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Viernes, 28 de noviembre de 2008

CONTRAVALORES

La traición

 Por Aurora Venturini

Era en tiempos remotísimos cuando un grupo de jóvenes rebeldes reunidos debajo de un árbol iniciaban una revolución social a fin de mejorar situaciones horrendas sufridas por los desheredados del lugar, lugar muy antiguo y que no hay que confundir con otro lugar (cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia...). Aunque también es cierto que el humano siempre se parece tanto a sí mismo, su naturaleza ambivalente resulta en fatalidad. El humano se dobla y lo prefiere antes que romperse o que lo rompan. Y bueno, la condición humana va hasta ahí no más.

El grupo de jóvenes de aquellos tiempos remotísimos daban unos a los otros juramentos de armoniosa convivencia y quehacer: uno para todos, todos para uno, y caminaban senderos de espinas o de rosaledas según las estaciones de aquellos –repito– tiempos antiguos.

Hasta que una nube oscureció el horizonte y alguno de ellos sintió miedo de absurda aunque denigrante cobardía y sin aclarar la situación que lo ubicaba en el disenso, partió.

Y no sólo partió, lo peor fue que contó vida y milagros de los compañeros de ruta comprometiendo a uno de aquellos más que a los otros. Batiendo parches de guerra llegaron hasta el árbol de los reunidos, los mandatarios de la comarca, y con ellos el disidente de apellido Iscariote –aunque pueden cambiar el apellido si quieren–, que era el apellido de Judas y que debía señalar al más importante dándole un beso en la mejilla, pero dubitaba tartamudeando sin animarse hasta que una voz le gritó “si tenés que hacerlo, hacelo de una vez”, y lo hizo. Le pagaron treinta monedas de oro que ahora en tiempos recientes equivaldrían a varias innumerables chequeras o cargos realmente reales y principalísimos. El delator sintió remordimientos atroces pero ya significaban remordimientos inútiles. Los compañeros, sin timón o mano directiva, dispersados por las comarcas linderas, nunca regresaron al sitio del arbol al pie del cual quedó paralizado Judas Iscariote. Miró la rama gruesa que batía invitación al hecho que realizó. Ató a su cuello una soga y se colgó, también se ahorcó. Digamos que se suicidó. Y resulta que a los suicidas les ha sido negada la dignidad por admiración. Al no poder sofrenar lo producido por sus esfínteres los traidores se cagan y mean y cuantos arrimen caridades al pie del arbol se resbalarán en la inmisericorde inmundicia.

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