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Sábado, 9 de agosto de 2008

EMPRENDIMIENTOS

La alta tecnología tiene nombre de mujer

En la incubadora de empresas que funciona en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, las mujeres emprendedoras con proyectos de ciencia y tecnología son mayoría. La doctora en química Laura Pregliasco, responsable de Incubacén, y las autoras de un proyecto que ha merecido premios y va en busca de inversores dan cuenta de que algo está cambiando en la relación que existe entre mujeres, ciencia y negocios.

 Por Verónica Engler

Hubo una época en la que del Viejo Continente partían barcos con marineros de toda calaña en busca de horizontes más allá de lo conocido. Algunos, la mayoría, con unos ánimos de conquista apabullantes. Otros, simplemente con ganas de huir de algún amor contrariado o de una deuda imposible de pagar. Iniciar ese periplo, sin mapas ni imágenes precisas sobre el lugar de destino, implicaba una cuota de incertidumbre bastante alta que pocos toleraban. Pero si por fortuna se lograba llegar, todavía quedaba enfrentar un mundo del que nada se sabía y sobrevivir en él a fuerza, como finalmente sucedió, de dominar e inclusive exterminar a los habitantes originales de esas tierras. Por entonces, a esos señores se los llamaba, en francés, entrepreneurs, que en criollo quiere decir emprendedores (quienes acometen con resolución acciones dificultosas o azarosas). Más tarde, cuando el Nuevo Mundo empezaba a amoldarse a los usos y costumbres del Viejo, se designó entrepreneurs, en sentido económico, a quienes eran capaces de enfrentar la incertidumbre –según lo definió en el siglo XVIII el escritor francés Richard Cantillón–. Un pasito más y, finalmente, la palabra se instaló en lenguas de aquí y allá para identificar a empresarios innovadores.

El entrepreneur o emprendedor de hoy también enfrenta la incertidumbre e innova cuando hace negocios, con la salvedad de que en sus iniciativas, muchas veces –aunque no siempre– no son necesarios ni la conquista ni el exterminio de antaño. De hecho, algunos se animan a decir que el espíritu entrepreneur de pequeñas y medianas empresas podría conducir hacia una sociedad más igualitaria en la que los negocios no quedarían irremediablemente en manos de las grandes corporaciones, totalitarias por antonomasia. Otra de las novedades es que estos emprendedores, cada vez con más ahínco, hacen uso intensivo de la ciencia y la tecnología para generar divisas y también, por qué no, riqueza social.

Entrepreneurs
en incubadora

Ya en la década del ’70, el físico argentino Jorge Sabato proponía promover una interacción más fluida entre la academia, las empresas y el Estado (tres actores identificados como los vértices de un “triángulo virtuoso”) para dinamizar el proceso de desarrollo en nuestra sociedad. El espíritu de aquellas ideas parece estar resurgiendo en el firmamento local. Prueba de ello es Incubacén, la incubadora de empresas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN) de la Universidad de Buenos Aires (UBA) que –¡oh sorpresa! en el ámbito de la ciencia y la tecnología– cuenta con un 60 por ciento de mujeres emprendedoras en sus haberes.

Incubacén fue puesta en funcionamiento durante 2003 por el actual ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Lino Barañao, por entonces secretario de Investigación de la FCEyN. En estos cinco años, la incubadora se ha dedicado a cuidar, contener y dar apoyo a decenas de empredimientos en ciernes gestados a partir de las ideas y el ímpetu de científicas y científicos de esa facultad.

“Nos gusta pensar a la incubadora como un espacio de cuidado intensivo en un momento de máxima fragilidad de estas incipientes pymes: el arranque. Tratamos de minimizar los fracasos en esta etapa”, define la doctora en química Laura Pregliasco, responsable de Incubacén y también de extender la experiencia de la FCEyN al resto de la UBA.

“Una incubadora de empresas es una herramienta más de transferencia tecnológica –continúa la especialista–, que promueve el espíritu emprendedor, es decir que también busca innovación y culmina los procesos de investigación y desarrollo, en el sentido de lograr una aplicación comercialmente exitosa.”

La transferencia tecnológica a la que se refiere Pregliasco es el proceso de utilización de tecnología, experiencia y conocimientos generados en la universidad para propósitos a los que originalmente no apuntaban esos desarrollos. Esta cuestión, justamente, es uno de los puntos neurálgicos en los que viene haciendo foco la comunidad científica internacional en los últimos años.

El Research Councils UK (RCUK), organismo que nuclea a los siete Consejos de Investigación que integran el sistema científico en Gran Bretaña, daba a conocer Material World: knowledge economy, un detallado documento en el que se analiza la contribución que la investigación financiada con fondos públicos ha hecho a la economía de ese país. “En una economía del conocimiento, la ciencia y la investigación básica son esenciales para el crecimiento de la economía y la prosperidad social”, se afirma en el texto. “Para que las compañías británicas sean exitosas tendrán que innovarse, y mucho del conocimiento y capacidades básicas que necesitarán están en las universidades”, concluye.

Responsabilidad social

“Deseamos contribuir como una actividad casi de extensión universitaria, en el sentido de volcar a la sociedad que nos financia el conocimiento adquirido en una forma novedosa: empresas que produzcan en el país generando riqueza y trabajo bien remunerado, y que requieran mano de obra calificada, para colaborar con la migración de la Argentina hacia una sociedad basada en el conocimiento, que exporte bienes o servicios de alta tecnología, más que soja”, resume Pregliasco que, en su paso por el sector privado –en industrias farmacéuticas–, pudo adquirir amplia experiencia en tramitación de patentes e implementación de sistemas de gestión de calidad, tópicos ineludibles a la hora de encarar cualquier emprendimiento como los que se incuban en la facultad.

Según consignan sus responsables, los proyectos que Incubacén cobija bajo sus alas, además de ser de alto valor agregado, en general representan alguna innovación, no impactan negativamente en el medio ambiente, permiten maximizar la utilización de materias primas e insumos nacionales, son proyectos socialmente responsables y, como si todo esto fuera poco, son potencialmente rentables. “La responsabilidad social empresarial puede definirse como la contribución activa y voluntaria al mejoramiento social, económico y ambiental por parte de las empresas, generalmente con el objetivo de mejorar su situación competitiva y valorativa y su valor añadido –explica Pregliasco–. Esta responsabilidad va más allá del cumplimiento de las leyes y las normas, dando por supuesto su respeto y su estricto cumplimiento. En este sentido, la legislación laboral y las normativas relacionadas con el medio ambiente son el punto de partida. El cumplimiento de estas normativas básicas no se corresponde con la responsabilidad social, sino con las obligaciones que cualquier empresa debe cumplir simplemente por el hecho de realizar su actividad. Sería difícilmente comprensible que una empresa alegara actividades de responsabilidad social empresaria si no cumple con la legislación de referencia para su actividad.”

El año pasado se presentaron veinticinco proyectos a la convocatoria de Incubacén, de los cuales dieciséis llegaron hasta la etapa de preincubación. De esa tanda surgió “Soluciones biotecnológicas para la Industria Láctea” (ver recuadro), un emprendimiento que se propone producir de manera industrial un preparado cuyo principio activo es una proteína natural a partir de la cual se abren dos grandes líneas de desarrollo: un conservante para la industria láctea y un producto para inhibir la mastitis vacuna. El proyecto, liderado por tres biólogas, fue uno de los dos emprendimientos que resultaron premiados este año. La distinción le permitió al grupo viajar a Estados Unidos para conocer diferentes universidades e institutos de investigación en los que funcionan incubadoras de empresas –como la Universidad de Miami, la Universidad de Boston y la escuela de negocios Babson College–.

Allí, cuentan, vieron cómo se hacen las cosas a lo grande y también pudieron exponer su proyecto ante científicas y científicos duchos en el tema. Además, tuvieron la oportunidad de enfrentarse en vivo y en directo a inversores del Norte y salieron airosas de cada una de estas pruebas. Las felicitaron y mostraron interés en el emprendimiento. “Exponer el proyecto allá como equipo nos vino muy bien”, resume Natalia Fernández Eraso, la más joven del trío que en promedio no llega a los cuarenta.

Fernández Eraso, al igual que sus compañeras emprendedoras Alicia Zelada y Silvia Lede, reconoce una vocación tanto para la investigación pura como para encarar iniciativas en las que sus conocimientos científicos puedan aplicarse en soluciones concretas que, finalmente, resulten buenos negocios. Algo que en el ambiente académico no suele ser visto con buenos ojos. “Todavía está esa falsa moralina de decir que la ciencia no va de la mano de los negocios”, cuestiona.

Ciencia & negocios

Alicia Zelada, luego de doctorarse en Ciencias Biológicas en la UBA, en 1997, decidió partir hacia la Universidad Laval de Quebec (Canadá) para realizar un posdoctorado en biología molecular de hongos patógenos de humanos y regresó a la Argentina luego de tres años. “Durante mi estadía en Canadá tuve oportunidad de conocer varios grupos de investigación que trabajaban en el área de biotecnología de microorganismos y biotecnología vegetal en estrecha relación con los sectores productivos y en proyectos altamente direccionados a la transferencia tecnológica. Este enfoque de la tarea de investigación me pareció sumamente interesante y más acorde con mi carácter pragmático, así que cuando regresé decidí cambiar mi área de investigación y me incorporé al Laboratorio de Agrobiotecnología.”

El trío de biólogas decidió acercarse a la incubadora de la facultad fundamentalmente porque necesitaban apoyo para capacitarse en el área de negocios, ilustrarse con respecto a cuestiones legales y también para buscar inversores. “Sabíamos que para diseñar un plan de negocios y salir a la calle necesitábamos asesorarnos y disponer de herramientas de negocios, no muy comunes en el ámbito de la ciencia”, asume Silvia Lede.

Es que no resulta nada sencillo para quienes cotidianamente hablan de macromoléculas, péptidos, principios activos, proteínas y genómica de vegetales, incorporar a su vocabulario términos surgidos del mundo de los negocios como “plan de negocios”, “hoja de oferta” o “flujo de caja”.

“Salir de la facultad y tener que encarar un proyecto solos a veces es medio complicado porque no estamos preparados”, señala Fernández Eraso.

Desde Incubacén se encaran dos tipos de trabajos. Por un lado, el asesoramiento y la concreción de acuerdos económicamente justos, que satisfagan los objetivos tanto de los investigadores como el fin social de la facultad. Además, la incubadora ofrece una pequeña infraestructura para que los emprendimientos puedan comenzar a funcionar: sala de reuniones, oficina con computadora, teléfono y secretaria.

Uno de los problemas que se presenta a los científicos a la hora de armar una empresa propia es elegir una de entre las muchas aplicaciones que puede tener un conocimiento. Otra causa importante de frustración es no poder mantener la constancia, ya que la mayoría de quienes emprenden la tarea de concretar comercialmente alguna idea basada en sus saberes científicos, se enfrenta con la necesidad de formalizar un proyecto que muchas veces no está directamente relacionado con sus quehaceres laborales.

“El trabajo en Incubacén fue positivo porque hay distintos profesionales que nos dieron una perspectiva en cuanto a lo legal y lo comercial que a nosotras nos vino muy bien –señala Fernández Eraso–. También nos fue muy útil el hecho de tener plazos, porque cuando se trabaja en un emprendimiento al margen de lo que es tu laburo cotidiano, el tiempo se dilata. El estar en Incubacén y tener que cumplir con plazos para presentar el plan de negocios hizo que el proyecto avanzara más que en condiciones naturales.”

Para muchos científicos y científicas la experiencia de pasaje del ámbito académico al empresarial resulta un desafío altamente estimulante aunque no exento de situaciones críticas ni de momentos de incomprensión por quienes se hallan del otro lado del puente. “Los investigadores no conocen el lenguaje, los códigos y el paradigma del mundo de los negocios –indica Pregliasco–, y los inversionistas locales tienen mucho que aprender de la cultura académica, de los sueños y necesidades de los investigadores, pero también de las estructuras institucionales, del sentido de la autonomía universitaria, del rol de las oficinas de transferencia tecnológica en buscar el beneficio social local al transferir ideas de la Universidad al mercado, como compromiso con la creación de una sociedad más justa, a partir de la inversión pública.”

Tal vez en cada átomo, lípido, capa geológica, algoritmo o supernova que se escudriñen se hallen algunas respuestas superadoras de las preguntas que lanzaron el arduo proceso de la investigación científica. Es posible que en los métodos utilizados para investigar estos objetos o eventos anide una forma novedosa de pensar cuestiones que, en principio, parecían por completo ajenas al acontecer científico.

¿Será factible usar el conocimiento, la materia gris desarrollada en el país, para lograr mejoras para la sociedad en su conjunto y no sólo para una elite tecnocientífica?

Esta vez, las mujeres están ahí, y no como una simple minoría decorativa o como una mayoría silenciosa. Estas emprendedoras hi-tech ocupan espacios de liderazgo en ámbitos –el de las ciencias exactas y naturales y el de la empresa– hasta hace muy poco absolutamente reacios a ver a las damas al frente de cualquier iniciativa.

Como innovadoras, ellas tienen mucho por decir en esta nueva aventura del conocimiento.

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