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Viernes, 29 de marzo de 2002

TALK SHOW

Basta de mammies

Digan lo que digan, fue una gran noche para las mujeres negras (afronorteamericanas) y para las mujeres de todos los colores y las latitudes con conciencia de género y por lo tanto sabedoras de que –pese a algunos avances importantes en el siglo XX, no globales por cierto– la discriminación y la misoginia ancestrales todavía persisten en gran escala. Sí, claro, el comentarista de Clarín no creyó en la emoción de Halle Berry la noche de los Oscar; y por su lado José Pablo Feinmann, desde este mismo diario, sostuvo que la bonita mestiza –que se asume como negra– “sólo ha llegado para consolidar un sistema que necesita, de tanto en tanto, abrirse un poco para seguir cerrado” y también que “hay puertas que se abren demasiado tarde”. Con todo respeto, esto suena un poquitín a aquello de “contra Franco estábamos mejor”. Desde luego, nadie medianamente enterado se va a creer que la Academia de Artes etc. de Hollywood se volvió igualitaria y progre, pero desde esta columnita –a mucha honra feminista– preferimos confiar en que algo ha cambiado para que ya nada vuelva a ser igual.
Y algo ha cambiado sobre todo para las chicas negras que, como suele ocurrir con los discriminados y postergados de la Tierra, venían siendo el último orejón del tarro dentro de la propia comunidad cinematográfica afronorteamericana. Veamos datos concretos: de los Oscar “negros” (de 1939 al 2001), cuatro fueron para varones (Sidney Poitier, Lou Gosset Jr., Denzel Washington y Cuba Gooding Jr.) y dos para mujeres (Hattie McDaniel –foto–, la mammy rolliza de Lo que el viento se llevó (1939) y Whoopi Goldberg, la vidente de Ghost, la sombra de un amor (1990). Pero eso no es todo, chicas: de todas/os ellas/os, el único protagónico galardonado resultó masculino (Poitier). Y este mismo año 2002, la proporción se mantuvo en las candidaturas: dos para ellos (Washington y Will Smith), una para ellas (nuestra Halle B.).
Pero si quieren más sobre la supremacía masculina negra, aquí tienen algunos de los nombres de figuras en ascenso o bien colocadas en los últimos tiempos: Eddie Murphy, Danny Glover, Forrest Whitaker, Laurence Fishbourne, Wesly Snipes, Dennis Haybert, Samuel L. Jackson, Googin Jr., Martin Lawrence, Will Smith, y en la tele Bill Cosby. Por todos ellos, ¿cuántas Angela Basset o Whoopi Goldberg tenemos? Si hasta en los ‘70, época del poder negro, su reina –Pam Grier, hace poco recuperada en todo su esplendor por Quentin Tarantino– tenía varios reyes paralelos (Richard Roundtree, Jim Kelly, Fred Williamson). Pero, incluso cuando se dio el primer caso en el cine de un protagónico de color (negro) para un Cantor de jazz (1927), la fuerte discriminación del momento hizo que lo interpretara un blanquito embetunado. Y no nos remontemos al racismo acendrado del genial David Griffith que en El nacimiento de una nación (1915) pintó a unos cuantos blancos de negros malos y terminó exaltando al Ku Klux Klan.
Dicho lo cual, con las naturales reservas del caso, nos alegramos de corazón por el premio de Monster’s Ball a Halle Berry, una chica que no se guarda sus emociones (ya hace un par de años, al ser premiada por la producción de TV “Introducing Dorothy Dandridge” perdió el control al recibir el Globo de Oro) y que pese a que al subir al escenario los sollozos casi no la dejaban expresarse, terminó reivindicando, con afligido orgullo, a sus hermanas de etnia, a las famosas y a las desconocidas. “No puede ser –decía Halle al empezar con una expresión donde se juntaban el júbilo y el dolor, la incredulidad y el corazón apunto de estallar–, esto es más grande de lo que puede caber en mí.” Después de dedicar el premio a sus hermanas, Halle agradeció, entre otros, a su manager, “el único padre que he conocido” (la actriz es hija de una enfermera rubísima y de un progenitor negro que abandonó tempranamente la familia). Y muy especialmente, muy tiernamente, Berry le dio las gracias a su madre, conmovida en la platea, por la fuerza que le dio para luchar, por el impulso para soñar y creer que los sueños son posibles. “Te amo tanto, mama”, dijo Halle Berry a esa mujer que además la ayudó a enfrentar la diabetes que se le declaró a los 20 años. En un momento, pasados largamente los 45 segundos previstos (usó casi 5 minutos), la quisieron cortar. Y Halle Berry –que perdió parte de su audición por culpa de un ex novio golpeador– saltó enojada y se impuso: “Un momentito –gritó–, tengo que tomarme un tiempo por que nos llevó 74 años estar aquí.” Contra los escépticos, preferimos creer que Halle no se va a quedar en el molde conformista. Y recordar que La cabaña del tío Tom, el libro que empezó a cambiar conciencia sobre la situación de los negros en los Estados Unidos y reivindicar su condición de personas de igual valor, fue escrito por una mujer, Harriet Beecher Stowe.

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