido contacto con oncólogos para desarrollar productos que frenen la caída del pelo en pacientes que afrontan quimioterapias?
–No, es casi imposible frenar esa caída, pero sí sabemos cómo hacer que el pelo vuelva a crecer muy rápidamente, de modo que eso deje de ser un problema.
–Los cultivos de piel, por lo visto, han sido uno de sus éxitos más extraordinarios.
–Enorme. Algo que todavía no te comenté y que es muy importante es que en estos cultivos también puedes obtener la pigmentación que desees. En un Congreso en Estados Unidos, en el que presentamos un trabajo al respecto, vinieron a vernos científicos del Ministerio de Salud, porque estaban interesados en acercarle este avance a sus bomberos: tienen muchos bomberos de color, hombres negros expuestos a quemaduras, y el problema de las quemaduras es que cuando la piel vuelve a crecer, crece sin pigmento, de modo que esos hombres quedaban manchados de por vida. Nosotros sabíamos cómo hacer cultivos de piel de color, del color que se deseara, para que luego los cirujanos hicieran el injerto adecuado. Cedimos esa patente para que ellos la usaran libremente.
–¿Y en materia cosmética? ¿Qué revoluciones se avecinan?
–Con respecto al pelo, en poco tiempo se podrá mantener toda la vida el color de pelo natural. Estamos acostumbradas a cubrir las canas con tintura, pero muchas mujeres no las toleran, o aunque sí lo hagan para un segmento del mercado nada será mejor que conservar toda la vida el mismo color de pelo que se tenía a los 18 años. En cuanto a las arrugas, se ha avanzado muchísimo, aunque estemos lejos de la magia. Una arruga es como un valle: es una zona de la piel deprimida. Debajo de una arruga están las células de la epidermis, y bien: si introducís en la base de la epidermis una molécula que provoque la proliferación de nuevas células, tendrás un pelotón de células haciendo fuerza para arriba en ese valle, es decir, suavizando la arruga. ¿Cómo lograrlo? Con una nanocápsula de retinol, por ejemplo. Digo una nanocápsula y no solamente retinol, porque la cápsula llevará el retinol hasta la capa basal de la piel y ahí, in situ, lo liberará, generando el mecanismo. Descubrir una molécula es importante, pero no menos importante es descubrir de qué manera, en qué transporte, combinada con qué vitamina o con qué enzima esa molécula será ciento por ciento eficaz.
–¿Usted qué crema usa?
–Uso muy pocas cremas y no me pinto. Y en cuanto a cremas, en lo que me fijo es en la textura.

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Patricia Píneau
 
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