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Viernes, 31 de agosto de 2007

DEBATES

El empleo del tiempo

El sociólogo español Carlos Pietro expone cómo se modificaron sus investigaciones a partir del trabajo junto con colegas feministas. Así se hizo visible para él el estereotipo que delinea la palabra “trabajador” y cuánto excluye a la “trabajadora” que, además, carga en exclusiva con los cuidados imperativos del hogar y la familia.

 Por Veronica Gago

La crisis del trabajo en las últimas décadas arrastró también al trabajador en su estampa paradigmática: el obrero masculino y proveedor. Esta crisis no dejó indemnes a las ciencias sociales en sus distintas versiones disciplinarias. Según el sociólogo español Carlos Prieto, un especialista en la relación entre empleo y género de la Universidad Complutense de Madrid, el cambio fue abrupto: “A partir de los años ‘80 irrumpe la cuestión del desempleo, y fue entonces que tuve que salir de la fábrica y empezar a ver qué significaba la existencia social en términos más amplios, porque el desempleo obliga a eso: a estudiar su impacto en la cotidianidad más allá del espacio formal del trabajo”. Sin embargo, esa crisis del trabajo asalariado, fabril y mayoritariamente masculino no termina de entenderse y hacerse visible más que al calor de las luchas feministas de las últimas décadas. Prieto, influenciado por la socióloga y feminista francesa Margaret Maruani, dice: “Al conectar el trabajo como actividad productiva con la vida de la gente, descubro el papel central de la mujer en la sociología del empleo y eso lo replantea todo”. Invitado por la UBA y la Universidad de San Martín para dar una serie de conferencias, Prieto –afiliado a la comunista Confederación Sindical de Comisiones Obreras– plantea que las mujeres van hoy a la vanguardia de las luchas sindicales porque son las que formulan las reivindicaciones en términos cualitativos.

Foto: Juana Ghersa

–¿En qué sentido lo influencian las luchas feministas en su trabajo teórico?

–Nosotros, desde la sociología del trabajo, creíamos saber lo que era un trabajador y lo habíamos universalizado. Pero recién después entendimos que ese trabajador masculino existía porque había una figura femenina en un ámbito “extralaboral”. Hay que decir que, por lo menos en Europa, durante casi un siglo y medio el movimiento obrero no tuvo competencia como actor social privilegiado de la escena política. La cuestión del conflicto era precisamente hasta qué punto se reformaba la sociedad para integrar a la clase obrera y superar la amenaza de la revolución proletaria. La mujer, sin dudas, estaba presente, pero no era percibida como un problema. ¿Qué quiero decir con esto? Que, por ejemplo, cuando empieza a definirse en Europa a principios del siglo XX qué es un trabajador, lo cual queda plasmado en las leyes que regulan el trabajo desde entonces, se decide que lo que será protegido es el trabajo realizado fuera del hogar. Incluso los trabajos de mercado que se hacen dentro del hogar no son tenidos en cuenta. Hay que recordar que entonces era muy fuerte el trabajo a domicilio realizado para el mercado y, sin embargo, es excluido. Quienes realizaban este trabajo de hogar –aun cuando no fuera la casa propia– eran mayoritariamente mujeres. Esta clara y plena separación era asumida por el movimiento obrero sin ningún tipo de cuestionamiento. Yo he trabajado muchos textos de principios de siglo XX, donde las declaraciones de obreros españoles abundan sobre el hecho de que la mujer sólo trabaja “afuera” por fuerza mayor, porque si no, cuando ellos llegaban del trabajo, ¿quién les hacía la cena?, ¿quién remendaba los pantalones? Este pensamiento penetraba la sociedad de arriba abajo y al movimiento obrero en su conjunto. Hasta los años ‘70, la historia política y social es casi exclusivamente la del conflicto obrero. Recién a partir de esa década, el movimiento feminista conquista la visibilidad de las mujeres. Es un cambio no teórico, de cabezas iluminadas, sino ligado al movimiento social.

–Esto coincide con el inicio del desempleo como fenómeno más extendido...

–Desde la sociología esto implica empezar a trazar diferencias porque el desempleo no afecta por igual a todos los colectivos sociales: el trabajo debe complejizarse como relación social y ya no sólo como actividad, y la visibilidad de las luchas de las mujeres afecta mucho esta reconceptualización. Hasta los años ‘70, el desempleo tenía una definición keynesiana: quien busca trabajo y no lo encuentra. Pero cuando la mujer empieza a entrar en la escena laboral masivamente se percibe que su relación con la actividad y con la inactividad es mucho más flexible. El hombre, en cambio, siempre está definido: o está ocupado o está desocupado. Y, “por definición”, el hombre no es inactivo. La mujer, históricamente, es percibida partiendo de la inactividad en términos económicos, porque así es considerada la actividad en el hogar. Por eso, sus posiciones siempre son más ambiguas. Y eso lleva a que no sea exactamente lo mismo una desocupada que un desocupado. Además, como socialmente a los hombres se los ha ido definiendo como los grandes responsables de conseguir los recursos, hace que las crisis de empleo, cuando afectan a los hombres, sean mucho más duras que para las mujeres. Por ejemplo, hace poco hicimos un grupo de discusión con desocupados y un hombre que tenía un hijo de veinte años contó que su obsesión era cuando el joven llegaba a su casa y lo veía a él sentado, porque no podía dejar de preguntarse: “¿Qué estará pensando este hijo de puta de mí?”.

–¿Cuáles son las diferencias en la desocupación para las mujeres, entonces?

–Cuando las mujeres están desocupadas, su actividad doméstica se incrementa exponencialmente. Esto no pasa con los hombres. Es más: cuando uno analiza la situación de hombres y mujeres que trabajan a tiempo completo, las mujeres siguen trabajando mucho en la casa. Es decir, no es una cuestión mecánica entre trabajo fuera y dentro del hogar: se trata de conflictos sociales sobre el pacto entre los géneros.

–Usted sostiene que hay más “tolerancia social” cuando la precariedad laboral recae sobre las mujeres...

–En la medida en que se cree que si la mujer no trabaja profesionalmente o fuera del hogar siempre le quedan las tareas de ama de casa, pues entonces no es tan grave si no encuentra empleo o, más aún, si las condiciones de ese empleo no son tan buenas. Es una tolerancia social a que si el problema del desempleo afecta sobre todo a las mujeres y los jóvenes, no es tan grave. Es una consecuencia de la cultura laboral androcéntrica para la cual todavía hoy los varones son los sujetos centrales del trabajo. Todo esto cambia rápidamente y día a día, pero también tiene que ver con que en el modelo social mediterráneo –que es el de la Argentina también–, a diferencia de ciertos países del norte de Europa, la familia ocupa todavía un lugar central para la atención de las necesidades de las personas. Esto significa que son casi siempre las hijas las que se ocupan de sus padres y madres mayores.

–¿Qué privilegian las empresas que no contratan mujeres, aun cuando éstas cobren menos salario por igual trabajo?

–Una de las respuestas posibles es que ninguna empresa considera las características de las trabajadoras como si fueran algo objetivo sino a partir de lo que se imaginan o creen que ellas deberían ser. Por eso no se contrata simplemente hombres y mujeres determinados sino hombres y mujeres a partir de las características imaginadas y atribuidas a cada género. En este sentido, creo que no puede entenderse el empleo sin un análisis de las relaciones sexuales en el ámbito de la familia. Hace algunos años, conversando con el responsable de recursos humanos del banco BBVA, él me decía que era partidario de incorporar mujeres contra la opinión del resto de sus compañeros, porque se daba cuenta, cuando las entrevistaba, de que ellas ofrecían una visibilidad de competencia notablemente superior. Pero, entonces, ¿cuál es el problema? El me respondía: “Yo sé que a mediano plazo el hombre nunca me va a fallar. Si contrato alguien para estabilizar la empresa y para que haga carrera en ella, tengo la certeza, casi en un ciento por ciento, de que el hombre no me va a defraudar. Con la mujer nunca estás seguro. Tal vez en un momento decide ser madre o volver al hogar”. Con esto quiero mostrar nuevamente que no se trata de cuestiones objetivas de calificaciones sino de ideas que se tiene sobre los géneros.

–Si no pueden pensarse como compartimentos separados, ¿cómo incorpora usted al mismo nivel de análisis el ámbito de la producción y de la reproducción?

–Analizando cómo se reparte el empleo del tiempo, a través de la metodología de encuestas del empleo del tiempo que miden cada diez minutos lo que hacen las personas durante las 24 horas, lo cual permite salir de las abstracciones. Creo que es un método interesante porque, de otra manera, alguien que trabaja fuera del hogar suele responder que trabaja lo que su contrato indica, y si es alguien que trabaja en el hogar ese tiempo nunca puede calcularlo. En cambio, midiendo cada diez minutos no hay manera de abstraer lo que hacés. Ahí se observa que la cantidad de horas dedicadas al trabajo profesional por parte de los hombres y las mujeres es muy diferente. Pero lo que más difiere es la cantidad de horas dedicadas al trabajo doméstico. Y no se puede entender el empleo sin esta diferencia. No puede trabajar del mismo modo profesionalmente alguien que además debe dedicarle cuatro o cinco horas diarias al trabajo doméstico. Todo esto está también segmentado por edad. Hoy, en España, el 65 por ciento de las mujeres casadas o emparejadas entre 30 y 40 años son “activas”. Esto era inimaginable tres décadas atrás.

–Usted enfatiza que esa diferencia de empleo del tiempo se ve sobre todo en los “cuidados imperativos”, es decir, aquellos que no pueden dejar de hacerse.

–Es que esto se ve claramente, por ejemplo, en parejas profesionales, donde ambos trabajan, ante situaciones muy precisas. Si llaman de la guardería o de la escuela porque al niño o a la niña le pasa algo, ¿a quién llaman? A la madre. ¿Y quién va? La madre. Esto nadie lo pone en duda. Lo más difícil de superar es lo que se da por obvio. El día en que deje de ser obvio que si el niño o la niña se sienten mal hay que llamar a la madre, va a ser un cambio revolucionario. Lo que quiero decir es que éstas son situaciones que ponen en cuestión toda la organización social, la vida misma, y no sólo el trabajo.

–Usted escribió una frase llamativa: que las mujeres son el último residuo de la clase obrera. ¿Qué quiere decir?

–Creo que es así porque son las que tienen capacidad de formular reivindicaciones cualitativas. Por ejemplo, en el tema del tiempo. Esta antes era una reivindicación androcéntrica: se pedía siempre menos tiempo de trabajo, concentrado en los mismos días de la semana. Es decir, se trataba de lograr trabajar menos horas sin importar los turnos: si se podía bajar a 35 horas la semana laboral gracias al hecho de repartirla en distintos turnos, no era un problema y nadie lo ponía en cuestión. Lo que no era objeto de reivindicación era el tema de cómo estaba ordenado el tiempo de trabajo. Son las mujeres las que, como tienen que compaginar el trabajo profesional con la vida personal y/o familiar, plantean que no se puede tener sólo en cuenta la cantidad de horas sino el momento, su orden mismo. En este sentido, las mujeres son la nueva punta de lanza del movimiento sindical. Entrevisté varias veces a la responsable de Comisiones Obreras del sindicato de la banca y fue ella quien me lo dijo: “Somos nosotras las que planteamos las cuestiones más novedosas por lo cualitativo de nuestras preocupaciones, que apuntan a una igualdad concreta: por ejemplo, cómo organizamos el tiempo para que nos permita vivir”.

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