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Viernes, 12 de agosto de 2011

PANTALLA PLANA

Adorables criaturas

Cada vez más arriesgada en territorios de la mitología y la leyenda, la serie True Blood abre su cuarta temporada con una revelación: la protagonista es un hada, aun a su pesar.

 Por Moira Soto

Tal como venía insinuándose en la tercera temporada, e incluso antes, cuando se conoció su poder para leer pensamientos ajenos, Sookie Stackhouse es un hada: esa es la razón por la que los vampiros más distinguidos de Louisiana intentaban con tanto empeño apoderarse de ella. En el capítulo final del año pasado, a su novio vampiro Bill –después de ser desangrado por su vengativa ex Lorena– no le quedaba otra que beberse a Sookie, con la anuencia de ella. Es decir, la idea era tomarse una dosis mínima, pero hete aquí que una vez que empezó a succionar esa sangre deliciosa, Bill no pudo parar y se la escanció toda entera.

Exangüe, Sookie va a parar al hospital y desde allí viaja a una dimensión paralela, donde en medio de un party reencuentra a Claudina, que se presenta como su hada madrina, y el mencionado convite en el que se ofrecen frutos luminosos es presidido por una tal Mab (según Shakespeare, reina de las hadas). Entretanto, Bill descubre que con la hemoglobina de Sookie circulando por sus venas puede resistir la luz solar y le revela a ella su condición. “¿Soy un hada? Vaya, qué patético”, reacciona la chica que –independientemente de las extraordinarias aventuras vividas en cada capítulo de la serie– siempre torna a su trabajo de mesera en Merlotte’s, el bar grill de Sam, mutante a perro en temporadas anteriores, en la actual capaz de volverse en un periquete, caballo o lechuza, en compañía de un grupo de amigos y amigas afines. Para completar –por ahora– el fantástico panorama de True Blood, tenemos una manada de hombres y mujeres lobo, con el guapísimo y noble Alcide a la cabeza, y por su lado Jason, el hermano tarambana de Sookie, se ha prendado de una bonita joven que resulta pertenecer a un clan de mutantes a pantera... Ah, también tenemos un bebé de meses –engendrado por un cruel asesino de vampiros– que anda decapitando Barbies y escribiendo mensajes inquietante en la pared. En tanto el picarón de Lafayette, chef de Merlotte, que parecía haber encontrado la paz y el amor en su novio Jesús, es iniciado a su pesar en ritos brujeriles que le devolverán la vida humana al aristocrático vampiro Eric, quien pierde de este modo toda su apostura, convirtiéndose en una especie de pajuerano inocentón.

Más allá de que la intención de Alan Ball, cuando decidió adaptar las novelitas de Charlaine Harris a la TV, era usar el tema del vampirismo contemporáneo como metáfora para la defensa de las minorías, lo cierto es que True Blood ha ido apelando a tal diversidad de seres fuera de la norma, que a este paso los straights terminarán siendo leyenda. Porque en este recurrir a temáticas tan representativas del género fantástico, el “retorno de lo reprimido” al decir de Robin Wood –vampirismo, desdoblamiento, bestialidad, hechicería–, siempre entre lo extraño y lo maravilloso, se potencian sus alcances subversivos.

Si en temporadas anteriores hubo ménades y bacanales dionisíacas que arrastraron a los tranquilos habitantes del pueblito sureño Bon Temps, con obvias referencias a la mitología griega, en esta temporada la bruja Marnie practica sus habilidades en una tienda llamada Wicca (antigua religión matriarcal recuperada por las feministas de los ‘70), situada no por azar en el Emporio de la Luna. Y en los diálogos se cita a las brujas de Salem, a Lete –el Olvido– y a Mnemosine –la Memoria–, a la guerrera y cazadora Artemis. En otro rubro, a la Inquisición española y sus desmanes (en un flashback de Marnie, arde una bruja entre los leños encendidos mientras dos clérigos de la época hacen comentarios burlones).

Por el centro de la compleja urdimbre de subtramas, se balancea graciosamente la inteligente, valerosa, íntegra, veraz Sookie, por el momento separada de Bill, una heroína que con la puede dar gusto identificarse, por su conducta y asimismo –¿por qué no?– por su condición específicamente femenina de hada. Heredera de esos seres que, como dice Laura Palacios en Hadas, una historia natural (1993), “no vienen del conocimiento ni de la literatura, poco y nada tienen que ver con la realidad, con las medidas usuales de tiempo” (a la protagonista le pareció que estaba 15 minutos en el reino de las hadas cuando para su gente desapareció un año entero...). Ahora nos explicamos esa luminosidad que siempre parecía irradiar Sookie: según Palacios, el glamour, en el sentido más preciso de la palabra, remite a esa iridiscencia, ese brillito de las hadas, hechas de sutil esencia femenina. ¤

True Blood, capítulo de estreno los domingos a las 21 y a las 24.00, repetición los jueves a las 22.

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