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Viernes, 12 de febrero de 2010

INTERNACIONALES

MANO DURA

A pesar de ser la primera costarricense que lo consigue, la victoria de Laura Chinchilla en las presidenciales no augura grandes cambios: al contrario, su fiiación política y sus últimas declaraciones tienden a perpetuar el modelo neoliberal, católico y conservador.

 Por Milagros Belgrano Rawson

El domingo pasado, Laura Chinchilla se convirtió en la primera mujer en acceder a la presidencia en Costa Rica, ese pequeño país que continúa siendo un modelo de estabilidad para Latinoamérica. Ahijada política del presidente saliente Oscar Arias, Chinchilla fue su vicepresidenta y titular de la cartera de Justicia hasta su renuncia en el 2008, cuando inició su campaña presidencial. Más allá de su género, su victoria –con el 46,75% de los votos– no tiene nada de revolucionario. Por el contrario, esta politóloga egresada de la Universidad de Costa Rica y con un Master en Estados Unidos seguirá la línea liberal de su predecesor, líder del centroderechista Partido Liberación Nacional (PLN).

En su primer discurso como presidenta electa, esta mujer de 50 años prometió luchar contra la inseguridad y el narcotráfico –Costa Rica se está convirtiendo en el lugar de paso preferido por los traficantes de droga en ruta a Estados Unidos–. De hecho, el eje de la campaña electoral, en la que se enfrentaron candidatos socialdemócratas y progresistas, además del PLN, se fundó como nunca antes en la seguridad ciudadana. A raíz de un par de episodios violentos en la que se vio involucrado un grupo de jamaiquinos, en Costa Rica, y al igual que en los países del Norte, se ha comenzado a mirar mal a la comunidad extranjera, que con la crisis económica se convierte en el primer chivo expiatorio. A pesar de que, según estudios de Naciones Unidas, en ese país, el 90% de los condenados por delitos penales es costarricense, en la campaña presidencial se llegó a hablar de cerrar las fronteras a “los delincuentes” extranjeros. En ese contexto, la victoria de Chinchilla representa estabilidad, pero también la continuidad del modelo ultraliberal de Arias y “su entorno neocorporativista”, como lo calificaba hace unos días el editorialista del diario costarricense La Nación, Rodolfo Cerdas. Por estas razones, entre otras, en octubre pasado, más de cien feministas costarricenses negaron su apoyo a la candidatura de Chinchilla, por considerarla “indiferente” al movimiento de mujeres, el mismo que precisamente permitió su acceso a la presidencia. En el comunicado, firmado por representantes feministas de la cultura, ámbitos universitarios y agrupaciones de Derechos Humanos, entre otros, se acusó a Chinchilla de apoyar la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, al que consideran culpable de provocar “exclusión social, desigualdad y deterioro de las condiciones de vida, en particular de las mujeres”. También se la culpó de atribuir a su partido “conquistas emblemáticas”, que en realidad pertenecen al movimiento de mujeres. Se consideró que su “falta de autonomía” y su “vínculo político” con Arias sólo pueden ser calificados como “subordinación”. Sin embargo, a pesar del evidente padrinazgo de su mentor, nadie puede discutirle a Chinchilla haber llegado al poder por méritos propios. Al menos, a diferencia de la nicaragüense Violeta Chamorro y la panameña Mireya Moscoso, viudas de políticos prominentes en sus respectivos países que luego alcanzaron la presidencia, Chinchilla, la tercera centroamericana en ocupar este cargo, se presentó a las elecciones sin portación de marido –al menos en lo político, ya que está en pareja con un empresario español que le lleva 25 años, padre de su único hijo– y con un prolijo historial como diputada, viceministra, ministra de Seguridad, luego de Justicia y más tarde vicepresidenta de la Nación. Para alejar las dudas sobre su gestión, esta católica que se opone al matrimonio entre homosexuales y al aborto prometió actuar con “independencia de criterio”. Habrá que ver si es cierto.

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