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Viernes, 20 de marzo de 2009

FOTOGRAFíA

Conjuro contra el tiempo

Fueron niños y niñas nacidos en cautiverio o secuestrados junto a sus madres todavía desaparecidas. La mayoría recuperó su identidad cuando ya eran jóvenes. Cada una de estas historias proyecta su luz sobre la memoria y se proyecta hacia el futuro desbaratando los condicionamientos del tiempo. No importa cuántos días, meses o años hayan pasado, mientras estas historias se sigan develando podrá acunarse la certeza de que la única lucha que se pierde es la que se abandona. En ADN, el fotógrafo Martín Acosta indaga en los vínculos entre quienes buscan y quienes fueron encontrados a veces sin saber que estaban perdidos.

 Por Laura Rosso

“La identidad es como la base de la pirámide”, subraya Martín Acosta sobre ADN, un ensayo fotográfico-documental en el cual trabajó durante siete años. Doce son los trípticos que conforman la muestra y que sintetizan un pedazo de la historia de hijos e hijas que fueron secuestrados junto a sus padres por la dictadura militar o nacieron durante el cautiverio de sus madres.

El trabajo de Acosta es un trabajo conceptual que relaciona una imagen grande –foto actual–, una imagen pequeña –foto de historia– y un texto. Los tres son un solo elemento, indivisible, que no puede mostrarse por separado porque pierde absolutamente el sentido y la potencia. La relación entre el retrato central de los hijos recuperados junto al familiar que trabajó durante años en el proceso de búsqueda y recuperación, el texto que narra la historia y la reproducción de una foto del álbum familiar de los padres desaparecidos son los tres elementos que conforman cada uno de los trípticos. “Para mí la síntesis era fotografiar al joven localizado con la persona que lo buscó: tía, hermano, padre; si te fijás en el desarrollo de las historias, no siempre son los mismos, ni de la misma generación. Después de hacer la fotografía teníamos otra entrevista donde me contaban la historia y a partir de esos relatos yo escribí los textos. Y la foto de los padres –que sería como el elemento original de la memoria– es la tercera parte de cada tríptico.”

Acosta tomó la decisión de llamar a todos los chicos por su nombre de origen biológico, porque ya habían sido inscriptos o porque sus padres habían tenido la intención de llamarlos de esa manera. Y para los que continúan con su nombre de adopción, legal o ilegal, usa ambos separados por un guión, como JorgelinaCarolina.

Jorgelina Planas y su hermano, Damián Sarrabayrouse.
Cristina Planas, secuestrada en 1977.

Comenzaste a fotografiarlos en 2001...

–Sí, en el 2001 tuve la idea. Me senté, lo escribí, lo ordené mentalmente, y avancé sobre Abuelas de la Plaza de Mayo. Fui, toqué el timbre, me presenté porque no conocía a nadie y desde el primer momento tuve muy buena conexión con la gente. La metodología de trabajo que traté de aplicar empezaba en Abuelas de Plaza de Mayo que era el vínculo con jóvenes. Yo hablaba primero con ellos y, si estaban de acuerdo, ellos o yo hablábamos con el otro familiar que integraba la foto. El lugar físico para hacer la foto era elegido por ellos, podía ser por conexión sentimental o por comodidad. Después venía la elección de la foto de sus padres, que también elegían ellos. Recuerdo un chico, Gabriel Cevasco, a quien su familia biológica le entregó una caja con las cosas y fotos que la familia conservaba de su madre. El abre la caja y saca la pancarta que su tía Adriana utilizaba en la ronda de las Madres de Plaza de Mayo. Y para Gabriel eso fue un flash, saber que no lo habían abandonado, sino que hubo alguien que lo estuvo buscando.

¿Qué situaciones o circunstancias te conmovieron e impresionaron?

–La transición temporal e histórica desde que estos niños fueron secuestrados hasta que fueron localizados y recuperados, gracias a la incansable lucha de sus familias y al apoyo de Abuelas de Plaza de Mayo, para mí siempre fue la demostración más clara de la derrota del proyecto que parecía haber sido vencedor; a pesar de que la derrota en sí no es completa. Lamentablemente, todavía vivimos en una sociedad que tiene demasiados inconvenientes, y muchos de ésos vienen de esa época. Entonces fue el amor, la tozudez, el afecto, las decisiones políticas, las culpas o como quieras llamarlo, lo que convocó a las familias a buscar, a organizarse, a encontrar y recuperar niños de los cuales casi no se tenía ningún tipo de información, porque de algunos había datos, pero otros habían nacido dentro de un campo de concentración. Hay que ubicarse en la época: no existía Internet y existía la clandestinidad y la represión. Aun así encontraron a estos chicos que fueron tomados como laboratorio, con el proyecto de eliminar socialmente un proyecto político y eliminarlo físicamente en las personas que lo llevaban adelante. Estos chicos que fotografié y todos los demás que fueron recuperados son la muestra de que no se puede tapar el sol con la mano. Y eso es lo que me impresiona. En el desarrollo de mi trabajo me quedo maravillado con la lucidez de las personas que trabajan permanentemente en el tema de la recuperación de niños desaparecidos durante la dictadura, específicamente Abuelas de Plaza de Mayo. Investigar la cadena del ADN es tomar conciencia de que estas personas, con el paso del tiempo, biológicamente no van a estar más, por lo tanto, probablemente la tensión de la búsqueda de esos jóvenes va a decaer. Pero es injusto que estos jóvenes, adultos mayores como socialmente se dice, no puedan buscarse si quieren hacerlo. Las Abuelas impulsaron y llevaron adelante la investigación del ADN como herramienta judicial de sello absoluto de seguridad de la identidad. Y también creo que tenemos que ponernos en la cabeza de estos jóvenes, porque que un día te digan que ese señor bueno, que se supone que te trata bien y te lleva al club de la policía, en realidad mató a tus padres y vos no sos quien sos sino que ahora te llamás Elena... Yo supongo que a mí me estallaría la cabeza.

Gabriel Cevasco y su tía, Adriana Leiva.
María Delia Leiva, secuestrada en 1977.

¿Qué te pasa cuando pensás que aún faltan encontrar más de cuatrocientos chicos?

–No sé. Te podría dar una respuesta políticamente correcta: Me pasa que pienso que todos tendrían que aparecer. La primera sensación que me da es esto que a mí me parece realmente maravilloso del descubrimiento que las Abuelas hicieron con el ADN. Es la seguridad de que todos van a poder aparecer, todos tienen la posibilidad de aparecer, sólo depende de la presencia de la problemática en la sociedad y de ellos mismos. Porque esa es otra cosa que se ha transferido, y en el transcurso de este trabajo lo podés apreciar. Se ha ido modificando la forma en que los hijos de desaparecidos secuestrados por la dictadura aparecen. En general, antes aparecían porque las Abuelas iban sobre ellos y ahora ellos vienen sobre las Abuelas. Son chicos que, por la actividad intensa de difusión pública que ha tenido el tema, se empiezan a preguntar. Y me quedé pensando en tu pregunta de qué me pasa con estos cuatrocientos y en realidad no me pasa nada porque sé que van a aparecer. Ahora o cuando tengan noventa años. Esa es la sensación que me queda. En general, no tengo una visión muy optimista de la vida y el futuro, pero en este caso sí.

Elena Gallinari y su tío, Guillermo Abinet.
María Abinet, secuestrada en 1976.
María Delia Leiva, secuestrada en 1977.

La fotografía funciona como elemento sostén de la memoria...

–Hay una idea instalada y aceptada en la fotografía, con la que yo estoy de acuerdo, que dice que la fotografía es una representación del pasado en el presente y en el futuro. Tomar una fotografía hoy y convertirla en una imagen en papel, en una cosa, frena el desarrollo del tiempo, y lo pone en presente dentro de diez años cuando estás viendo ese papelito. Entonces hay un ir y volver del tiempo, de la memoria y del presente, el pasado y el futuro, permanente. Por eso esta idea de la foto como elemento fundacional de la mantención de la memoria. Eso me resulta muy interesante.

Hasta el domingo 3 de mayo, en las salas del primer piso del Hall Central Carlos Morel.
Teatro San Martín (Avenida Corrientes 1530). De 15 a 21.
La entrada es libre.

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María Eugenia Sampallo Barragán, con su abuela, Azucena y su hermano, Gustavo.
Mirta Barragán, secuestrada en 1977.
 
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