las12

Viernes, 26 de junio de 2009

TEATRO

La hora de la bestia

Frente al optimismo superfluo y banal que se asienta y multiplica como totalitarismo aparentemente irrevocable, la dramaturga española Angélica Liddell se alza desafiante y elige la miseria y la catástrofe humana para cuestionar(se) la belleza, el arte, las relaciones humanas. Así, desde la estética provocativa y la controversia de las ideas, la catalana reconocida y premiada en Europa estrena obra por primera vez en Argentina. En el encuentro con Las 12, habla sin remilgos, incisiva y desprejuiciada.

 Por Guadalupe Treibel

El cuerpo está intervenido; la sociedad, maniatada. Los líderes se vuelven obscenos y la publicidad es el leitmotiv que musicaliza la contemporaneidad, alienando cualquier circunstancia. Cuando sólo el dolor físico tiene espacio para la queja y la violencia simbólica se abre paso con su látigo de hule, ¿quién resiste? No es el arte el que ataca; es el que se defiende y prepara el contragolpe. ¿En manos de quién? De una morocha de contextura pequeña y ojos enormes que, sin pelos en la lengua, se ríe de verdad, francamente: Angélica Liddell, la mujer sensación del ¿teatropuño? de España.

Invitada por el Centro Cultural Ricardo Rojas a la tercera edición del ciclo “Decálogo, indagaciones sobre los 10 mandamientos”, a la catalana le asignaron un proyecto para repasar una de las últimas líneas de las bíblicas tablas de la Ley: “No desearás a la mujer de tu prójimo”. Su respuesta fue inmediata... “¿Y el deseo de la mujer? ¿Qué pasa con el deseo de la mujer?” Ese fue el primer giro que dio forma a “Todo cuanto hace es viento”, obra escrita por ella y dirigida por el talentoso argentino Guillermo Cacace (Ajena, Stéfano).

“Hasta ahora siempre había montado mis propias obras, pero me dije: arriésgate. Era un reto hacer un texto por encargo sin traicionar mi propio imaginario, mis objetivos estéticos. ¡Era el ‘hijo’ que se iba a Argentina! Pero resultó muy gozoso; con Guillermo nos entendimos muy bien”, relata la actriz, directora y dramaturga, fundadora de la compañía madrileña Atra Bilis (bilis negra), dedicada a expresiones teatrales fuera del interés comercial, con la que lleva un sinfín de puestas desde 1993. Obras donde reconstruye la parte tóxica de las personas, donde pone de manifiesto la monstruosidad de la sociedad de bienestar y por las que ha recibido más de un reconocimiento...

Como el II Premio Valle-Inclán por “El año de Ricardo”, donde exploró el abuso de autoridad y los límites entre lo público y lo privado. O el Premio de Dramaturgia Innovadora Casa de América 2003. O el SGAAE de Teatro 2004. O el galardón por trayectoria Premio Ojo Crítico, por mencionar algunos.

Es que, ya sea entre aplausos o abucheos, el trabajo de Liddell se hace notar. Radical, la artista no teme a la experimentación escénica. De ahí que sea común que en sus propuestas recurra a sillas rotas, hachas, zapatos de hormigón o cadáveres de plástico. No por nada, Cacace dirá: “Me seduce el grito sin evasivas. Sus textos parecen brotar sin filtros desde la desesperación misma. En Liddell hay España, hay otro suelo, otra dramaturgia... Hay un radical pronunciamiento de género, hay algo brutal, un pensamiento afiebrado y poético. No es políticamente correcta, hiere el pudor”.

Y, como no podía ser de otra manera, “Todo cuanto hace es viento”, repite la historieta: la ruta de la provocación. Para la –también– licenciada en Psicología y Artes Dramáticos, se trata de una obra de laboratorio: madre e hijo aislados en el palacio presidencial. Solos en plena dictadura democrática que, a pesar de reprimir, no logra sofocar el último grito femenino: ser deseada. En palabras de la autora, “el mercado es una forma de totalitarismo basada en una falsa libertad, falsa tolerancia, falsos cuerpos; de tal manera que la imposibilidad de ser amado o deseado (como liberación) es una de las expresiones patológicas de esa sociedad del consumo”. De allí que la respuesta no tarde en llegar y, a la violencia, se le sume la controversia de los lazos primarios modificados, la sed de poder, el cuerpo intervenido...

En la obra, la mujer desplaza su objeto de deseo y seduce a su propio hijo. ¿Cómo es posible esa trangresión del tabú, esa desmarcación del rol familiar?

–Me planteé poner un ratón en un laboratorio, madre e hijo encerrados, y ver qué ocurría. Es una situación sumamente ficticia, irreal, donde el deseo ha llevado a esta mujer a que su única posibilidad sea seducir a un medio hombre, un niño-torturador, que suplanta al padre dictador. ¡Encima, el chico habla a través de slogans, que son de una crueldad apabullante! Destinan a la frustración absoluta: “Con este producto serás más bella, más libre...”, “Tienes que ser feliz”. Fue definitivo para la historia que, tiempo atrás, cayera en mis manos un libro de poemas de mujeres pastún, de Afganistán, donde se habla de cómo son obligadas a contraer matrimonio con niños de 11, 12 años. Sus maridos son pequeñitos a los que detestan.

¿Es casual que el hijo tenga una deficiencia física?

–En absoluto. El crío, el pequeño tirano, sólo se da cuenta de su cojera cuando deja de expresarse a través de slogans; entonces comienza a comportarse como un resentido. Ha dado el paso de ese mundo absolutamente irreal de la publicidad –con el que se relaciona mediante esas frases– y, cuando cae ese sistema, él hereda el poder y establece una tiranía contraria al dolor. Es un frustrado, un tullido, un Ricardo III que soluciona sus complejos con el odio, la fuerza, la violencia.

¿Crees que haya cierta inevitabilidad en que el hombre ligado al poder se convierta en un ser siniestro?

–¡Me asusta pensar que puede ser así! Necesitamos confiar en ciertas cosas, como en las democracias. Sí pienso que la economía ha venido a sustituir a las ideologías tradicionales y hay una gran perversión y frialdad en eso. Y pienso que las democracias se han desvinculado del pensamiento, influidas por la publicidad. ¿Qué relación pueden tener con las ideas, con el conocimiento, si son dependientes de un sistema económico que funciona por sí mismo y marca las reglas?

Por otra parte, el vínculo madre-hijo invita a repensar ciertos valores familiares conservadores...

–Siempre me ha interesado la familia como el lugar de amor obligatorio que genera comportamientos desquiciados. Me obsesiona hace años. Al final, esa fidelidad se convierte en represión. En “Todo cuanto hace es viento”, hay una mujer que desea ser amada por el prójimo y que no se rompa el mandamiento no es sólo en respuesta a una moral católica, sino por convención: responde a estructuras que funcionan anulando el deseo. Porque, en el fondo, la sociedad es machista, androcentrista y patriarcal. En España, mueren más de cien mujeres al año asesinadas por sus maridos. Y aunque haya una ley de violencia de género, la mujer está sometida a la sospecha y la humillación constante. Cuando no es físico o psicológico, el desprecio es intelectual. Somos relegadas al suburbio de lo sentimental, como si fuera algo inferior, mientras los hombres pertenecen al escalón del pensamiento. Eso –incluso– en el mundo de la intelectualidad, que se supone es abierto y comprende. Hay una hipocresía tan grande hacia las mujeres y lo notas, lo percibes...

En esa situación de menosprecio general, el lugar del deseo femenino queda reducido a nada.

–Pues, se lo somete. Siempre me pregunté qué pasa con los deseos de una mujer después de los 60, más cuando no le permiten expresar su dolor. En la obra, quedan censurados no sólo los deseos sino la posibilidad de decir: ‘Ey, mira, yo estoy sufriendo por amor’. Nuestro mundo contemporáneo del éxito reprueba ciertas categorías de sufrimiento, las infravalora. Y es que, si vamos por ese camino, nos dirigimos a una política del cuerpo absolutamente brutal. En ese sentido, el libro Vigilar y castigar, de Michel Foucault, me resolvió un mundo con la idea del cuerpo vigilado por estructuras destinadas a tenerlo bajo ciertos controles. El cuerpo es un elemento de producción para el Estado y no lo admite deprimido, débil. Por eso tiende a los carteles optimistas, como en las campañas políticas. ¡Toda la mentira pasa por el optimismo! No digo que no busquemos la felicidad. ¿Cómo no la vamos a buscar si es un derecho inalienable? Pero hay que hacerla compatible con la catástrofe humana, el desastre, el dolor. Si no, se vuelve desprecio por la vida humana y nos convertimos en cuerpos que apilan cadáveres. Si gana la dictadura de lo corporal, se pierde el sentido de la piedad. Me preocupa que seamos incapaces de pensar que el sentimiento del otro es tan real e importante como el propio. Ese es mi empeño: darles a los otros la posibilidad de la melancolía.

LA RESISTENCIA

Y lo hace. Lo hace cuando le da palabra a la madre de “Todo cuanto hace es viento” que, en un grito ahogado, se pregunta: “¿Y si ahora le quito mi cuerpo a la vida, en vez de quedarme muda?”. Lo hace cuando esa mujer se exhibe entera, se desnuda y se vuelve puro deseo, carne viva, cuando la necesidad de ser arrebatada por un amante lo puede todo. Y aquí se toca, se inspira, se vale de un clásico ruso, una novela de Tolstoi. En palabras de Cacace, director de la pieza: “Angélica y yo tratamos de que una nueva Anna Karenina, una Karenina desterritorializada, pueda dar luz sobre el orden del deseo... Lo trágico dará su última puntada”.

Pero la crítica social es constante en Liddell. En su trilogía publicada (y puesta en escena), Actos de resistencia contra la muerte, los títulos sugerentes no dan puntada sin hilo. Como El año de Ricardo, un cuadro clínico sobre la tiranía maquillada de democracia: “La escribí en la época de las invasiones ilegítimas de Estados Unidos a Irak y Afganistán. Ese año se estrenaron muchos Ricardo III, de Shakespeare, y me pareció el signo de los tiempos. Desgraciadamente, el propio presidente de mi país, Aznar, representó la vergüenza, siendo cómplice de uno de los personajes más siniestros del siglo XXI”.

En la pieza Y los peces salieron a combatir contra los hombres, la artista se zambulle en el drama –sin salida aparente– de los inmigrantes: “Hay una necesidad inevitable, un duelo que se te impone, por la cantidad de jóvenes africanos que mueren ahogados. Llega un día en que no puedes dejar que eso pertenezca sólo a un titular de prensa o a una pantalla de televisión. Hay que ponerlo en otro contexto para que cobre algún tipo de verdad. Se te impone ese dolor colectivo porque, como decía Unamuno: somos cada hombre carne y hueso pero también somos hombre, humanidad. Y, cuando te conviertes en hombre humanidad, ya no puedes seguir viendo cadáveres de africanos en las costas españolas sin indignarte, sin intentar transformar esa indignación en obra. E intenté volverla belleza, porque creo que la denuncia y la implicación política admiten la belleza. No hay que hacer obras panfletarias, que no van por ahí los tiros”.

La trilogía cierra con Cómo no se pudrió... Blancanieves, donde Liddell se mete con otro tema fuerte: la tragedia de los niños soldados. Sobre lo que vino luego, explica la dramaturga: “Luego sí que ha habido un proceso donde he intentado vincular lo privado con lo público, que culminó con la obra Perro muerto en tintorería, que es una crítica a El Contrato Social, de Rousseau, que hemos esgrimido en Occidente para llevar adelante nuestros propósitos y beneficios, sin importar el daño a otros países que ni siquiera tienen Estado. Llegamos con nuestra superioridad y usamos el Contrato para imponer la democracia por la fuerza, a sangre y fuego. ¿¡Donde se ha visto!? Imponer la democracia a sangre y fuego. Y lo hemos hecho apoyándonos en los ideales de la Revolución Francesa. Todo en nombre de la libertad. ¿Qué paradoja es ésa?”.

Esta fan declarada de Pasolini también se ha hecho eco de su condición femenina y, a principios de año, estrenó la obra Yo no soy bonita, en el ciclo español “La desobediencia”, donde deja expuesta la limitación social machista, que divide a las mujeres en madres, vírgenes o putas y la violencia que eso conlleva. “Si no perteneces a ninguna de esas tres categorías, te quedas un poco en el aire, ¿no?”, bromea Liddell y (auto)define: “Tengo mucha conciencia de ser mujer en un mundo donde la mujer es relegada al plano de la inferioridad constantemente. No creo que haya que estar satisfechos con unas leyes y un propósito de igualdad. Porque, en el fondo, la situación de la mujer sigue siendo reprobable y no hay ley que lo solucione. Es una cuestión de educación, que debería empezar ya en los colegios para que no se imparta esa violencia moral sobre el mundo femenino”.

Mientras prepara una nueva pieza que estrenará en octubre en Madrid con su compañía (“Se llama La casa de la fuerza y habla de la fragilidad a través de la fuerza explícita”), Liddell sigue rastreando los componentes tóxicos de la humanidad, involucrándose en temas –francamente– sociales.

¿Estás de acuerdo con el calificativo de nihilista que te adjudican algunos críticos?

–Hombre, tengo un punto pesimista sobre las cosas pero, en verdad, creo que es más bien realista. Tengo una tendencia a fijarme en la parte podrida de las cosas que no lo puedo evitar. Es una inclinación que me hace reaccionar sobre lo bueno y lo malo. Creo que del pesimismo parte la inquietud y el pensamiento. Una no puede estar satisfecha. De alguna manera, yo siempre funciono a la contra. ¡Pero a la contra incluso de mi propio trabajo! En verdad, ya había llegado a una especie de paroxismo confesional en 2007, con una pieza llamada Nubila Wahlheim y Extinción, un trabajo absolutamente íntimo después de un tratamiento con antidepresivos, donde alcancé el límite de lo personal. Ahí fue cuando realmente me vinculé a lo político. Y fue definitivo.

¿Crees que un mensaje fuerte debe ir acompañado de una estética fuerte?

–Es que el reto ético y estético van unidos. Pero una estética fuerte no siempre es una estética escandalosa. A veces, me llama la atención que un desnudo o el sexo escandalicen más que una guerra. Nunca entenderé por qué. Es la crudeza de la idea, más que una estética visual, lo que la gente no soporta. ¿Para qué describir cómo una mujer arrastra a su bebé del cordón umbilical, como hice en una obra? Para llevar a la gente hasta el límite y que pueda llegar a algún tipo de conclusión. Porque si no les haces entrar en conflicto con la realidad, nunca van a valorarla desde el punto de vista del dolor o de la justicia, nunca van a indignarse.

¿Y cómo es la reacción del público español?

–En España, hay reacciones de todo tipo porque hay un conservadurismo cultural que no tiene que ver con la izquierda o la derecha. Tiene que ver con un desprecio por todo lo que significa innovación, que es asombroso de verdad. La gente ya no va a la iglesia pero se sigue manteniendo una moral católica y hay muchas cosas que aún no se han resuelto en la transición. La transición es una farsa. No se suman los cadáveres de la represión franquista, no se puede tocar nada. No hay duelo colectivo y eso se paga. Los hijos quieren los cuerpos de sus padres y abuelos y ha sido mi generación la que ha estado reclamando una Ley de Memoria Histórica. La respuesta del Estado es conflictiva. ¡Son 200 mil muertos! No debería ser tema de debate el reconocimiento a las víctimas del franquismo. Y, después, nos la damos de democracia tan progresiva...

En tu página web (www.angelicaliddell.com), saluda una leyenda que dice: “Angélica Liddell. Hija de Puta (1966-2008)” ¿Cómo es que has pronunciado tu muerte?

–(Risas.) ¡Ah! Es una historia de amor muy desgraciada. Cuando hice el portal, terminaba una relación y me dije: “Hasta aquí llegamos. A partir de ahora, otra historia”. Ha sido parte de un renacer.

VERAS QUE CASI TODO ES MENTIRA

Pero si de links se trata, otra es la dirección confesional de la catalana nacida en Girona, hija de un militar, que hasta los 17 años alternó colegio de monjas. En miputaperrera.blogspot.com, descarga sus ideas de cada día y, desde lo íntimo, revela amores, disgustos y miradas. Así, entre tecla y tecla, no se priva de nada. A citar la bitácora de viaje a estas playas, pues: “Entre el Obelisco y la Plaza de Mayo me ha dado la impresión de que hay una gran estafa, una gran mentira, entre el Obelisco y la Plaza de Mayo todo es pura estafa, me da la impresión de que se miente compulsivamente, como en las películas de esa directora argentina que me gusta tanto, la directora de La ciénaga, Lucrecia Martel, y de La mujer sin cabeza, ahora entiendo mejor su cine, su metáfora de la amnesia de la clase media y media alta venida a menos, ahora entiendo también La hora de los hornos, la estafa, como cuando el chofer me dijo que esa avenida era la más grande del mundo y era mentira, como cuando dicen que en Buenos Aires se hace el mejor teatro del mundo y es mentira, porque nadie hace el mejor teatro del mundo, en cualquier sitio se hace el peor teatro del mundo, sólo hay que pasear por la calle Corrientes, pero el mejor teatro no lo hace nadie, no existe eso del ‘mejor teatro’, es mentira, y me inquieta mucho esa sensación de pura apariencia, me da la sensación de que esta ciudad es como una niña que ha sido violada por su padre y se hace mayor, y la niña denuncia al padre, y toda la familia se pone en contra de la niña para salvaguardar el buen nombre de la familia y proteger al violador, no sé, hay algo de eso, me da la sensación de que lo mejor de Buenos Aires tiene lugar en la más absoluta marginalidad”.

Al parecer, la sensación la generó el contraste. Porque, antes de poner pie en Ezeiza, Angélica había pasado una semana en Guatemala, dictando un taller de teatro: “Es una ciudad muy complicada y humillada, donde morir de un disparo es como morir de un resfriado. Y me encuentro con gente que tiene una necesidad de contar tan lejos de la banalidad, de lo superfluo; gente muy joven pero comprometida con su país, con su propio dolor y con el dolor de los demás. Y ha sido un trabajo impresionante, por la capacidad de expresar el sufrimiento sin solemnidad pero con una nobleza increíble”, relata la artista. Y continúa: “Al estar sometidos sistemáticamente a la violencia, entienden la diferencia entre violencia real y poética y cómo combatir con la violencia simbólica. Hubo un ejercicio precioso, donde uno de los muchachos salió a la calle y comenzó a gritar: ‘Dispárenme. Saquen sus pistolas, sus tenedores y mátenme’. Trabajábamos sobre esa conciencia para rebelarnos contra la muerte, que es una muerte real porque la posibilidad de ser asesinado por un tiro es verdadera. En parte, son actos poéticos que te llegan a frustrar un poco porque sientes que no has logrado nada. Pero –en definitiva– no es una cuestión de cambiar el mundo sino de pensar el mundo de otra manera.”

¿En España también dictas talleres de teatro?

–¡Qué va! No. Me niego a trabajar con jóvenes españoles. No, no, no. Son unos niñatos que lo único que quieren es prosperar en su escala de victoria personal y no me interesan en absoluto. Encima, están cargados de prejuicios. Di sólo uno y ¡nunca más! Madre mía, qué diferencia. No tienen más compromiso que con su propio éxito.

¿Has visto alguna obra argentina en los días que llevas aquí?

–Cuando viajo, lo que menos me importa ver es teatro. Aprendo más de sentarme en una barra y escuchar a los camareros. Me paso el día caminando en Buenos Aires... Sí es cierto que, en Madrid, hemos importado lo más superficial del teatro argentino: la tríada Daulte-Spregelbund-Tantanian y su estética de lo superfluo. Para mí, la búsqueda de la felicidad es un territorio muy profundo, por eso entro en conflicto con ese éxito de la trivialidad y de la pirotecnia estilística. La defensa a ultranza de ese discurso me parece entre populista y absurda y genera una escuela de seguidores que confunden el humor con la estupidez más gigante. En definitiva, los discursos pseudointelectuales de defensa del entretenimiento a ultranza son parecidos a un musical comercial de calle Corrientes, pero más precarios que El joven Frankenstein. Lo más obsceno es que se esgrimen como discurso intelectual. Eso me asombra. Satisfacen una idea de divertimento que no tiene que ver con el conocimiento del alma humana ni con comprender mejor el mundo. El teatro debería ser ese lugar de utopía donde uno se enfrenta a otra realidad que le permite entrar en conflicto. Pero hay un totalitarismo del optimismo fácil que lo impide. Hay que exponer lo desterrado, lo que nos bombardea a diario. La miseria, el arte, lo bello son cosas devaluadas, segregadas. ¡Pues, entonces, le damos una patada a Dostoievski y ya! ¡Y a la historia de la humanidad, que el poema más antiguo que se conserva habla del miedo a la muerte! Demos una patada a lo que nos hace comprendernos y pongámonos a ver teleseries. ¿Que no es lo que hacen? ¿Sitcoms con un poquito de humor inteligente?

Todo cuanto hace es viento,
No desearás a la mujer de tu prójimo:

Domingos de junio y julio a las 19.30
en Sala Biblioteca, Centro Cultural Rojas,
Av. Corrientes 2038. Entradas: $ 20.

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Imagen: Juana Ghersa
 
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