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Viernes, 5 de marzo de 2010

La estatuilla masculina y singular

La nominación al Oscar de Kathryn Bigelow reaviva un viejo debate hollywoodense: hasta ahora ninguna mujer ha ganado en el rubro dirección. En 82 años hubo apenas cuatro nominadas que, en su mayoría, terminaron llevándose la estatua al mejor guión como premio consuelo.

 Por Milagros Belgrano Rawson

“El Oscar anatómicamente correcto es blanco y hombre, igualito a los hombres que lo ganan.” Así se despachan las Guerrilla Girls en una instalación exhibida en la exposición de arte “Ellas”, actualmente en cartel en el Centro Pompidou de París. Para este grupo de feministas anónimas de Estados Unidos –se presentan con los nombres de artistas fallecidas como Frida Kahlo, Georgia O’Keeffe o Anaïs Nin y realizan acciones disfrazadas con máscaras de gorila– el “techo de celuloide” no es un término de ficción: el próximo domingo 7 de marzo se realizará la 82º ceremonia de los Oscar y si bien Kathryn Bigelow, nominada por la película Vivir al límite, cuenta con buenos pronósticos y una amplia experiencia como realizadora, se asume que la preciada estatuilla en el rubro dirección se la llevará su ex marido James Cameron, que compite con Avatar, o Quentin Tarantino, director de Bastardos sin gloria. “¿Por qué se debería esperar otro resultado?”, se preguntan algunas realizadoras estadounidenses en foros cinéfilos, conscientes de la maldición de género que pesa sobre los Oscar. Es que en toda la historia de esta premiación, la máxima en fama e importancia en la industria del cine, apenas cuatro mujeres fueron nominadas en esta terna. La primera en romper el molde fue la italiana Lina Wertmüller, nominada en 1976 como directora de Pascualino siete bellezas. Pero esa vez la dorada estatuita fue para el realizador de Rocky y la revancha llegaría recién diecisiete años más tarde, cuando la neocelandesa Jane Campion fue nominada por La lección de piano. Tampoco pudo ser: La lista de Schindler se quedó con el oro, y Campion se llevó el premio –consuelo, dicen algunos– al mejor guión original (este año su película Bright Star compite por un Oscar al mejor vestuario). Una década más tarde, Sofia Coppola, hija de Francis Ford, se convertiría en la primera estadounidense en ser nominada en el mismo rubro. No hubo caso –pero claro, se llevó el Oscar al mejor guión– y así llegamos al próximo 7 de marzo, con Bigelow, la cuarta mujer que alcanza esta nominación.

Se trata de una realizadora que escapa a los lugares comunes. Pocos lo recuerdan, pero Punto límite, con el fallecido Patrick Swayze y Keanu Reeves, fue dirigida por esta californiana que ahora acusa 59 años. Película de culto surfer si las hay, la cinta rebosa de escapes a toda velocidad, armas semiautomáticas y acrobacias acuáticas, lo cual no entraría en la estela marcada por Wertmüller y, sobre todo, Campion, quien, lo quiera o no, ha quedado definitivamente etiquetada como directora comprometida con la causa feminista y adepta a temáticas netamente femeninas. Con Bigelow pasa todo lo contrario: y no sólo con el noventoso policial surfer o con K19, el thriller que transcurre en un submarino nuclear ruso y que filmó en el 2002. Al igual que en sus películas anteriores, en Vivir al límite, Bigelow se encarga una vez más de retratar a un grupo de hombres comunes sometidos a presiones extraordinarias. Nominada al Oscar 2010, este drama de guerra cuenta las peripecias de un escuadrón de soldados de elite apostados en Irak que se dedica a desarmar bombas al calor del combate. Una vez más –y la crítica se ha encargado de reprochárselo– la directora despliega allí todo un abanico de explosiones, huidas en camiones y tanques y kilos de acero. “¿Por qué debería dejar de filmar estos temas?”, se pregunta el periodista Reed Johnson en un artículo recientemente publicado en el diario Los Angeles Times. La violencia en el arte no es patrimonio exclusivo de los hombres, sostiene, y aplaude a Bigelow por presentar en su último film una visión no tradicional del comportamiento y la mentalidad masculina.

En vez de armar escenas violentas con el mero objetivo de atrapar a una audiencia adolescente sedienta de sangre y sexo, Bigelow pone el foco en otro lugar. A ella le interesan los rituales masculinos, sostiene Johnson, tal vez con la secreta esperanza de que esta vez una mujer se lleve finalmente el Oscar. Aunque presenta imágenes no estereotipadas de los hombres, Bigelow parece haber tenido el buen tino de alejarse de temáticas feministas y, por ende, no “oscarizables”. Por algo existe un viejo axioma hollywoodense que dicta que no hay mejor manera de exterminar una promisoria carrera cinematográfica que ser catalogada como una “quemacorpiños”. Tal vez por esa razón, en un reciente artículo publicado en el The New York Times, la ensayista Manohla Dargis se preguntaba qué pasó con talentosas realizadoras norteamericanas que surgieron en los 90 y de las que ahora nadie habla, como Martha Coolidge, Amy Heckerling, Nancy Savoca y Kimberly Peirce, directora de Los muchachos no lloran.

En Estados Unidos, el 96 por ciento de los films de gran presupuesto son dirigidos por hombres. El 93 por ciento de los destinatarios de premios en la categoría guión son varones. “¡Incluso el 85% de los premios en maquillaje van a parar a los hombres!”, se desespera el sitio web de las Guerrilla Girls. La agrupación también denuncia la marginación de las mujeres afroamericanas y latinoamericanas de los Oscar. Y también en los roles: de hecho, este grupo feminista asegura que el personaje principal femenino de la película Una mente brillante correspondía, en el guión original, a una mujer salvadoreña y morocha. Aparentemente, a los productores les pareció mejor contratar a una belleza blanca y sin acento centroamericano como Jennifer Connelly para encarnar a la esposa del australiano Russell Crowe –el genio en cuestión–. La decisión resultó ser acertada pues Connelly ganó como mejor actriz de reparto (felizmente existe una categoría para las actrices mujeres). Así y todo, la agrupación se adjudica algunos logros: en marzo de 2002 colgó un cartel gigantesco con la misma instalación que ahora se exhibe en el Pompidou. Por entonces, el escenario elegido fue una popular esquina de Hollywood, frecuentada por los popes de la industria del celuloide. Allí se denunció que los Oscar discriminan no sólo en términos de género, sino de raza. Coincidencia o no, lo cierto es que a los pocos días, Halle Berry se convertía en la primera mujer afroestadounidense en ganar el Oscar a la mejor actriz, y Denzel Washington se alzaba con su segundo Oscar por Día de entrenamiento.

Cuidadosa en sus declaraciones, Bigelow se ha referido pocas veces a su condición de mujer en esta industria aparentemente inexpugnable (al menos para los altos cargos y premios) para el sexo femenino. En una reciente entrevista para el diario británico The Independent, esta cineasta que en su juventud fue alumna de Susan Sontag en el Museo Whitney de Nueva York afirmó que: “Si existe una resistencia específica a que haya mujeres que dirijan, yo simplemente elijo ignorarlo por dos razones: no puedo cambiar mi género, y me niego a dejar de hacer películas”. Para esta cincuentona atractiva y de pelo castaño y largo, “es irrelevante quién o qué dirigió un film”. Según Bigelow, que este año se convirtió en la primera mujer en ganar el premio Director’s Guild of America, que sólo galardona a los realizadores de su país, la notoria escasez de directoras se debe simplemente a que “no se dan cuenta de que realmente eso es posible”. Irónicamente, y tal vez para balancear las cosas dentro del hogar marital cuando aún estaban casados, el marido de la señora Bigelow, esa fábrica de éxitos comerciales llamada James Cameron ha sido catalogado por una periodista como un director con perspectiva de género. Mientras él se dedica a filmar a mujeres en películas scifi como Avatar o Terminator, Bigelow prefiere explorar la amistad entre los hombres, sus miedos y códigos de guerra, y lo que ellos piensan sobre el sexo y la paternidad, el heroísmo y el liderazgo. Temáticas que van a contramano de las historias femeninas “oscarizables”, pero que tal vez marquen un punto de inflexión en los Oscar. Ya veremos.

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