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Viernes, 18 de enero de 2002

TENDENCIAS

Talismanes

En todas las épocas, los seres humanos se han provisto de objetos simbólicos para alejar la mala suerte o para procurarse buena suerte. El pensamiento mágico goza de perfecta salud en estos días, en los que proliferan gemas y piedras para transmitir su energía. Una breve reseña de los “guardianes del cuerpo” más difundidos en todas las culturas.

 Por Sandra Russo

El periodista y viajero Desmond Morris relata, en el prólogo de su fascinante libro titulado Guardianes del cuerpo (Plaza y Janés), que casi casualmente, mientras conocía diversas culturas en diversas latitudes, advirtió que en todas ellas era posible encontrar objetos que, usados como amuletos o talismanes, servían para alejar la mala suerte o convocar la buena suerte. Ya con el foco puesto en eso, buscó y halló, en 70 países, centenares de ejemplares, con motivos a veces parecidos, provenientes de leyendas, de mitos, de religiones, de creencias arcaicas, pero a prueba de siglos. A su manera, no la de un antropólogo sino la de un coleccionista, Morris los catalogó, e investigó en cada caso las raíces de cada superstición. El resultado es un compilado asombroso de la necesidad humana de protección, y ésa es la primera interpretación a la que apela Morris: la del “factor armadillo”, o la hipérbole que suponen estos amuletos o talismanes, es decir, la de convertir simbólicamente al cuerpo de quien lo lleve puesto en inmune a ciertos ataques mágicos o demoníacos, inmune a cierta energía destructiva, inmune al azar. El amuleto intenta ser una armadura protectora, una caparazón blindada contra todo lo oscuro.
En Africa, Morris observó que muy a menudo las mujeres llevaban entre su ropa objetos que simbolizaban fertilidad. En el Cercano Oriente, lo aturdieron los talismanes religiosos, desde manos sagradas hasta breves inscripciones del Corán. En el sur de italia, advirtió que aún perviven viejas prácticas para protegerse contra el mal de ojo, y que para ello había una amplia gama de amuletos especiales. En Escandinavia, redescubrió que las viejas leyendas vikingas se han reciclado en amuletos modernos, acaso parecidos a los que estallaron en California y su zona de influencia (eso incluye a Buenos Aires), de la mano de la New Age: cristales, gemas, piedras semipreciosas se venden en locales en los que suena música laxa y huele a incienso. En el Mediterráneo, Morris comprobó que todavía los marinos no salen al mar sin un buen par de ojos de madera o metal colocados en sus embarcaciones. En Inglaterra, en los ambientes turfísticos o en las caballerizas, las herraduras contra la mala suerte gozan de muy buen prestigio. En todas partes la gente, hoy, aun la gente lógica, la gente agnóstica o la gente culta, sigue necesitando un poco de ayuda sobrenatural para soportar las fuerzas sobrenaturales en las que tal vez diga que no cree.
Los que siguen son algunos de los grandes tipos de amuletos y talismanes que Morris codificó:

Los guardianes zoológicos
Tótems y mascotas mágicas han existido desde los tiempos más remotos. El de los animales de la buena suerte es uno de los grandes grupos de amuletos que sobreviven en todo el mundo bajo diversas formas. A veces se trata de un animal entero y a veces de una parte de un animal. Estos son algunos de los más difundidos:
El escarabajo: fue sagrado en el Antiguo Egipto, y sigue siendo popular hoy, usado como símbolo en anillos, colgantes o broches. Su historial es uno de los más arcaicos: tiene más de 4000 años de antigüedad. Representa la vida y su poder de regeneración. Que los escarabajos hembras pongan sus huevos en bolitas de estiércol previamente enterradas, para que ellas sean usadas por sus crías como fuente de alimento, sumado al hecho de que esas crías se conviertan en crisálidas y finalmente surjan como nuevos escarabajos jóvenes, permitió a los egipcios simbolizar en estos pequeños animales su fe en la otra vida. La fama del amuleto del escarabajo, usado también como símbolo de virilidad y de sabiduría, se extendió desde Egipto a Turquía, Irán, Líbano, Irak, Israel y la mayoría de los países mediterráneos.
El pez: el pez protector tiene dos grandes cauces como origen. El primero, pagano, data de épocas remotas en las que la Gran Diosa lo usaba como símbolo genital. Fue durante siglos un amuleto afrodisíaco. Más tarde, con el cristianismo, Cristo, el “pescador de hombres”, lo reimpuso como símbolo de los cristianos, pero la potencia del símbolo de la cruz terminó por borrarlo. Mucho más adelante en la historia, las sectas evangélicas, necesitadas de un símbolo cristiano que les permitiera a su vez diferenciarse de la Iglesia Católica, lo trajeron de nuevo. No obstante, en países no cristianos el simbolismo del pez como icono sexual permaneció intacto y aún hoy se sigue usando como amuleto contra la infertilidad.
La serpiente guardiana: para muchas tradiciones, la serpiente es un animal que simboliza tentación, veneno o, directamente, el mal. Sin embargo, en otras culturas, el poder regenerativo de su propia piel convirtió a la serpiente en el símbolo de la juventud, en guardiana del secreto de la vida eterna. En las civilizaciones mesopotámicas, como también en Egipto, los anillos y los brazaletes que imitaban a una serpiente trepando por el dedo o el brazo eran sinónimo de seducción femenina.
La pata de conejo: es el amuleto moderno más difundido. En la década del ‘60, en los Estados Unidos, se vendían anualmente diez millones de ejemplares. Se popularizó su uso como protector en las rutas, y es uno de los pocos casos en los que una parte amputada de un animal no provoca rechazo. Fue el amuleto por excelencia de los campos de batalla de las dos guerras mundiales: la pata de conejo prometía protección contra males modernos. En los últimos años, no está bien visto llevar consigo un pedacito de un animal muerto, de modo que su auge comenzó a declinar, quizá definitivamente.
El diente y la garra: en territorios donde existen los grandes predadores, abundan sobre ellos las leyendas y las supersticiones. Dientes o garras de tigres, leones, leopardos, osos o lobos han sido los amuletos preferidos de los grandes cazadores de todos los tiempos.
El elefante: el dios hindú Ganesha era el hijo con cabeza de elefante de Siva y Parvati. La leyenda es pasto para freudianos: se dice que velando por la intimidad de su madre mientras ésta se bañaba, prohibió la entrada al baño incluso a su padre, que lo decapitó. Arrepentido de su ataque de ira, Siva le colocó más tarde la cabeza de un elefante, que fue la que encontró disponible. A partir de ese momento, Ganesha fue afortunado durante toda su vida.
Otros amuletos zoológicos son el abanico de pavo real, la perla, la lengua de San Pablo (que es un diente de tiburón), la lechuza, el gato que hace señas (el amuleto de la buena suerte más popular en Japón), los cuernos, el cauri, la rana, la concha de mar, la araña, o el famoso huesito de la suerte.

Piedras de las edades
Entre los amuletos modernos, los más importantes son los “guardianes personales minerales”. Simbolizan la “magia limpia”, surgen del corazón de la New Age y desde allí emanan sus poderes evocativos, energéticos y espirituales, que sin embargo son tan antiguos como los de los otros amuletos o talismanes. Los cristales y las piedras se usan como amuletos mágicos desde hace siglos. De hecho, casi todas las formas de joyas tuvieron su origen arcaico en objetos protectores de este tipo. La amatista: su nombre viene del griego y significa “sin embriaguez”. En la Antigüedad la gente iba con objetos de amatista a las fiestas paganas, para que la piedra los protegiera de los efectos indeseables del alcohol. Se le asignan además poderes contra neuralgias y embolias. Es una piedra que serena, casi un ansiolítico natural.
El ópalo: o “piedra del arco iris”. Tiene una reputación dual y así como es buscado por muchas personas, es evitado por muchas otras. Su textura quebradiza y su color variable lo han hecho un símbolo de la inconstancia. Pero siguiendo los mismos principios de la homeopatía, muchos creen que el ópalo es un protector contra la falta de confianza en sí mismo, dicen que absorbe la energía negativa y forma una barrera protectora contra la apatía.
El cuarzo: o “piedra de poder”. El cristal de cuarzo es desde hace siglos un amuleto contra la influencia maléfica. Protege contra la pérdida de la vitalidad y la fuerza. Le atribuyen propiedades para la concentración mental, y así es que no hay vidente o médium que se prive de un cristal de cuarzo.
La malaquita: se emplea como protector de niños pequeños. Sujeta a cunas, durante siglos se creyó que alejaba los malos espíritus y facilitaba el sueño de los bebés. Otra creencia casi opuesta, señala que la malaquita es capaz de provocar mal de ojo, y es usada por magos negros.
Son muchísimas las otras piedras a las que las creencias populares les han asignado propiedades. Entre ellas, las más conocidas con el diamante, el jaspe, la citrina, el azabache, el lapislázuli, la cornalina o la esmeralda.

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