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Viernes, 6 de diciembre de 2002

MúSICA

Tango x 2 minas bravas

Una viene del flamenco, la otra de la música clásica. Morena, de ojos oscuros, Dolores De Amo tiene el ímpetu de la Andalucía de sus padres; rubia de pómulos altos bien cincelados, Erica Di Salvo no lleva sangre germana como se podría suponer sino española, además de la italiana que evidencia su apellido. Ellas son las principales responsables de un suntuoso show que acaba de estrenarse en la Calle Corrientes: “Solo Tango - The Show”.

 Por Moira Soto

A Dolores pertenecen la idea, el diseño del vestuario y la dirección general; a Erica, primer violín del octeto que lleva su nombre, la dirección musical. La morena llega primero al barcito de al lado del teatro y no se hace rogar: habla de su elegante padre que se danzaba todo, incluido el tango; de la gente que antes se reunía en un clima musical de autentica alegría y comunicación; del aprendizaje del flamenco nada menos que con Pericet... Hasta que un día, a los veintipico, Dolores De Amo decidió tomar clases de tango: “Me convenció una amiga mía. Como yo confiaba en ella, decidí probar, y nunca más dejé el tango. Me fui enamorando cada vez más de este baile, como le pasa a tanta gente de toda edad. Bueno, fue un flechazo muy fuerte. No quise quedarme yo sola con este entusiasmo y este placer, y lo llevé a Juan (Fabbri), mi marido. Comprendí que el tango es un baile muy íntimo, que puede tener mucho compromiso afectivo, que es mejor si lo bailás con tu pareja. Cada uno tomó diferentes cosas de ese aprendizaje: yo fui por el lado de la coreografía, el diseño de vestuario, la creación de situaciones y personajes; a él le interesó como empresario, en momentos –hace diez años– en que poco se hacía por el tango aquí. Juntos realizamos muchas cosas: un canal (Solo Tango), unos cuantos shows (locales, para Japón), tuvimos uno de los lugares más conocidos, el Club de Almagro, soñamos con construir una casa del tango y lo logramos el año pasado... A los dos nos gusta el tango con mucho brillo, mucho glamour, como fue en los ‘30, los ‘40, cuando las mujeres iban muy arregladas, con verdadero estilo a lugares lujosos como el Sans Souci. De ahí el homenaje que hacemos en Solo Tango al Palais de Glace, un salón que es como la suma de todos aquellos sitios.”
Aparece la rubia y se advierte la corriente de mutuo afecto y admiración que la une a la morena. Erica Di Salvo, notable violinista y brillante directora de orquesta, hace ya dos años que trabaja con Dolores De Amo. Erica estuvo en la Orquesta Juvenil de Radio Nacional, en la Sinfónica, empezó a tocar tango a los 18 en el Sexteto Sur, viajó mucho, formó distintos grupos, permaneció varios años con Amelita Baltar, hizo giras y en el medio tocó con Charly García durante seis años.
“En realidad, a los 18 no me gustaba el tango, pero escuché algo de Piazzolla y dije: ‘Ah, puede ser’”, confiesa Di Salvo. “Creo que es lo que les pasa a los de mi generación, entramos por Piazzolla, nos identificamos fácilmente con él y después vamos descubriendo cosas. Su música representa el hoy, expresa mi interioridad, me refleja.” No por azar, entonces, en el programa de Solo Tango figuran tres piezas como “Libertango”, “Adiós Nonino” y “Tango Diablo”, espléndidamente interpretadas por el Erica Di Salvo Octeto. Ella quiere dejar bien sentado que “Dolores tiene un valor muy importante en mi carrera, que comenzó hace quince años y en la que hice muchas cosas. Pero con ella y su marido Juan Fabbri me pasó algo muy especial: descubrieron algo en mí y me brindaron la manera de mostrarlo. Dolores y Juan marcaron un punto de inflexión, me pusieron en este camino. Ella no pudo hacerlo de una manera mejor y me siento sumamente agradecida por la confianza”.
Por su parte, Dolores se apresura a comentar: “Erica siempre me gustó mucho cómo música, su calidad, su ángel. Y me encantó la idea de que una mujer dirigiese la orquesta”. A lo que Erica acota: “La noche del estreno fue de una emoción sin límites. Tenía una presión muy grande de no defraudar a Dolores ni a Juan Fabbri. Ni a mí misma, por supuesto. Además, esa función estuvo dedicada a mis padres, como forma de agradecerles que me hayan orientado en este camino. Y nada... mostrarles que soy una mujer adulta y ofrecerles el resultado de lo que hicieron por mí... fue una noche súper emotiva, sentí una increíble conjunción de todos los que participamos, desde lo más profundo, todo era para adelante.”

De la China al Lola Membrives
–¿En cuánto tiempo y de qué manera se arma un espectáculo con 26 temas, seis parejas de baile, coreografías, vestuario rutilante y despliegue escenográfico?
Dolores De Amo: –Aunque no lo creas, hubo que preparar todo en sólo dos meses. Yo estaba de viaje por la China cuando me llamó Spadone y me pidió que pensara algo para el Lola Membrives. Cuando me dijo la fecha, me impresionó, pero no me achiqué. Claro, pudimos llegar porque hay todo un trabajo anterior: todavía en la China, estudié mis notas (me gusta ir escribiendo las ideas que se me ocurren), seguí aquí. Sabía que iba a estar Erica, que había dirigido un cuarteto y luego un sexteto, pero ahora se trataba de un desafío mayor: un octeto integrado por músicos varones de distinta extracción. Barajé posibilidades, elegí a los bailarines, escuché mucha música.
Erica Di Salvo: –Me parece justo señalar la dedicación que Dolores pone en la elección de la música, algo no muy común en su rol. En Esquina Carlos Gardel estamos haciendo un tema de Eduardo Rovira, “Que no paren”, casi desconocido para la mayoría, que quizás al oírlo empiecen a considerarlo. Mirá, no he escuchado a ningún director, a ninguna directora de este tipo de espectáculo decir: “Pongo a Rovira –en Solo Tango está ‘A Evaristo Carriego’– o ‘Tango Diablo’ de Piazzolla en un show con bailarines”. Es un mérito de Dolores muy destacable.
D.D.A.: –En cuanto a los bailarines, son todos profesionales, muy trabajadores. Los conozco a todos desde hace tiempo, hemos hecho cosas juntos. Al elegirlos, traté de que fueran diferentes entre sí para que sus interpretaciones reflejaran esa diversidad. A mí me gusta contribuir a que las chicas y los varones rindan al máximo sus condiciones naturales: si por ejemplo advierto determinada gracia en alguno, deduzco que va a funcionar en candombe, milonga. Es el caso de Alejandra y Daniel, que en principio no querían hacer el candombe, no se veían en ese baile. Les insistí, traté de ser persuasiva, les di videos, les sugerí el inicio... Y ahora lo hacen divinamente. A mí me sucede que al mismo tiempo que veo la personalidad, el estilo de una bailarina, de un bailarín, pienso en la ropa, en los personajes que pueden dar. En cuanto al “Tango Diablo”, con esa escenografía tan impactante, me imaginé de una todo el cuadro: tenía que haber parejas bailando arriba, abajo, a los costados. Lo vi todo al toque al oír la música.
–Aparte de hacer magia en ese último cuadro –por no hablar de las acrobacias de los bailarines–, ¿en el vestuario desplegaste artes de hechicería para que se sostengan en las bailarinas esos trajes que parecen desafiar la ley de gravedad con sus frágiles brillos y texturas?
D.D.A.: –El vestuario lo diseñé volando y se hizo a todo vapor. Tengo gente muy profesional en todas las áreas, los zapatos también fueron muy cuidados. Y bueno, sí, hay un truco por el que se sostienen esos trajes. También me ocupo de los pelos, no sabés cómo llegan a veces las chicas, con una colita o un rodetito, y yo voy marcándoles: “Acá ponete esto, allá lo otro, hacete varias forzadas”. No hay peluquero: lo hago yo con ellas, les pongo los pinchos y los broches. También usamos pelucas.
–En este show que va desde “El Porteñito” hasta “Libertango”, pasando por hitos representativos de la historia del tango, algunos de ellos entonados por Patricia La Sala y Alberto del Solar, ¿en qué aspectos creen que se manifiesta la presencia de ustedes?
D.D.A.: –Para empezar, la presencia de la mujer es fundamental en el tango, sin negar la importancia del varón. Como personaje de letras, como intérprete, la mujer ha tenido mucho peso. Y en el baile, es la mujer la que llama la atención, la que expresa el romance, la sensualidad, las emociones. Te cuento algo que me pasó con uno de los chicos; yo le decía: “Quiero más, que la agarres del cuello, que la mires a los ojos, quiero sentir esa pasión desde la butaca”. Y él me responde: “No puedo mostrarte mi intimidad”. Ese tipo de emoción más privada a los hombres del tango les cuesta mucho sacarla. Por eso trabajo esa zona, para que se ablanden. En cambio, a las chicas no se lo tenés que pedir dos veces: a la primera ya te dan un poco más. Porque la mujer siempre está más blanda, más acostumbrada a mostrar sus sentimientos. Y el tango, ¿qué es? Un sentimiento que se baila, se canta, se toca...
E.D.S.: –Es así como dice Dolores, también en la interpretación musical: si no se puede mostrar el alma, el corazón, ¿qué queda? Para mí fue muy especial cuando ella me iluminó en “Adiós Nonino”, en ese solo. Y yo traté de transmitir cómo me llegaba a mí. Sí: hay una intimidad total entre el violín y yo, hay un momento en que no existe nada más. Me sale de acá, de las entrañas, y creo que la gente lo recibe así. Sé que transmito si estoy angustiada, si estoy feliz, lo que sea, sabiendo que domino esas emociones. Es la sensación más placentera de la vida. A mí me pone contenta tener esta actitud con la música, me hace sentir una privilegiada. En cuanto a tu pregunta, creo que lo que la mujer pone en este tipo de manifestaciones es el detalle que el hombre no ve. Una está en el detalle todo el tiempo, en cada movimiento, el más pequeño gesto, en determinada expresión. Hay un montón de cosas que las mujeres vemos espontáneamente, sin esforzarnos. Cosas que por ahí ellos las pasan por encima. Y estas percepciones también se reflejan en los matices, en el tipo de sonoridad musical. Yo sé lo que quiero escuchar, en mi cabeza lo tengo claro y lograrlo es muy sencillo porque cuento con excelentes músicos.
D.D.A.: –Ay, te cuento una anécdota con Erica: viene un día Colángelo a la Esquina Carlos Gardel, me elogia el espectáculo, esto y lo otro. “Perola violinista –me dice–, qué bárbara, toca como un hombre.” ¿No te parece significativo? ¡Como si se tratara del máximo elogio a una mujer!
E.D.S.: –Bueno, yo fundé el grupo Las Tangueras, que duró siete años, grabamos discos. Y jugábamos con eso, se los poníamos a músicos, les pedíamos su opinión y cuando decían: “Está muy bueno”, les informábamos: “Somos nosotras”. Y lo mismo: “Parecen hombres”...
–Aunque se dice que en el baile del tango domina el varón, en este show no hay dudas acerca de quiénes tienen las batutas...
D.D.A.: –Bueno, no es que las chicas dominen; a mí, personalmente, no me gusta que nadie domine a nadie. Acá las cosas están equilibradas, aunque hay una fuerte marca femenina. Aparte, reconozco que yo privilegio mucho a las chicas porque en el tango ellas suelen ser muy hostigadas, maltratadas, sufren mucho.
E.D.S.: –Quiero decirte que ese trato de Dolores es muy diferente del que he visto en otros espectáculos. Eso me gusta y me conmueve: el respeto, la solidaridad de una directora. Y en el baile están balanceados los roles: creo que en sus coreografías ella muestra cómo piensa en la vida.
D.D.A.: –Claro que busqué esa equiparación. A mí me han dicho muchas veces que no podía hacer algo porque era mujer, todavía existe esa discriminación. Por suerte, yo desde hace años cuento con un respaldo muy fuerte: el de Juan, mi marido. El no tiene problema en dejar salir sus aspectos femeninos y, al mismo tiempo, puede ser muy galante. Te respeta, te escucha de verdad, te cuida, te valora. No es nada paternalista, confía en tus proyectos y hace su parte para sacarlos adelante.
–¿Cómo se logra que un argentino se convierta en semejante maravilla? ¿Existe alguna academia secreta?
D.D.A.: –¿No es un marciano? El es una demostración de que se puede llegar a un acuerdo y un respaldo mutuos, ser una pareja democrática. Juan aprecia sus componentes femeninos, los disfruta. No tiene el menor problema si viaja y yo estoy armando un show, en comprar la bijouterie que es capaz de elegir con acierto, y divertirse al hacerlo. Es totalmente desprejuiciado.

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