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Viernes, 24 de julio de 2009

La escena del crimen

Violencias: El caso de Vanesa Noemí Azcona, procesada en Rosario por el homicidio de sus dos hijos gemelos con más de siete meses de gestación, levanta encendidas declaraciones de repudio y a su vez abre un debate sobre las condiciones psíquicas, sociales, contextuales que actúan como caldo de cultivo para las decisiones desesperadas.

 Por Sonia Tessa

Desde Rosario

Es difícil sustraerse al sentimiento de horror y ponerse en el lugar de las personas que viven esta historia sórdida, de la que sólo hay retazos para reconstruir. Vanesa, de 24 años, consultó el martes 14 de julio en el hospital Eva Perón de Granadero Baigorria, una localidad pegada con la zona norte de Rosario. La chica llegó desde un barrio humilde, con restos de placenta y dos cordones umbilicales. El profesional de la salud que la atendió se puso a indagar lo ocurrido y la denunció por aborto. Ella declaró ante la policía, contó que había recurrido a Mary, una enfermera de 72 años de un barrio cercano al suyo, quien interrumpió el embarazo (después se sabría que en realidad provocó el parto) por 300 pesos. Durante la tarde siguiente, en el mismo momento en que la sección Seguridad Personal de la Policía provincial allanaba la casa de la acusada de practicar el aborto, Susana, de 53 años, una cartonera de la misma zona, encontró un bebé en un volquete. Pensó que era una muñeca, pero cuando advirtió que no, pidió ayuda a un vecino y a un taxista. También llegó al lugar su hija, Gabriela, que relata: “El bebito tenía una bolsa de nylon en la cabeza y las manitos así (muestra el dedo gordo levantado)”. Llegó la policía y encontró otro cuerpo en el fondo del volquete. La autopsia posterior demostró que habían nacido vivos, y que pesaban 2,900 y 2,500 kilos. También que habían sobrevivido alrededor de dos horas después del parto. Si bien las primeras informaciones hablaban de 30 semanas de gestación, el médico forense que realizó los estudios, José Luis Bonifacio, confirmó que se trataba de un embarazo a término, de 38 o 39 semanas. Los estudios de filiación están pendientes, pero “se supone que son sus hijos”. La condena social no se hizo esperar.

Fotos: Alberto Gentilcore

Escena 1

La representación de esos dos bebés es insoportable y dificulta separar las aguas para preguntarse qué llevó a Vanesa a tomar tan tarde su decisión. Se complica, además, indagar si sabía cuán avanzado estaba su embarazo, si estaba sumida en la depresión, si supo lo que hacía. Frente a la policía, ella relató que había llegado con panza y se había ido caminando a su casa. Seguramente no pudo decirlo así, pero ya no llevaba la carga de esos niños. Después del hallazgo y las autopsias, el juez de instrucción Hernán Postma cambió la carátula del sumario de aborto a homicidio agravado por el vínculo y con alevosía. Sin la posibilidad de aplicar la figura de infanticidio, derogada del Código Penal, fuentes judiciales argumentaron que “un aborto se determina por la extracción de dos fetos muertos. Al haber nacido vivos, se pasó a la calificación de homicidio, el vínculo es un hecho objetivo, y la alevosía tiene que ver con la indefensión de las víctimas”.

Escena 2

En el frío lenguaje judicial, sólo hay dos víctimas. Sin embargo, desde Mujeres Autoconvocadas Rosario (MAR), puntualizan que Vanesa “es una víctima del sistema histórico de violencia hacia las mujeres, y no se debe criminalizar más su situación”, pero también sostienen que lo ocurrido “no se trató de un aborto, sino de un parto inducido. Como parte de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito nos remitimos al artículo 1° del proyecto de ley presentado en el Congreso Nacional, que habla de 12 semanas de gestación”.

Más contundente, la asesora de la Organización de los Estados Americanos (OEA) para los derechos de las mujeres, la abogada Susana Chiarotti analizó la reacción social y judicial. “Me impresiona que nuestra Justicia sea súper eficiente para aplicar todo el peso del Código Penal a una pobre mujer que no tiene a nadie y en otros casos sea tan morosa. Toda la sociedad está dispuesta a quemarla en la hoguera y me impresiona la eficiencia del juez en este caso. Me suena a Inquisición.” Chiarotti considera que hay que ponerse “en los zapatos del otro, ver cuántas posibilidades y opciones tenía. Si el juez no pone en consideración la historia de vida de ella, es probable que sea encarcelada por muchos años. El juez le aplica todas las agravantes de la ley, no contempló ningún factor de disminución”.

Para Chiarotti, no se trata de eximir de culpa a la joven, sino de analizar un contexto. “Mi recomendación sería que se reinstale la figura del infanticidio, hasta los 40 días del puerperio; hay que tener en cuenta todo el síndrome puerperal, y lo que siente la mujer”, dijo Chiarotti, quien consideró que ése debe ser un objetivo prioritario del Movimiento de Mujeres.

La figura del infanticidio, derogada del Código Penal argentino en 1994, proponía penas de uno a seis años de prisión a las mujeres que mataran a sus hijos durante el período puerperal, atendiendo a alteraciones emocionales, hormonales y psíquicas. Con la caída de ese instrumento, quedó el homicidio calificado por el vínculo, que tiene la pena máxima. Sin embargo, siempre depende de la interpretación de la ley y la voluntad de los magistrados de penetrar en las razones de la mujer. En la provincia de Santa Fe hay un antecedente, el de Carolina G, de Arroyo Seco, que mató a su beba recién nacida el 31 de mayo de 2006 y si bien en una primera instancia fue procesada por homicidio calificado, la Cámara de Apelaciones en lo Penal, luego de pericias psiquiátricas, determinó que no era imputable y la sobreseyó.

Sobre la carátula de la causa de Vanesa, en el juzgado de instrucción aclararon que puede cambiar en cualquier momento del proceso, pero aún no contemplan ninguna circunstancia extraordinaria de atenuación. El juez también pidió evaluación psiquiátrica de la joven, aunque fuentes del juzgado aclararon que “parece ser consciente de la criminalidad de sus actos”. Sin embargo, el abogado de Vanesa, Alfredo Messina, se manifestó “convencido de que ella no tuvo intención de matar”. La cuestión del dolo deberá ser analizada, así como “su estado psíquico”, adelantó el profesional.

Escena 3

Mientras el expediente sigue su curso en los Tribunales, la historia de Vanesa se convirtió en un tema obligado de conversación en distintos lugares, en la mayoría de los casos, bajo el impulso del azoramiento y el mandato de la maternidad como destino obligado para las mujeres. En el barrio de Vanesa, en cambio, todo es silencio frente a los desconocidos. Para llegar allí hay que avanzar por Casiano Casas, una avenida que corta transversalmente buena parte del norte de Rosario. Por esa zona, las casas humildes, las calles con zanjas, las manzanas de trazado irregular, se multiplican. En el pasaje Miller, la calle donde está el pasillo que deriva en la casa de Vanesa y su familia, lo primero que se divisa es el comedor comunitario, y la gente que concurre con sus ollas para llevarse la comida del día. Hace mucho frío, pero los chicos están tan descalzos como los perros que surcan las calles. Todos saben adónde vive Vanesa, pero se refugian en el silencio. Al golpear la puerta de la casa, atiende un hombre que se presenta como hermano de la pareja de Vanesa, pero no acepta ninguna pregunta, y cierra la puerta verde de madera que lleva a una humilde casa de material, con patio. La vecina de la casa de adelante elude identificarse, y esquiva la mirada. “Era una buena vecina”, atina a decir la chica, y también recuerda que “desde hace meses Vanesa no salía a la casa. Se encerró y no salió más”. Ensaya otras explicaciones, pero sin abundar demasiado, temerosa de hablar de más. “No le puedo decir nada, pero sé que ella andaba mal”, dice antes de arriesgar –imposible saber si con fundamentos o a modo de hipótesis– que “la Vanesa no sabía que estaba de tanto tiempo de embarazo”. Es todo lo que puede averiguarse en ese barrio de calles de tierra. Pocos días antes, la cuñada de Vanesa había hablado para el diario La Capital. Dijo que, pese a lo avanzado del embarazo, la joven lo negaba y que en los últimos tiempos las cosas no andaban bien con su pareja.

Escena 4

En cambio, la casa de la partera es un pequeño chalet sobre calle Cabasa, a menos de cinco cuadras del barrio de Vanesa. Allí puede leerse Puki sobre las cerámicas del frente, pero una reja impide ingresar. Apenas si se asoma uno de los nietos de la enfermera jubilada acusada de homicidio. Aún no lo pueden creer. Uno de los nietos se excusa de hablar y llama a su hermano, Ezequiel. “A mí me arruinaron la vida. Acá vino la policía, hizo un allanamiento, estaban mis sobrinos”, señala el veinteañero a dos niños de 3 o 4 años que miran con desconfianza la presencia desconocida. Niega terminantemente que su abuela practicara abortos, que hubiera movimiento de mujeres en la casa. “Para nada”, dice, decidido él también a terminar rápidamente la conversación. Al lado de la casa de Mary hay un kiosco, donde atienden por una ventana con rejas. La dueña se excusa y llama a su marido, que fue convocado por la policía para ser testigo del allanamiento en la casa vecina. El elude cualquier respuesta y apenas afirma que se encontraron unas sondas. Los dos aseguran que nunca vieron movimientos “extraños” en la casa de al lado, y después de dudar un rato, cuentan lo suyo. “La señora es una excelente vecina. Yo tuve un problema de presión y tuve que medírmela todos los días. En la farmacia del barrio me cobraban dos pesos por día, pero ella me lo hacía gratis.” Saben que la mujer es enfermera jubilada, y que trabajaba en una clínica privada. También saben que prestaba servicios de enfermería a vecinos, muchas veces como una gauchada.

No fue como una gauchada, sino a cambio de 300 pesos, que Vanesa recurrió a la enfermera para terminar con ese embarazo. Los investigadores quieren saber quién llevó a los bebés a la basura, pero tanto Vanesa como la enfermera se negaron a declarar ante el juez.

El tercer vértice de la tragedia está en una casa aún más humilde, a pocos metros de la misma avenida oblicua, pero unos 500 metros más adelante. Susana va todas las tardes a seleccionar basura del volquete ubicado sobre la misma avenida, aunque después de haber encontrado los bebés le resultó más difícil. “Estuve descompuesta. No quiero volver a ir, pero a veces hay que hacerlo por necesidad”, indica a modo de justificación sobre su actividad. No expresa ninguna compasión por la madre de los gemelos. Para ella, “habría que matarla”. Siempre cuesta ponerse en el lugar del otro.

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