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Viernes, 14 de octubre de 2011

ENTREVISTA

Placer por el riesgo

Después de diez años de haber parido su último invento, el biodrama, Vivi Tellas sigue experimentando con la materia que mejor sabe moldear: el teatro. Como autora, directora o curadora, ella supo hacer del espacio escénico una zona de riesgo donde todas las historias pueden ser contadas. A punto de hacerse cargo del área de Artes Escénicas de un nuevo centro de arte en Puerto Madero, repasa su historia y atisba entusiasmada las grandes aguas por las que está cruzando la nave de su vida.

 Por Carolina Selicki Acevedo

“Biodrama” (bio: biografía/ drama: teatro) es un término hoy ya consagrado como género que inventó –y patentó– la multifacética e ingeniosa artista y directora Vivi Tellas en el 2002 para intentar definir ese nuevo campo de investigación que tanto la cautivaba y en el que ella percibía que había algunos artistas “apuntando en esa dirección pero faltaba el marco”. Comenzó dirigiendo en el ‘81 y el mítico grupo de “teatro musical” Las Bay Biscuits marcaría el inicio de ese caos envuelto en “búsqueda de sorprender en cada actuación”, sello que iría puliendo el diamante en bruto de la creación. “Quiero un espacio de investigación donde los artistas se sientan desafiados, poder invitar directores... que se respete mi espíritu experimental”, sentenció al momento en que le ofrecieran dirigir el Teatro Sarmiento (Complejo Teatral de la Ciudad de Buenos Aires) en el 2001. Así, comenzaría a cobrar vida esa idea que le rondaba en torno a un trabajo realizado en Singapur, sobre una sobreviviente de la matanza de un cuerpo de baile en manos del rey. Venía de desarrollar desde el ‘90 el Proyecto Museos para el cual fundó el Centro de Experimentación Teatral (CeT) de la UBA, con sede en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de ser asesora en Artes Escénicas del Centro Cultural Recoleta y de dirigir en distintas salas con mucho éxito. Luego de trabajar en museos sociales y aportarles la pincelada poética se centró en buscar en la historia de “una persona viva” material de trabajo teatral en el cual supervisó las puestas de diversos y talentosos directores y actores. Y fue más allá, con “Archivos” su rol experimental llegó al máximo buscando “la teatralidad fuera del teatro” y recurriendo a intérpretes sin experiencia en actuación, el “Umbral Mínimo de Ficción” (UMF). Hoy Tellas es referencia obligada para entender por donde se mueve el “Life art”.

REBELDE CON CAUSA O DICEN QUE SOY RARA

Aseguran los astrólogos que desde el día en que se celebra un nuevo año el cosmos está más a nuestro favor. En el caso de Viviana –aunque al primer contacto hace que quien se le acerque se sienta en condiciones de tutearla– parece ser el premio a lo cosechado en cada paso de su carrera profesional, a la que intenta hacer a un lado para “volverse” una amateur e indagar incansablemente en aquella “zona torpe”, a la que otros temerían por quedar encasillados en la rareza o no gustar. Al momento de publicada esta entrevista ya habrá pedido sus deseos y la tarde primaveral acompaña esa brisa de frescura sonriente a pesar del paso de los años en El Galeón, su “segunda casa”. Padeció como otros artistas de su generación la última dictadura y tuvo que “disimular quién era para protegerse”. En los ‘80, cuando reaparece lo artístico, “usábamos la parodia porque no podíamos decir las cosas directamente, después fue absorbida por la televisión. Ya en democracia, logramos la libertad para expresar lo que queríamos y eso conllevó a repensar qué tipo de poética tiene cada uno”, comenta Vivi. Sin embargo, un poco de esa libertad fue reivindicada en su paso por Sarmiento, experiencia de la que se siente agradecida y que le permitió trabajar con los “directores más interesantes de la ciudad”. Hoy se enorgullece de que una de las más jóvenes, Lola Arias, haya crecido tanto: “En el momento de montar Mi vida después vi que maduraba su trabajo y por eso la convoqué, decidimos centrarnos en el lado más político. Siempre estoy esperando que alguien agarre esa época, que lo pueda sostener y fue conmovedor lo que pasó con la denuncia de Cabandié. Ahí la intervención con la realidad fue completa. Al biodrama siempre lo vi como un proyecto políticosocial, un reflexionar sobre qué nos pasó pero poéticamente, cómo determina eso nuestro destino, qué podemos hacer”.

¿Sentiste que en alguno de los biodramas hubo dificultades para contar la historia?

–Afortunadamente no. Cada proyecto de esos intensos ocho años se centró en la continuidad de una misma idea por distintos artistas y eso en nuestro país es un logro. A partir del eje de la historia de una persona viva, cada uno tomó la idea y la transformó. Siempre insté a que probasen cosas nuevas, que se sintiesen amparados. Se les pagaba para experimentar, nada más fantástico para un director, que muchas veces se siente solo. Por eso el diálogo fue fundamental. Además, había diálogos entre obras.

¿Se dio casi sin buscar esa unión?

–No, todo se pensaba. Porque un director es un diseñador de mundos propios. Era pensado para el teatro público, donde los directores creaban obras dramáticas. Y el último año me pidieron que expusiese un trabajo mío, cosa que yo evitaba, ahí hice cuatro obritas, dos retrospectivas, estrené Mujeres guía y Disc Jockey, pero bajo mi proyecto “Archivos”, con noactores buscando mundos teatrales que puedan desarrollarse dramáticamente en escena. Yo venía de realizar El precio de un brazo derecho sobre el mundo del trabajo por lo que fui bastante criticada. Siempre me resultó difícil la aceptación al principio. Ahora estoy fascinada con esta investigación pero no significa que el teatro deba ser así. Investigo sobre la representación. Con Mi mama y mi tía o Escuela de conducción me di cuenta de qué se trataba este trabajo para mí.

También con Mi mamá y mi tía remitiste un poco a tu “historia personal”...

–Todos mis trabajos parten de algo personal, porque en todo lo que hago veo si hay ficción y si lo encuentro me dan ganas de hacer una obra. Esa fue la primera, a raíz de que mi tía de 74 años tuvo un novio luego de enviudar y de tener tres hijos y admitió que era la primera vez que experimentaba un orgasmo. Yo acababa de dirigir La casa de Bernarda Alba, de trabajar con Kuitca y con admirables actrices, entre la menstruación y el llanto. Todo condujo a que tuviese que irme de mi casa porque no podía mantener mi vida familiar, con mi hija Rita y mi marido Alan Pauls. Llegué a ese techo de ficción donde sentí que era un ciclo terminado, donde había llegado al máximo y luego vino el vacío.

¿Cómo remontaste en ese momento?

–Empecé de nuevo, como si fuese amateur. Me gusta estar en contacto con el error. Hace poco estrené Rabbi rabino con rabinos de Manhattan. Creo que trabajo contra el control social. No me interesa ser eficaz, a pesar de la formación que pueda tener. Mi maestro, John Cage, el error, el azar. Me gusta que se produzca una situación inestable como se puede ver ahora en la reposición de Mujeres guía en el Museo Etnográfico –a raíz de la convocatoria por los 190 años de la UBA–.

Al comparar la puesta en el Sarmiento (2008) con la actual las intérpretes aseguran que sienten más potenciada la esencia de la obra y las tres historias más unificadas. ¿Considerás que el cambio de escenario colaboró?

–Sí. Fue un desafío. Entre todas, junto al equipo de producción, fuimos resolviendo cómo ajustarnos a la reducción de espacio y aprovechar el mayor contacto. Además, nos divierte que quien viene se pregunte a cada rato por dónde los conducirán estas tres guías y el extrañamiento que produce entrar a un museo tan particular con su historia y su patio.

El sello distintivo de la vianda al final y la charla con el público, ¿es una búsqueda de continuar con el quite de solemnidad a la que se asocia al teatro tradicional?

–No, sólo que las intérpretes no son profesionales de la actuación y necesitan del intercambio después de la obra. No concibo que termine y se marche el público. Es necesario un momento de comunión, que coman algo. Además de que en cada puesta rozan una sensibilidad particular en cada vivencia que representan y es un modo –cuasiterapéutico– de reincorporarse.

EL MANTRA FEMENINO

Se hace imposible no remitir nuevamente a las protagonistas de uno de los archivos que no pierde vigencia. Silvana Bondanza (guía del Botánico), María Irma Cavanna (guía intérprete de la Ciudad de Buenos Aires y esposa de un playboy) y Micaela Pereira (guía del Museo Etnográfico) retrotraen a episodios que hablan mucho de ellas, de su historia, de lo que tuvieron que padecer o vivir para ser lo que hoy son, como señala luego de una de las funciones la apasionada por el ginkgo biloba –árbol de la vida–. La pérdida de una propiedad o del trabajo como sucede con Silvana, e incluso una familia que idolatra a Eva y a Juan, faceta detestada por una de sus hijas, hoy es resignificada por Micaela al sentir que lo que cuenta es una etnografía de su vida: “Mi mamá hacía un año que había fallecido pero ahora el duelo está más procesado y es como hacerle un homenaje. Además estoy muy contenta con el momento político que estoy viviendo”.

¿Esta reposición podría considerarse la síntesis de tu trabajo en Museos y Archivos?

–Puede ser. Algo de eso sentí con el trabajo en el Museo FerroWhite en Bahía Blanca. Siento que tengo interés en cosas que se dan en otros lados y el teatro funciona como testimonio de la persona, es estar en vivo. Y para la Argentina, no es joda. Nosotros inventamos al desaparecido. En otros países ya le llaman “artes vivas”.

¿Mantendrás la idea del espacio reducido a pocos espectadores?

–Sí. Me gusta la intimidad. Por lo menos en este proyecto. Para espacios abiertos tengo a las Declamadoras, por ejemplo. Son como un río de mujeres que me acompaña.

Barbara Scotto, una de las declamadoras desde los inicios, mencionó el “Vivillamado” para convocarlas...

(Estalla en risas) –Es que cada una está en su propia actividad, algunas son amigas, eso ayuda. Y siempre me gusta tener una señora, una niña – Helena Insinger (11), hija de Bárbara, lee sus propios poemas–. Ellas son como un mantra femenino. Cada una viene con lo que desea leer, lo charlamos y ensayamos. Después de la declamación en el Malba para al Filba, propuse que al volver de viaje en noviembre, se haga Declamadoras en el patio del Museo Etnográfico. Me divierte y es más libre que una obra.

Te permite un equilibrio... y en tu ámbito privado, ¿cómo sos?

–Me gusta mucho el silencio en mi casa, junto a mi hija. Hace como diez años que vivo cerca de plaza Italia. Escucho música, pero valoro mi momento ideal que lo visualizo así: en mi cama, mi ventana y las plantas que hay en mi ventana. Me quedo colgada mirando... después voy al lago. Me hace muy bien.

¿Harías un biodrama centrado en tu vida?

–No, sólo me interesa dirigir. En Mi mamá y mi tía toqué mucho la historia familiar, con Rabi rabino también me pregunto sobre el judaísmo, qué es ser judía. Me parecen sexies. Siempre parto de algo que tiene que ver conmigo pero no tengo la fantasía de ponerme en escena.

¿Y en qué continuarás focalizando la dirección?

–Me convocaron para hacer esta obra en San Pablo, con rabinos de allá. Y mi próximo proyecto será con médiums. Investigaré su mundo, algo que comencé con la performance en el Festival EÑE de Montevideo, donde me contacté con mi padre que murió cuando tenía dos años. Mostraré la documentación de eso en México en unos días y tal vez el mayor desafío sea al que me invitó Alan Faena –una primicia– ya que seré la directora y curadora de Artes Escénicas del “Faena Arts Center”. Con Adrián Pascoe, director y licenciado en filosofía mexicano, queremos organizar un festival. Hay una voluntad de acercar las artes escénicas a ese espacio. Acepté porque me entusiasma que haya una voluntad privada de invertir en las artes escénicas, invitar directores, dar trabajo y movimiento a los artistas argentinos. A fin de año comenzaríamos.

Un desafío que conlleva gran responsabilidad y un voto de confianza por lo trabajado juntos. Para finalizar, si tuvieses que elegir tres objetos –”evidencias”– de la mesa, como solés tener en tus obras. ¿Cuáles serían?

–Es difícil, siento que viví mucho. Pero podría ser un par de zapatos, cada tanto son muy importantes para mí. (Se detiene unos segundos a pensar.) Desde que estoy viviendo solo con mi hija todas mis cosas son mi hija. Mi relación con ella, la complicidad, las conversaciones, es algo fundamental. Después puede haber objetos hermosos, pero luego de separarme me centré en reencontrarme con mi energía y me siento muy libre, muy feliz.

* Mujeres guía. Sábados a las 20 en el Museo Etnográfico, Moreno 350. Entradas $35. Capacidad: 35 espectadores. Al término de la obra el público es invitado a compartir una típica vianda junto a las intérpretes.

* Declamadoras: A partir de noviembre en el Museo Etnográfico. Domingos a las 18. Reservas en: www.alternativateatral.com/entradas.asp. Más información en: www.archivotellas.com.ar

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Imagen: Vivi Tellas
 
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