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Viernes, 18 de enero de 2002

SOCIEDAD

El hartazgo es salud

¿Qué pasa cuando no es el sujeto sino la realidad la que se vuelve loca? El psicoanalista Hugo Pisanelli, supervisor de los hospitales Borda y Tobar García, responde esta pregunta, y habla de los cacerolazos, esa manera de sacar el ruido afuera del cuerpo, esa forma de desintoxicación, vieja como las tribus que hace siglos se autoconvocaban ante el peligro.

Por Sonia Santoro

Vamos a ver cómo es ... el reino del revés. Me dijeron que en el reino del revés... El tema de María Elena Walsh podría considerarse una muestra infantil de lo que la llamada peor crisis de la historia Argentina tiene para ofrecer día a día a cada uno de sus habitantes, sea del estrato social, partido político o religión que fuere. Hasta el momento, la sociedad parecía contar con “sujetos locos” que rápidamente eran aislados para su tratamiento. Pero, ¿qué pasa cuando es la realidad la que se vuelve loca? El licenciado Hugo Pisanelli, psicoanalista, supervisor de consultorios externos de los Hospitales José T. Borda y Tobar García y director de Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires (www.ppba.com.arwww.ppba.com.ar) intenta dar respuesta a ésta y otras preguntas que, en el país del corralito, los cacerolazos y la devaluación, parecen ser poco menos que lo único que importa.
–Habría que definir qué sería que la realidad se volviera loca –dice Pisanelli–. Creo que el mejor parámetro para medir esto es que la realidad tenga una lógica diferente a la que tenía. Por ejemplo, la más simple: uno más trabaja, más se esfuerza, más gana dinero, para tener mayor bienestar. Esa lógica no solamente no funciona sino que funciona al revés: cuando logra trabajar, más trabaja, más se esfuerza, menos gana. Y eso se puede comparar con la locura, es un exceso que una lógica no funcione.
–Incluso a los que tienen trabajo y ganan poco les parece injusto que los que no lo tienen reciban comida o asistencia. Pienso en los enfrentamientos desocupados y changarines del Mercado Central.
–Es que, justamente, en ese sentido es en donde más claramente se ve la locura: donde se pierde la solidaridad. Y esto tiene que ver con la ubicación de cada uno. Es decir, si esta gente tuviera una cierta conciencia de clase –en los 70 se le llamaba conciencia de clase–, probablemente no sentiría como peligrosa a la misma “clase” o a una subclase parecida. Y esto complica mucho la cuestión porque empieza a aparecer lo que se llama agresividad frente al semejante que no se lo ve como semejante, “es él o yo”, es excluyente. Y ésta es una lógica de la locura también. La psicosis tiene mucho de eso: los crímenes que tienen que ver con la locura tienen que ver con un sentimiento profundo y terrible de exclusión a muerte.
–Esto habla del individualismo, que también es una característica del capitalismo, ¿sería un punto de llegada?
–En realidad, el ser humano es un ser gregario, de movida es el mamífero que más prematuro nace con respecto a los otros mamíferos. Un potrillo nace y a la hora está caminando. El hombre necesita un año para moverse por sus propios medios. Con lo cual depende mucho del otro, el otro es la madre, el padre. Y en el sociedad se depende de las autoridades que uno elige. El individualismo es lo más alejado de todo esto. No por una cuestión ideológica sino por una cuestión de maduración el individualismo es un punto de llegada. Pero esto es distinto porque ya no estamoshablando del fenómeno sino de los efectos del fenómeno. El fenómeno, la locura, produce aislamiento. El loco está aislado. Y, en ese sentido, también se puede hacer un paralelismo en el punto donde el individualismo es una de las formas donde el sujeto puede responder a esa realidad. O responde siendo más gregario, más solidario, tendiendo lazos con sus pares, viendo cómo se defiende. O responde encerrándose, con todo el riesgo que tiene la retracción que uno hace del medio; y que puede ir desde el medio social, al familiar y quedar totalmente retraído. Esto puede ocasionar, en algún punto, cierto fortalecimiento porque uno puede retraerse para adentro para fortalecerse y volver a salir. Ahora, si uno se queda ahí esto puede hacer que inclusive vaya contra sí mismo y empiece a hacerse daño.
–Usted decía que la persona puede aislarse o puede juntarse. Los cacerolazos parecen responder a esto último.
–Sí, responden mucho a esto. Los cacerolazos tienen varias características muy, pero muy importantes. La primera de ellas es que la clase media en Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, es una clase poco movilizada, muy pocas veces se movilizó y se frustra muy rápidamente. La última gran movilización probablemente haya sido la de Semana Santa de Alfonsín.
–Y en esa oportunidad, justamente, se sintió defraudada.
–Sí, pero además esta clase poco propensa, muy individualista en algún punto para moverse, no se siente representada ni por los gremialistas, ni por los políticos. Con lo cual también es difícil que vaya detrás de tal o de cual. Entonces, piensa “qué hago, cómo me movilizo, cómo le digo al de al lado que salgamos juntos”. Con lo cual, hacer ruido con algo es llamar al de al lado a que haga ruido con algo, y llamar al de al lado... es tan antiguo como la piedra, en las tribus hacían eso para comunicarse de unas a otras cuando había un peligro. Y en este punto creo que esto cumple con otra función. El cacerolazo no es una marcha de silencio. Esto es un tipo de expresión que permite también la salida de aquello que pueda ser nocivo para el cuerpo del sujeto a través de la expresión física como es tocar una cacerola, golpear, moverse, caminar, gritar. Todo esto es muy bueno para el sujeto porque puede evitar que se enferme.
–¿Cómo regular o equilibrar esta locura para poder vivir cada día?
–Es difícil, yo creo que justamente tiene que ver con las características de cada sujeto, en cómo va constituyendo las formas de reacción y esto lo pone o lo saca de la enfermedad. Pero hay gente que no puede salir a la calle y esto en lugar de hacerlo salir le hace entrar en pánico, gente que tiene fobia a la salida, que les tiene miedo a las multitudes y no lo sabía. Pero una experiencia social donde toda la sociedad se vuelve loca ya no es una cuestión de sujetos. Hay una realidad social que molesta, que irrita, que duele, que restringe, que inhibe, que frustra, pero al mismo también priva. Y esto tiene límites de soporte muy relativo, hay sujetos que han soportado mucho. Por ahí si siguen soportando mucho es patológico, ¿por qué hay que soportar tanto? Entonces, en algún punto, la molestia no es algo del orden de la enfermedad, es algo del orden de la salud.
–Hoy hay que hacer colas, hay que esperar que lo peor pase, hay que esperar para todo. ¿Qué pasa con lo afectivo, también se paraliza?
–Vos me preguntabas qué control puede tener el sujeto en todo esto. Así como el malestar tiene que tener ese lugar importante para no permitir que la injusticia siga avanzando, también en lo personal uno tiene que ponerle un coto a esto. Decir “voy a protestar, protesté... fantástico, eso tiene que servirme para poder hacer mi vida familiar, para poder estar con mi mujer, para poder estar con mis hijos, para poder dormir esta noche”. Porque si no hace a esa diferencia sirve para un efecto pero no para lo más importante.
–Pero parece que no es tan fácil hacer eso.
-Bueno, ahí es donde entra el tema de la salud. Yo sugiero que la gente que no puede hacer esto consulte a un profesional.
–Se supone que el estrés es positivo porque el sujeto puede adaptarse a distintos estímulos, ¿pero qué pasa cuando está en alerta permanente, cuando esto se hace crónico?
–Como vos decís, el estrés es una respuesta del sujeto a una exigencia “externa”. El sujeto escucha un ruido muy fuerte, se prepara, se agazapa, el corazón le late fuerte, aumenta la adrenalina. Ahora, ¿qué pasa cuando ese sujeto vive agazapado esperando que venga el ruido o que venga algo y vive con palpitaciones? Una solución es decir “paro acá y desensillo hasta que aclare, mañana seguramente va a haber otro problema pero me enteraré mañana, ahora es hora de dormir o de hacer el amor o de jugar con los chicos”, fantástico, porque se cumple el ciclo de parar. Si esto no ocurre, se enferma.
–Por otro lado, la gente común además está obligada a convertirse en experta en economía, algo para lo que no está preparada. ¿Cómo hacer para no sentir que de todos lados lo están perjudicando?
–Bueno, pero ésta es una exigencia de una locura social. Porque se supone que en una sociedad alguien sabe de economía, alguien sabe de política, alguien sabe de seguridad, y nosotros desligamos eso para no tener que ocuparnos personalmente. Si nosotros nos tenemos que ocupar de eso, es un tema muy serio porque no podemos delegar, tenemos que saber de todo. Y lo peor de todo es que escuchamos a gente que en realidad tampoco sabe demasiado de lo que habla. Nadie puede saber de todo. Y esto tiene relación con otro aspecto. Los argentinos venimos bombardeados por palabras tales como dolarización, devaluación, hiperinflación... Y esto al sujeto común lo atraviesa. La dolarización le produce dolores, la devaluación lo desvaloriza, la hiperinflación lo engorda, esto sobre todo les pasa a las mujeres. Estos atravesamientos de estas palabras, que no tenemos la más remota idea de lo que quieren decir, nos hacen un efecto, nos atraviesan de una forma que terminamos padeciendo aquello de lo que queremos saber. Yo creo que en este momento los argentinos somos la población más devaluada que existe.
–Todo eso precedido por meses de riesgo país.
–Eso está hablando de que permanente nos ponemos en riesgo.
–Ahora el corralito.
–El corralito nos hace niños y respondemos como niños todo el tiempo. ¿Te acordás del corralito para los chicos, para que no se fueran ni se hicieran daño? Bueno, así nos tratan. Y nosotros nos sentimos como si estuviéramos en el corralito. Le hacen creer al presidente que si la gente va a pedir la guita, los bancos no la tienen y quiebran, entonces, se produce una hecatombe. ¿A quién le cree? ¿A los bancos internacionales que le dicen que no tienen plata? Hay que ser infantil para creerles.
–¿Y cómo viven esto los chicos y adolescentes reales?
–El chico es el síntoma del padre. Los padres para los chicos son algo así como ese lugar de amortiguación de lo que el medio produce y los padres cada vez menos pueden soportar esta amortiguación. Los chicos tienen síntomas: insomnio, problemas de alimentación, pavores nocturnos. Los adolescentes están más con el tema de las adicciones, la bulimia y la anorexia. Lo podemos comparar, tranquilamente, con una crisis de guerra. En una crisis de guerra hay muertos, hambre, desocupación, violencia, desabastecimiento, no hay seguridad. Todo eso pasa ahora. Pero es una guerra que tiene un enemigo muy poco visible. Y eso es mucho peor. El enemigo está en todos lados. ¿Qué pasa cuando se desconfía de todo y de todos? Eso termina enfermando a la gente, se vuelve paranoica.
–O sea que el diagnóstico es que la sociedad está enferma.
–El diagnóstico es que sí, que la sociedad está en crisis, una crisis muy muy grave, que está casi al borde de la enfermedad. Está muy desintegrada y éste es un tema muy serio.

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