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Viernes, 10 de septiembre de 2004

MODA

El arte de la elegancia

Ordenado a modo de –falso– diccionario de la moda y con una presentación que remite a los objetos de alta costura, Followers of Fashion, el libro de Victoria Lescano, recorre desde diseños hasta costumbres que signaron distintas épocas; y que después cambiaron, como corresponde a todo lo que incluye este elegante catálogo.

Por Felisa Pinto

Victoria Lescano es la autora de un libro que acaba de aparecer, cuyo título en inglés es Followers of Fashion, tomado del estribillo de una canción del grupo The Kinks, que satiriza a las víctimas de la moda. El subtítulo aclara que es un falso diccionario de la moda, por lo arbitrario, caprichoso e irónico. Ella confiesa que era la mejor forma de darle un orden al fárrago de información, recortes, catálogos, y toda la acumulación compulsiva de papeles, fotos y dibujos; valioso material vinculado con la moda de la cual ella es celebrante y víctima confesa a la vez. Buena parte del libro son notas e investigaciones publicadas en el diario Página/12, en este suplemento, trámite que agradecemos todos los que los que hoy podemos acceder a una relectura gozosa. La tapa tiene un tono rosa Dior, con estampados imperceptibles en un color más claro, típico de los géneros de la década del ‘50. No por casualidad eligió una foto firmada por Senderowicz, un célebre fotógrafo de los ‘40 y ‘50 en Buenos Aires, quien retrató esta vez una mannequin luciendo un vestido de Jacques Dorian, enrolado en el más estricto new look de Dior, bautizado así en 1947, por la editora Carmel Snow del grupo Condé Nast norteamericano. Una suerte de duende o sátiro, salta alrededor de la modelo, quizá contento por la llegada del nuevo cambio, después de la Segunda Guerra Mundial.
El volumen, de formato blando, buen papel y souplesse –para usar un término de la alta costura cuando se trata de blandura– fue editado por Interzona y por su precio y calidad, dentro y fuera del ejemplar, merece el rango de haute couture. Realzado, a su vez, por los croquis elegantes, y precisos por su síntesis y estilo del talentoso diseñador Pablo Ramírez.
El falso diccionario empieza, para poner en clima, con un dibujo de una alpargata y un extenso relevamiento de lo mejor de los modistos argentinos y sus emblemas, alpargatas, bombachas, poncho, más la presencia de Fridl Loos, creadora y costurera que mezcló al poncho con la estética de la Bauhaus, haciendo furor en Buenos Aires de los años ‘40 y ‘50. Pero también evoca a Paco Jamandreu, modisto que vistió a Evita y a una parte del cine argentino, con sus correspondientes famosos.
Dos diseñadores actuales, Gaba Esquivel y Tomás Vasseur, de la vanguardia, completan el primer grupo de argentinos que a lo largo de unas 50 páginas incluye en su espectro amplio tanto a la antropología fashion –Hijas de la Luna, coqueterías mapuches y Mary Tapia– como a las costureras de la vieja guardia reflejadas por las imágenes dibujadas por Zulema McCall, talentosas y representativas.
Desde ya, la moda e ideas precursoras de los iconos del Di Tella merecen otro capítulo aparte, y allí se rememoran los genios de Pablo y Delia, Dalila Puzzovio y Mercedes Robirosa, contemplando especialmente el talento y la gracia de Rosa Bailón (Mme. Fru Frú), quien desgraciadamente nos falta hace ya 5 años. Y en su memoria, Lescano dedica el libro.
Basta recordar el concepto de su ropa que ella definía como “la mía era moda de emergencia, porque los diseños dependían de mi estado de ánimo yde mis necesidades, de las películas y de los discos que oía como Los Beatles o Janis Joplin. Jamás hice bocetos. Armaba sobre mi cuerpo y, más que pensar en las colecciones, a diario surgían nuevas prendas”. También Victoria recuerda el nombre de sus vestidos maravillosos: Súper Bizcocho, Romance o Bombón Oriental, plenos de volados y guiños a la seducción.

Genios pobres
Un capítulo denso y bien documentado habla de los genios pobres, esto es, diseñadores jóvenes y desafiantes que surgieron luego de la Primera Bienal de Arte Joven, en el ‘89, adonde, cual fuerza de choque transgresora, se agrupaban Andrés Baño, Sergio de Loof, Gabriel Grippo y otros menos violentos como Gaby Bunader, Kelo Romero, entre otros. Allí prevaleció muchas veces el desnudo total, y la creatividad desaforada, que hoy podría decirse ha sido reemplazada por un glamour estricto y a la vez rebelde, del que uno de sus principales cultores es Pablo Ramírez. Victoria califica como autores a los más atemperados que surgieron entonces, como Varanasi, cuyo sello es arquitectónico; Laura Valenzuela, ultrafemenina; y Mariano Toledo, que bucea en los meollos de la alta costura.
Araceli Purcell, Pablo Ramírez, Prisl, Vero Ivaldi y otros igualmente talentosos siguen en la recorrida por los argentinos que, haciendo costura, no hicieron fortuna.

Costumbres de los ricos
Ante tan nutrido panorama de argentinos y argentinas de varios pelajes y corrientes estéticas de diversos períodos del siglo XX, no pudo faltar la presencia de la muñeca Marilú, que Lescano situó en el libro junto a la Barbie, por ser ambas imprescindibles iconos de la ropa femenina y su mentalidad cambiante y caprichosa. Menos, quizá, nuestra Marilú, que fuera creada por una profesora de Letras, Alicia Larguía, veinte años antes de que existiera la Barbie mundial. Acá es importante recalcar los conceptos y el habla de una hija de su creadora Marilú (por ella se llamó así su muñeca). Dice, por ejemplo, con acento de clase alta de entonces, que el slogan de venta de la muñeca de su mamá era: “Una niña sin su Marilú es como una flor sin su perfume”. O que fabricaban réplicas de modelos de Dor, Fath o Schiaparelli para niñas que se permitían ser frívolas, pero antes que nada buenas mamás, condensado en el consejo de columnas editoriales que decían: “Quieran mucho a sus muñecas para que así aprendan a ser buenas mamitas”.
Otro magistral ejemplo del habla de los ricos argentinos es el que Victoria recoge en el capítulo “Uniformes” y allí traslada todos los datos sobre un tema que aún hoy se considera primordial: el uniforme de las empleadas domésticas. Para eso entrevistó a los dueños de casas especializadas de mucha jerarquía y a una diseñadora, Monona, que tiene éxito en vestir a las empleadas con buen ojo y buen gusto. Mientras en la Casa Leonor aconsejan usar el género Vichy, esto es a cuadritos chicos rosados o celestes, Monona confiesa que “muchas mujeres me piden que los uniformes hagan juego con las sillas del comedor. Este año lo último es el gris, como refinamiento para servir la mesa y reemplaza en elegancia al negro”.
Pegado a estos lujos –en la V de Vreeland– está la descubridora del chic mundial Diana Vreeland, e inventora del vocablo look para señalar tendencias. Ella también afirmaba que “las copias son fabulosas. Si no puede consumir originales, recurra a falsificaciones”. O: “¡El divorcio es tan glorioso como el caviar!”. Directora de las revistas Vogue y Bazaar, la Vreeland sembró el camino para que proliferaran las víctimas de la moda a nivel mundial, ya que aquellas revistas eran la guía indispensable al momento de informarse para no meter la pata en cuanto al look propiamente dicho.

Caballeros
El capítulo que refiere al buen vestir de los hombres, a quienes Victoria rebautiza caballeros, por su tendencia hacia el dandismo, es un capítulo indispensable para entender que nunca el guardarropa masculino fue indiferente para nadie. Ni hombres ni mujeres que les robaron repetidas veces a los muchachos las líneas y formas o también géneros y accesorios. Tal es el caso de Chanel, que les robó el tweed; o Marlene Dietrich, que directamente se mandaba a hacer su ropa en la sastrería vienesa Knize. Acá Lescano desencadena una cabalgata de hombres bien trajeados, bien peinados y bien dotados, donde se mezclan desde los ídolos del pop como Los Beatles hasta la imagen de Sid Vicious con su collar de perro. Sin olvidar un segundo a James Dean, con sus chaquetas de cuero Perfecto y sus jeans de denim oscuro, o nuestro amado Brando, en su sublime perversidad y, además, en motocicleta y gorra de cuero. Pero es evidente que el cine blanco y negro y los héroes de verdad, trajeados a la perfección y sin mínima arruga, pasaron a las mentes afiebradas de las adoradoras de Hollywood a través de Cary Grant, Gary Cooper y Gregory Peck, a quienes Lescano describe, con precisión de costuras y marcas, como si allí se hubiera detenido el verdadero chic masculino. Nunca parecieron disfrazados de nada, ni de ellos mismos. Un homenaje a nuestro dandy por excelencia en una entrevista de VL a Bioy Casares deja claro que también él puede pertenecer al Olimpo de los Caballeros del siglo XX. Dice Bioy: “Nunca tuve jacqué, pero sí frac, para las fiestas en los barcos, durante los viajes. Aunque no me gustaba ir a fiestas. Las joyas... me gustaba regalarlas a las mujeres de las que me enamoraba. Se las compraba a un joyero de la calle Florida, y me dio mucho orgullo ver que, con el paso del tiempo, las siguieron usando”. O: “Las corbatas son la fantasía de la vestimenta masculina. Entre mis favoritas están las de Hermés. Aunque ya no me gustan tanto porque los motivos que tenían cambiaron mucho”.
Pero también es atendible usar una reflexión del dandy argentino Bioy para cerrar esta crónica de Followers of Fashion, con más de treinta capítulos escritos y vividos con lucidez, ironía, humor, para quizá constatar lo que sugiere Bioy: “La moda es otra manifestación del arte –quien sabe invención de quien fue– y gracias a ella vive mucha gente”.

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