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Viernes, 14 de mayo de 2010

DIEZ PREGUNTAS > A INGRID PELICORI

“Cristo es un padre femenino”

 Por Guadalupe Treibel

En la obra Antígonas, de Alberto Muñoz, junto a Claudia Tomás, componen cuatro pares de personajes que recorren distintas historias actuales, contemporáneas. ¿Cómo se relacionan una cosmetóloga de barrio y su clienta, una maestra de canto y su alumna, dos hermanas en el Delta o una kinesióloga y su paciente con la hija de Edipo?

–En cada historia, lo poético y lo femenino están tomados desde un lugar diferente. En algunos casos, se trata de apelar a la piedad; en otros, de aprender a partir del dolor o de lo amoroso. Recordemos que Antígona es quien acompaña a su padre cuando queda ciego... ¡El mito es tan rico y tiene tantas aristas! La idea es meterse con temas misteriosos desde un lugar no solemne ni paródico, asumiendo nuestras características de ciudadanas de este siglo y este lugar. A priori, pareciera que uno se va a reír de una cosmetóloga New Age, pero no es así. Es un humor delicado que alegremente da paso a la profundidad.

¿Qué características de la Antígona de Sófocles funcionan como disparador?

–El punto de partida de Leonor Manso, directora de la pieza, fue volver al lugar arquetípico de la mujer en la sociedad prepatriarcal, la civilización de la Diosa. No se trata de una adaptación. ¡No hay ningún Creonte! Aunque sí se retoman ciertas particularidades del original. La Antígona de Sófocles responde a una ley anterior, antigua. Ella dice: “A mí me guía el amor y no el odio” y las historias que contamos responden a lo sensible, al reino de lo femenino arquetípico, de la intuición y el instinto.

En lo argumental, ¿qué unifica las historias?

–Pertenecen a un mismo universo simbólico y estético. Si bien son distintas situaciones, hay un clima y una cierta unidad en lo material. Y hay una plantita que nos pasamos de parte en parte para convocar la idea de la Diosa, la relación con la naturaleza, los ciclos naturales, el dar vida. La idea es poder jugar con lo mítico y lo cotidiano todo el tiempo, mantener esa tensión; no ir definitivamente a un lugar o al otro. Además, hay un trabajo constante con falsos opuestos donde, hacia el final de cada situación, los lugares de los personajes se aproximan. O quedan intercambiados.

A través de una poética bien plantada y cuidada, la obra recupera la fuerza simbólica de la palabra ¿verdad? Incluso, la última escena pareciera hacer referencia al poder “sanador” de la poesía...

–Es el valor mítico de la palabra. Y, por qué no, del teatro en sí mismo. Hay una dimensión heredada que se relaciona con lo sagrado. Es el lenguaje que cierra lo que abre, que conecta. Y ese tipo de delicadeza del material está potenciada también desde lo escenográfico, con un “aparato”, una suerte de extraño “subibaja” con múltiples posibilidades simbólicas, que permite un uso poético y sintético del espacio y sus significados.

La primera historia, que encuentra a la cosmetóloga y su clienta, cuestiona la belleza como canon establecido pero, a la vez, rescata la piedad como característica arquetípica femenina, ¿cierto?

–Cierto. Incluso termina con Claudia y yo reproduciendo La Piedad, de Miguel Angel. Y no es la única referencia al tema. También se hace una distinción interesante entre Dios y Jesús, al plantear que Dios es para los hombres y Cristo para las mujeres, en tanto es quien introduce la idea de piedad. Cristo es un padre femenino.

En El grito de Antígona (2001), Judith Butler se pregunta qué habría pasado si el psicoanálisis hubiera partido del mito de Antígona en lugar del de Edipo. Además de actriz, sos licenciada en Psicología, ¿qué opinión te amerita este cuestionamiento?

–Entiendo que la tragedia griega cuenta el pasaje de la civilización de la Diosa a la del Estado donde impera la ley. Para el momento histórico, era lo que tocaba. La especie tenía que recorrer ese camino. Antígona es personaje de una antigua civilización que ya había quedado atrás, aunque se retomen características suyas en cada vuelta de espiral.

También traducís piezas dramáticas, como el Hamlet de Manuel Iedvabni, actualmente en cartel en el Centro Cultural de la Cooperación. ¿Cuáles fueron los desafíos a la hora de traducir este clásico?

–Intento ser fiel al Shakespeare sintético y directo y no a los traductores del siglo antepasado que muchas veces plagan sus trabajos con gustos de época. El inglés es una lengua condensada; el tema es encontrar un equivalente contemporáneo y musical, fluido. Como actriz, una traducción argentina que hable de “tú” me resulta artificiosa y difícil de encarnar; esos vicios intento evadir.

¿Te interesaría dirigir piezas teatrales?

–Me lo han propuesto pero no. Me da vértigo. No sabría qué hacer. Traducir y actuar son trabajos equiparables porque en ambos se trata de interpretar, de pasar a otro modo de expresión algo que ya estaba inventado. El director, en cambio, tiene un salto al vacío de arbitrariedad. Yo puedo ver la totalidad cuando me marcan para qué lado hay que ir. Desde ese lugar, puedo aportar a un criterio general ya dado.

¿De qué trata “Antología de aire”, el programa radial que realizás junto a Susana Villalba?

–Yo leo poesías de diferentes tiempos y lugares; de autores conocidos y desconocidos. Y Susana entrevista a poetas, traductores o actores sobre poesía. Un programa, por ejemplo, estuvo dedicado a realizar una antología sobre la palabra “No”, con textos de Alejandra Pizarnik o María Mascheroni. Comenzamos en 2005 en Radio Nacional Clásica y, desde 2008, lo hacemos semanalmente en la web de la Biblioteca Nacional.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

–Durante el año, me volveré a presentar con los espectáculos Tango y Susurros y Borges y el infinito tango. También actuaré en 1810, pieza que escribió Martín Coronado en 1910 y que se realizará en el Teatro de la Ribera. Y en septiembre, estaremos presentando Antígonas en el Festival de Porto Alegre.

* Actriz de larga trayectoria, traductora y psicóloga, Ingrid Pelicori se presenta con Antígonas todos los sábados de mayo a las 21 y los domingos a las 20.30 en el C.C. de la Cooperación, Av. Corrientes 1543.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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