las12

Sábado, 9 de agosto de 2008

Madres contra el infierno

El paco, la famosa y letal droga de los pobres, dejó de ser una amenaza para ya formar parte de la realidad de muchas familias que están presenciando la pérdida de toda una generación. Madres y padres muy jóvenes que mueren dejando a sus hijos muy pequeños. La organización Madres contra el Paco avanza contra esta inercia para recuperar a sus hijos e hijas del infierno.

 Por Elizabeth Contreras

La casa de Gladis tiene dos habitaciones desocupadas. Allí dormían dos de sus hijas. Retazos de viejos posters pegados en la pared delatan un pasado habitado. Sabe lo difícil que será volver a ocuparlos con las risas de sus antiguas habitantes, pero conserva las esperanzas y lucha cada día para que sus nietos recuperen a sus mamás.

La casa de Andrea es sólo una habitación, con escasos muebles y sin lujos. Allí viven ella y su beba de tres meses. Es consciente de lo difícil que será llenar ese espacio de las risas y rabietas de su hija de 10, pero cada minuto se esfuerza por seguir entera y reconstruir una vida desarmada por su adicción al paco. Aunque ellas nunca compartieron un mismo cuarto y las distancias geográficas las separan, ambas ponen su cuerpo en la cruzada contra el paco, considerada “una droga de exterminio de pobres”, y socializan sus vivencias con otras madres en la misma situación.

Gladis Lencina se mantiene de pie por sus nietos. Su cuerpo revela los avatares de una vida. La pobreza y la miseria que sufría en su Chaco natal la obligaron a emigrar de niña a la ciudad de Buenos Aires. “A los 13 ya estaba acá trabajando, todos los días, sin parar”, contó. Cinco años después conocería al hombre con quien tuvo cuatro hijos y con el que vivió toda su vida en la localidad de Dock Sud, en Avellaneda. La muerte de su marido, a los 43 años –relata ella misma– provocó un cimbronazo en la familia, y en especial en Pamela, su hija de 20 años.

“Ahí fue cuando se volcó a las drogas. La llevé a un psicólogo, también la tuve que internar en el Moyano porque se quiso matar. Cada vez que me llama, me dice que nunca pudo superar la muerte del padre”, relata Gladis. Transcurrieron 6 años desde ese momento trágico. Gladis ya perdió la cuenta de las veces que tuvo que salir de noche a buscar a su hija por las comisarías o las oportunidades en las que se internó en la villa, donde Pamela andaba de “gira”. Hoy, su hija está presa en la cárcel de mujeres de Ezeiza. Es la segunda vez que ingresa bajo el delito de desobediencia a la autoridad.

“Está por salir, pero no sé cuánto tiempo va a pasar para que vuelva a caer. Adentro me promete que va a estar todo bien, que no va a consumir más, que va a cuidar a sus hijos; pero cuando sale, hace todo lo contrario”, dice Gladis, en un tono resignado. En sus brazos está su nieto, que duerme la siesta tranquilamente. Pamela estaba de 7 meses de embarazo cuando quedó en la cárcel. El bebé permaneció 20 días tras las rejas junto a ella hasta que la Justicia resolvió entregárselo en guarda a su abuela. “Después de 20 años, venir a cuidar a las criaturas es mucho. Es como empezar de nuevo, pero tengo que seguir por ellos y por mis hijas”, sostuvo. Pamela tiene otro hijo, de 6 años, que está al cuidado de su abuela paterna.

Cadena mortal

“Una mujer adicta con hijos viene de una problemática anterior que es el embarazo adolescente. Se trata de chicas que no tienen compañero, que consumen paco y que no pueden hacerse cargo de otra persona. Todos los vínculos de una persona adicta se desarman, se rompen. No tienen manera de construir un vínculo madre-hijo/a”, analizó la psicóloga Mariela Fernández, integrante de Madres contra el Paco.

Alrededor de Gladis revoloteaba su otro nieto, de 5 años. Es hijo de Lorena, de 25 años, que no se sabe dónde está. Según algunos conocidos, la joven anda por la Villa Zabaleta, ubicada en el límite entre los barrios porteños de Barracas y Pompeya. “No me puedo meter a esa villa sola, tengo miedo. Además tengo que cuidar a los chicos”, explica la abuela. Según cuenta la señora, Lorena empezó a consumir a los 15 años. “Nunca paró. Hace diez años que está con la droga y hace un año que consume paco. Sé que se está prostituyendo para conseguir la droga.” Lorena estuvo internada en una granja de recuperación de Longchamps, pero se fue a la semana del ingreso. “Creo que fue la abstinencia. Estaba contenida en esa granja. Ella se quería ir y los directivos me dijeron que no la podían retener porque es mayor de edad”, explicó. Gladis espera el llamado o el regreso de su hija. Está preparada para sobrevivir al shock que significa verla cada vez más flaca, y conoce al pie de la letra los pasos a dar para ayudarla en la urgencia. “Viene cuando está destruida, la llevo al médico, la hago curar y a la semana se va para conseguir paco”, enumeró.

Gladis es una de las integrantes de la organización Madres contra el Paco. Es el único lugar donde se siente contenida y útil en la lucha, y por ende fue el lugar donde se realizó la entrevista con Las12. “Acá me empecé a enterar de qué es el paco, a cuánto se vende, me encuentro con otras madres que pasan por lo mismo”, remarcó. Gladis hoy intenta sobrevivir junto a su otra hija, Cintia, de 23 años. No tiene trabajo ni intenta buscarlo porque tiene que cuidar a sus nietos. Tampoco echa culpas a nadie. Sabe que está frente a un enemigo muy fuerte.

Sobrevivir al paco

Andrea cumple al pie de la letra el consejo del doctor: darle teta y mamadera a su beba de tres meses. “El médico me recetó leche maternizada para la gorda. Está un poco cara, pero me las arreglo para conseguirla”, explicó. Entre los turnos para amamantar, los pedidos de atención de la bebé, Andrea fue reconstruyendo su historia, marcada desde muy temprano por la adicción. “Yo empecé a consumir alcohol a los 11, después pasé por todas las drogas y terminé con el paco”, aclaró rápidamente al iniciarse la entrevista.

Contó cada detalle de su vida con la naturalidad de haberla contado muchas veces y con la necesidad de seguir recordándola para no volver a repetirla. Pasaron muchos años para que ella tomara la decisión de salir de las drogas. En el medio de ese proceso perdió contacto con cuatro de sus hijos, de 10, 14, 18 y 19 años. “Tres de ellos están con el papá en Salta y la nena de 10 está con mi mamá, acá en Buenos Aires. Un día me dije: me tengo que internar, fui al Sedronar y no me moví de ahí hasta que me derivaron a un instituto. Pasaron cuatro meses hasta que resolví ir a la granja.”

Hoy está en etapa de recuperación, tras ocho meses de internación en una granja de Villa Rosa. En ese ambiente conoció a Marta López –la presidenta de Madres en Lucha–, con quien hoy comparten largas horas de trabajo en la oficina donde funciona la organización. “La abstinencia es difícil. Sentís como una cosquilla que te corre por el cuerpo. Te gana la ansiedad. Cuando me pasa eso, empiezo a mandar mensajes con amigas, hablo con la psicóloga, con Marta, que me ponen los puntos”, contó.

Andrea hoy tiene un trabajo junto a las Madres en Lucha, y desde hace dos semanas vive con su bebé en un pequeño departamento, en La Paternal. Su objetivo es recuperar la relación con su hija, de 10, que está a cargo de su abuela materna. “Antes, mi mamá me dejaba ver a mi hija cada 10 días; ahora los fines de semana se queda conmigo, tengo autorización para retirarla del colegio, mi mamá me dio el teléfono de la psicóloga de mi hija para tener una cita”, contó. “Recién ahora entiendo el cambio que significó para mi madre y su pareja hacerse cargo de mi hija. Modificó sus tiempos y su rutina”, remarcó. “Si mamá no hubiera pedido la intervención de la Justicia, habría perdido a mi hija. Estaba al borde de entrar a un instituto de menores por las denuncias que me hicieron los vecinos, por vivir debajo de un puente con la nena”, agregó.

El relato de Andrea es escuchado con emoción por Marta López, orgullosa de ver los logros de su compañera de vida. “Ella pasó de la vereda de la inconciencia a la de conciencia para ayudarse a ella misma y a otras personas en su situación. Ella se ocupa de todo: de tramitar el DNI para los pibes indocumentados, de ayudar a otras mamás, de gestionar ayuda social y además les saca ficha a los chicos cuando vienen por primera vez, tiene la empatía propia de la gente que pasó por las mismas cosas”, explicó. “Soy testaruda. Si usé mi inteligencia para consumir porquerías, ¿cómo no la voy a utilizar para ayudar a los demás?”, afirma Andrea.

Ambas señalan las fallas y trabas que tiene el sistema de asistencia para chicos adictos al paco. La falta de contención post-externación es uno de los problemas más graves. “Cuando salís de la granja te dan una planilla con la que tenés que ir cada 15 días al Sedronar, pero tanto yo como la mayoría de las personas que salen de las granjas tiene otras urgencias, como por ejemplo, comer todos los días”, señaló Andrea. “El problema es que los pibes están en la misma, a la deriva, en la miseria, tiene que volver al barrio, que es volver a consumir. Por ello se necesitan lugares de pertenencia donde sentirse contenidos y se realice la readaptación”, agrega Marta.

La pregunta de Marta es qué se hace con las jóvenes adictas con hijos. “Los internamos en las granjas y sus hijos quedan a cargo de sus familiares; pero, ¿qué pasa con los chicos que no tienen familiares, dónde van a parar sus hijos?”, se interrogó. “Andrea tuvo la fuerza para salir por el amor de su hija, está reconstruyendo su relación con su madre y con la nena de 10, pero hay otras mamás que viven el embarazo como una carga que hay que abandonar.”

“Una persona adicta frente a un embarazo puede actuar de dos maneras: o vive ese embarazo con rechazo, porque el paco genera el sinsentido de la vida –ésta es la reacción más recurrente–, o lo toman como una vía de escape para abandonar el consumo. Esto se debe analizar en el contexto de pobreza, exclusión y marginalidad en el que viven los pibes que consumen”, explicó Mariela Fernández. Por eso, contó la psicóloga, desde Madres contra el Paco se aborda la problemática de manera integral, poniendo énfasis en trabajar la violencia familiar, la salud sexual y reproductiva, en generar espacios de reflexión, debate y organización.

Madre contra el paco durante las 24 horas

Marcela García está pendiente del teléfono. Sabe que unos minutos de demora pueden ser trágicos. Actuar ya es su regla básica de trabajo. Su oficina atiende las 24 horas del día y funciona en la casa de su madre, donde vive junto a sus hijos. Ella es una madre contra el paco y ex consumidora de drogas. Su horario más movidito es a la madrugada, cuando se mete a las villas para rescatar a los pibes paqueros. Habla con ellos, los convence de regresar a su casa y luego los acompaña hasta el Sedronar para gestionar su internación en las granjas de recuperación.

Vivió casi toda su vida en la localidad de Ingeniero Budge, uno de los barrios más empobrecidos de Lomas de Zamora. Cuando sus padres se separaron, ella quedó a cargo de sus abuelos, quienes la criaron. Es la madre más solicitada por otras madres. Tiene la historia de vida y las marcas en el cuerpo que le permiten interpelarse de igual a igual con los pibes y las pibas que consumen esta droga. Tiene 33 años y empezó a consumir a los 16 años. “Empecé con porro, drogas y muy poco paco. En ese momento se conocía como pasta base. Al principio empecé como todos, probando. Es como un tren que pasa; y cuando te querés dar cuenta, no te podés bajar”, graficó.

Hace ocho años que no consume y desde hace un par de meses que ayuda por los hijos de sus pares: “Las madres vienen desesperadas a pedirme por el hijo que se escapó. Salimos a la noche y los vamos a buscar, nos metemos en las casas de los transas, en las villas, en cualquier suburbio, donde vayan los chicos a drogarse”.

–¿Quiénes te acompañan en esos momentos?

–Voy sola. No tengo miedo. Si antes me metía a esos lugares para drogarme, si tuve huevos para entrar, los tengo que tener para ir a buscar a estos pibes. A mi vieja le agarran los ataques, porque son las 2 de la mañana y yo dejo a los chicos y me voy. Decidí poner el cuerpo en la calle. Los transas saben quién soy. Vivo con miedo, pero si hubo 30 mil compañeros que dieron la vida por mí y por mis hijos, yo estoy dispuesta a dar la pelea contra el paco.

Hasta el momento, 10 chicos del barrio de Budge fueron internados en institutos de recuperación gracias a su intervención. “Vamos a perder unos cuantos chicos en el camino. Muchos mueren por problemas en los pulmones, y en los hospitales no los tratan por la adicción sino por los efectos de la misma, pero tenemos que seguir adelante”, sostuvo Marcela.

El trabajo de Marcela no termina allí. El seguimiento de cada caso es fundamental, al igual que el diálogo con aquellos chicos que todavía no decidieron recuperarse. “El tema de las adicciones se debería informar desde el nivel inicial. Los chicos empiezan a consumir droga a los 7 u 8 años. Cada vez son más chiquitos. Además se tienen que abrir lugares donde los pibes se puedan encontrar, donde aprender un oficio. Sabemos que la mayoría de los pibes no van a terminar la secundaria y tienen que recibir capacitación para que no terminen en la esquina fumando porro”, advirtió.

Ella, junto a integrantes de Madres contra el Paco, tiene un proyecto en ese sentido, aunque faltan los recursos económicos para hacerlo realidad. Allí, según los planos elaborados por Marcela, se instalaría un salón de usos múltiples, se dictarían programas culturales, sociales y clases de oficios. Habría consultorios, oficinas de asistencia social y farmacia, “pero, sobre todas las cosas, pibas y pibes tendrían un lugar propio donde interactuar y aprender”.

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Andrea y sus hijas
 
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