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Viernes, 2 de mayo de 2008

CLASIFICADOS

La soberanía empieza en la cocina

Mujeres del mundo claman porque oídos popes del FMI, la FAO y el Banco Mundial las escuchen. Tratan de impedir que fórmulas indecentes las sigan condenando al hambre, mientras que aquéllos se rasgan las vestiduras frente a la crisis provocada por la suba alarmante del precio de los alimentos, que devasta a países enteros. Son los mismos que en un ensayo se escudan tras el argumento del “fenómeno inesperado”, de las malas cosechas y la presión de los biocombustibles para esquivar una realidad global que se desangra a cada minuto. No quieren advertir soluciones medianamente aplicables; insisten en analizar desde un freezer fórmulas ingratas, que profundizan la hambruna mundial. Desoír la sabiduría de otras voces en la encrucijada forma parte de ese autismo. Hacerse escuchar en el desierto para frenar el poder de las multinacionales sobre el sistema alimentario mundial es la tarea que embarca a mujeres del campesinado, para que dejen de aplicarse sobre sus economías de subsistencia los “estatutos expertos” de científicos y técnicos ligados a intereses financieros, que pulverizan cualquier proyecto de soberanía alimentaria. Campesinas de 16 países del mundo plantearon la encrucijada en febrero último, durante un seminario sobre Alimentación y Poder organizado por la OBV-Vía Campesina, en Austria. “Las mujeres participan en una economía invisible, esencial en la supervivencia de sus prójimos y en la de la humanidad entera, pero esto se reconoce poco o en absoluto económica y socialmente”, advirtieron. “Es esta economía de subsistencia que alimenta el mundo, y no la agricultura industrial y comercial. Sin embargo, el poder está en esas manos, muy a menudo de hombres.” En la Argentina, el padecimiento alcanza a unas 280.000 familias numerosas de 22 pueblos indígenas y 220.000 familias campesinas, con al menos 1,5 millón de personas. “No producen soja ni suscriben a los agronegocios, siembran alimentos y crían animales para autoconsumo y tienen una relación especial con la tierra: se entienden como parte de ella”, explicaron desde el Mocase-Vía Campesina (Movimiento Campesino de Santiago del Estero) en una columna de opinión que publicó este diario días atrás. Mujeres del Mocase, del Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), del Movimiento Sin Tierra de Brasil y del zapatismo mexicano coinciden en la necesidad de una lucha para defender y devolverle valor a la economía de subsistencia, frente a la economía comercial. “Las mujeres son las primeras víctimas de este poder diagnóstico que niega su capacidad para saber lo que está bien o no y que les prohíbe desarrollar sus actividades fuera del marco que definen las instituciones”, concluyeron en el encuentro de Europa. La ambición no radica en el poder de dirigir a otros, sino de dirigir sus propias vidas. “Producir nuestra alimentación es un elemento esencial en este reclamo. ¡Si somos capaces de eso, entonces somos ricas!”

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