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Viernes, 16 de enero de 2009

SOCIEDAD

Tener a dónde ir

Aunque resulte paradójico, para quienes estuvieron en prisión salir es una de las etapas más traumáticas del proceso de la pena. Porque aun habiendo cumplido la condena el estigma que imprime la cárcel se convierte en un sello visible que aleja las posibilidades de trabajar o generar vínculos. Para acompañar a las mujeres en esa etapa, otras mujeres que también estuvieron presas están levantando una casa de medio tiempo para brindar capacitación para el trabajo y también alojamiento.

 Por Elisabet Contrera

En el living, amplio y luminoso, con una gran mesa que luce un mantel tejido a crochet, se dictarán los talleres de oficio varios: serigrafía, pintura, encuadernación, tejido. En las tres habitaciones contiguas se ubicarán una al lado de la otra las camas, donde encontrarán refugio y contención muchas mujeres. En el patio, con paredes descascaradas por la humedad y calado por la escala de los grises, Silvia sueña con despuntar su amado oficio de artista y pintar el lugar con los colores de algún paisaje rememorado. La cocina-comedor seguirá siendo lo que es hoy: un lugar de encuentro donde, mate de por medio, se permiten soñar y aventurar cientos de proyectos y poner en práctica, pese a las urgencias y vicisitudes, muchos otros, como es la casa de medio tiempo. Se trata de una iniciativa de la asociación civil por La Vuelta Clara, integrada en su mayoría por mujeres externadas de la cárcel Nº 3, de Ezeiza, y que busca promover la integración de mujeres que fueron privadas de su libertad en cárceles federales. “Será un lugar de contención, albergue y promoción de microemprendimientos para aquellas mujeres que abandonan los penales y no tienen adonde ir ni cómo empezar”, remarcó Clara Sajnovetzky fundadora de la organización y la impulsora de este proyecto.

La casa está ubicada en Fonrouge al 2100, en el barrio porteño de Mataderos. Marta, una integrante de la organización, fue quien cedió a mediados del año pasado el lugar para llevar adelante esta iniciativa. Allí vive, desde esa misma época, Silvia, otra compañera de la asociación. Ella recuperó su libertad a fines de 2007, volvió a su ciudad natal San Nicolás, empezó a trabajar cuidando a una anciana de 103 años y en una organización para chicos de las calles y el año pasado se reencontró con Clara, a quien había conocido en el taller de serigrafía y artes plásticas La Estampa, dictado en la cárcel de mujeres de Ezeiza. “Cuando salió, Clara me dejó toda su herencia: heladera, cocina, televisor, y la volví a ver en el estreno de la película Leonera –donde Clara actúa como abogada–. Ella me cuenta de todos sus proyectos y me ofrece que venga a vivir acá”, recuerda. Hoy trabaja en un hogar de niños y apuesta a este proyecto. “Quiero conseguir pintura para hacer un mural en el patio de la casa, pero antes tengo que solucionar el problema de la humedad”, señala Silvia. Los mismos murales recuerdan su paso por la penitenciaria, donde solía pintar los paisajes amados en un tamaño tal que era posible pararse delante y soñar que se estaba muy lejos de la cárcel.

“Es fundamental trabajar en la reinserción desde adentro”, remarcó Clara. “Hace poco salió una chica con una beba de tres meses, no tenía adonde ir y terminó robándole a un policía para volver a la cárcel”, contó a modo de ejemplo. “Cuando salís de la cárcel, el Estado te ofrece que vayas a dormir al Ejército de Salvación, donde te obligan a salir a las 7 de la mañana y volver a las 5 de la tarde, o te manda a la Parroquia de San Cayetano que está desbordada de gente. Lo que nosotros queremos es que vengan acá donde tendrán un techo y pueden trabajar en alguna actividad, para ellas mismas”, sostuvo Clara. Ella estuvo presa en Ezeiza hasta diciembre de 2004 y en abril de 2005 fundó la organización con enorme esfuerzo, haciendo actividades culturales dentro del penal de Ezeiza –para sostener el contacto con quienes viven dentro– y fuera, generando conciencia de lo que significa el estigma de la prisión para las mujeres. Además de dar albergue, el plan de la asociación es brindar talleres de capacitación sobre diferentes oficios y colaborar en el surgimiento de futuros microemprendimientos. Uno de los talleristas sería Juan Cruz López –en el DNI figura como Viviana López. Si lo cuenta es porque está luchando por cambiar su identidad de género–. El cumplió su condena en Ezeiza, recuperó la libertad en 2003, y tras trabajar por varios años en un geriátrico, ahora forma parte del área de promoción de políticas contra la discriminación del Instituto contra la Discriminación (Inadi). En la penitencieria, Juan Cruz participó de un taller de encuadernación y realizó con otras compañeras un trabajo para la Corte Suprema de Justicia. “La idea es realizar un acuerdo con la Biblioteca Nacional para dictar los talleres de encuardenación, que lo sigo haciendo pero como un hobby”, relató. Hoy no sólo lucha porque sea reconocida su verdadera identidad, sino porque además sus antecedentes penales no le impidan acceder a mejores condiciones laborales y se le permita casarse bajo la institución del matrimonio y no por unión civil.

Otro de los talleres que quieren implementar es el de serigrafía. La encargada sería Paula Pacheco. Ella recuperó su libertad hace dos años. Tiene una beba de 14 meses y vive junto a su pareja en el barrio porteño de Parque Chacabuco. “Clara me ayudó mucho cuando salí, me propuso hacer un microemprendimiento, y así empecé vendiendo sandwiches de milanesa, tartas y empanadas, después hicimos unos volantes ofreciendo el servicio y hoy sobrevivo con eso”, contó. En este tiempo, ella también pudo recuperar a dos hijas adolescentes a quienes había perdido cuando fue privada de su libertad. En un par de meses, cuando su beba vaya a la guardería maternal, Paula quiere practicar el oficio que aprendió en el taller La Estampa.

Los proyectos no terminan allí: la asociación implementará un área de contención psicológica y psiquiátrica para las mujeres externadas. “Contamos con los profesionales que se ofrecen a colaborar: dos médicos del Borda atenderían a las chicas en el mismo hospital, un psicológo se ofreció voluntariamente a venir acá, y con otra psicóloga vamos a dar talleres de atención grupales. En grupo podemos decir lo que nos pasa y nos sobrepasa cada día”, reflexionó Clara. También quieren poner en marcha un taller de costura, continuar con la producción de dulces, de pan casero, de cajas de madera, quieren ayudar y ayudarse a culminar sus estudios secundarios, trabajar en forma conjunta con el servicio penitenciario y poder brindar asistencia rápida y efectiva a las mujeres externadas. Sin embargo, la falta de recursos económicos les impide poner en marcha definitivamente estos proyectos y terminar de poner a punto la casa de medio tiempo. “Lamentablemente, el subsidio (de cinco mil pesos) que recibimos del Ministerio de Justicia de la Nación no nos alcanza y por eso necesitamos de la ayuda de todos”, remarcaron las integrantes, mientras hacen el balance de los productos que pudieron vender durante las fiestas y suman a la propia voluntad como el capital más valioso con que cuentan.

Para comunicarse con la organización, se puede escribir al email [email protected]

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Imagen: Juana Ghersa
 
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