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Viernes, 30 de septiembre de 2005

RESISTENCIAS

Cuestión de poder

Davina James-Hanman es directora del Proyecto de Violencia Doméstica de Londres, un programa que en sólo tres años redujo a la mitad la cantidad de mujeres asesinadas por sus parejas. ¿Cómo lo logró? Con una red de apoyo a las víctimas que incluye refugios, asesoramiento legal, niñera y la participación de los taxistas, porque “se necesita una ayuda masiva”.

 Por Luciana Peker

El marido la acaba de golpear y el brazo se levanta solo para frenar un taxi. Ese brazo erguido, esa mano que hace señal de stop y pide un nuevo camino es, por sí mismo, un freno a la violencia doméstica. No acá, pero sí en Londres, una ciudad que logró reducir un tercio la cantidad de mujeres asesinadas por sus esposos o parejas (de 47 muertes violentas o femicidios anuales en el 2001 se bajó a 28 asesinatos en el 2004) con efectivos y originales programas de apoyo a las mujeres golpeadas (refugios secretos, asesoramiento jurídico, pago de baby-sitter), e inclusive la conversión de los tradicionales taxistas londinenses en verdaderos (y claves) agentes de prevención de violencia contra las mujeres.

–¿Qué pasa si yo soy una mujer londinense, subo llorando a un taxi y le cuento al taxista que mi novio me acaba de pegar?

–El taxista te va a tener que dar la información de la línea de teléfono gratuita de mujeres golpeadas, te va a preguntar si querés que te lleve a la policía para que hagas la denuncia y después a un lugar más seguro e, incluso, te va a decir que no es tu culpa, que es un delito y que no tenés por qué tolerarlo. En Inglaterra, los choferes de taxis tienen que pasar por una capacitación de dos años para que les den el diploma que los habilita como taxistas. Ahora también, sí o sí, para ser taxista hay que aprobar el módulo sobre violencia doméstica –explica Davina James-Hanman, la directora del Proyecto de Violencia Doméstica de Londres.

Davina tiene 38 años. Y se nota en la vitalidad e innovación de sus propuestas: es autora de S.T.O.P., la primera publicación dirigida a la educación de niños y jóvenes en esta temática, y de la mayoría de los artículos de la web que la BBC dedica exclusivamente a violencia, es fundadora del grupo de apoyo del ciberespacio para sobrevivientes de abusos (que tiene 45.000 visitantes por mes) y creadora del canal de violencia doméstica en cabinas de Internet en las calles, a la que recurren 3000 personas por mes.

A pesar de su edad, su currículum dice que trabaja en prevención de violencia doméstica desde hace dos décadas. Pero el secreto de su experiencia es que comenzó a interesarse en este problema tan sólo a los 20 años. “Cuando entré a la universidad la única forma de una estudiante de acceder gratuitamente a una prueba de embarazo (en el Reino Unido comprarlo es bastante caro, alrededor de 55 pesos) era recurrir a grupos antiaborto. Así que para ver si estabas embarazada tenías que aguantar que te dijeran que si se te ocurría abortar eras una asesina. Me opuse a esta metodología y construí mi propio grupo de autoexámenes de embarazo. Con los meses me di cuenta de que muchas mujeres que venían a pedir un test gratuito estaban chequeando si estaban embarazadas, o no, a partir de la violencia que estaban experimentando. En ese momento yo no estaba capacitada para asesorarlas y derivarlas y empecé a preocuparme sobre la violencia contra las mujeres”, repasa Davina, que vino a Buenos Aires invitada por el British Council para participar de las “Jornadas de acceso a la justicia en situaciones de violencia”, organizadas por el Centro de la Mujer de San Fernando y la Fundacion Mujeres en Igualdad, con el apoyo de la Junta Federal de Cortes.

–¿Qué se sigue haciendo mal para que persista la violencia contra las mujeres aun en sociedades desarrolladas y con una alta independencia femenina?

–Los prejuicios sociales subsisten y a los hombres se les sigue enseñando que deben tener el control. En realidad, a todos nos gusta hacer las cosas a nuestro modo. No es un problema de los hombres, no es algo biológico. Tiene que ver con la diferencia de poder en las relaciones. Y cuanto mayor sea esa diferencia, mayores posibilidades hay de abuso. Las mujeres, en general, no son violentas, pero no porque sean mejores personas sino porque no tienen oportunidades. Hace veinte años ya que gobernó mi país Margaret Thatcher y conocemos lo que puede llegar a hacer una mujer con mucho poder.

–¿Cómo lograron reducir las muertes de mujeres en Londres?

–Hoy en día ofrecemos mejores servicios a las mujeres para que puedan estar más seguras, garantizamos que se haga justicia con los abusos y llevamos a cabo una campaña en la policía con el eslogan “el silencio de tu pareja ya no te va a proteger”, para que los golpeadores sepan que no tiene sentido intimidar a la víctima porque van a ser sentenciados de todas maneras. Pero no sólo alentamos a denunciar el caso, sino que garantizamos que algo suceda después.

–¿Todas las mujeres golpeadas tienen asegurado un refugio donde vivir?

–Sí, garantizamos un alojamiento que sea seguro, confidencial y secreto para que las mujeres y sus hijos puedan mudarse físicamente. También les damos el apoyo de un experto durante todo el proceso legal. Y las cuidamos con pequeños recursos: el agresor nunca ve a la víctima en el momento en que declara y mientras ella sale del tribunal él queda retenido durante media hora para que no haya contacto entre los dos. Por otro lado, le pagamos a la mujer el cuidado de los niños durante el día que tiene que ir a tribunales.

–¿El gobierno le paga a una baby-sitter para que la mujer no abandone la causa judicial?

–Sí. El Estado le paga la baby-sitter de sus hijos e incluso el taxi para que la mujer vaya a los tribunales. La idea es que no tenga ninguna traba para llevar adelante el proceso legal contra el agresor. Por el lado de los hombres, parte de la sentencia es que tienen que asistir a grupos de agresores durante, por lo menos, 32 semanas. Sabemos que, de otro modo, los hombres violentos vuelven a ser violentos. Entonces, por más que nosotros salvemos a una mujer, el hombre va a ir y formar una nueva pareja. Por eso, también pensamos en la prevención a largo plazo en los tratamientos de los agresores más allá de salvar individualmente a la mujer. También buscamos generar mucho debate público sobre qué significa la violencia doméstica y que nadie le diga a la mujer golpeada “no terminaste en el hospital, no creo que sea tan serio”.

–¿Cómo surgió la idea de convertir a los taxistas en expertos en no justificar la violencia de los golpeadores?

–Cuando tratamos de pensar cómo se soluciona este problema, nos dimos cuenta de que se necesita una ayuda masiva, a través de la participación de mucha gente. Ahora estamos planeando incluir a los cerrajeros porque las víctimas, cuando deciden terminar con el suplicio de la violencia, ¿qué es lo primero que hacen?...

–¡Cambiar la cerradura!

–Claro. Hay que pensar con quién está en contacto la víctima. No tiene sentido poner un poster en la policía sino pensar en el taxi, el supermercado, la peluquería, la escuela, la cerrajería... todos los lugares en donde la víctima puede ser guiada con información para llegar a la comisaría a hacer la denuncia.

–¿Hay subsidios o programas de inserción laboral para las mujeres golpeadas sin trabajo?

–Sí hay, pero no son suficientes. En los últimos dos años el gobierno ha estudiado bastante el aspecto económico de la violencia doméstica. El plan que yo quiero implementar costaría alrededor de 50 millones de pesos, pero no implementarlo llevaría un gasto muy superior: 2400 millones de pesos.

–¿En qué terminan gastando los gobiernos cuando no invierten en prevenir la violencia doméstica?

–Cuando hay un asesinato el costo de investigar, procesar y sentenciar a prisión a un asesino es altísimo. También, si uno no invierte en detener la violencia, la mujer termina en el hospital, con alguna discapacidad o enfermedad crónica. Todo esto es mucho peor humanamente, pero también mucho más costoso para el Estado que si se previene la violencia doméstica desde un comienzo.

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Davina James-Hanman
Imagen: Juana Ghersa
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