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Viernes, 4 de noviembre de 2011

ENTREVISTA

Los ecos del golpe

En Honduras se produjo un golpe militar que derrocó a un gobierno electo por el pueblo. La crisis generó mayor violencia hacia las mujeres en las casas y en las calles y retrocesos en sus derechos sexuales y reproductivos. La coordinadora general del Concejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, Berta Cáceres, visitó la Argentina y contó la relación entre las reivindicaciones cívicas y de género y la creación de Cortes populares.

 Por Luciana Peker

Berta Cáceres no nació –hace cuarenta años– de un repollo. Su lucha surgió desde sus raíces. Es lenca. Y lenca es la población originaria más numerosa de Honduras y la que más resistió a la colonización. Pero también su lucha empezó desde el útero materno. Su madre es Berta Flores López, una de las luchadoras históricas de Honduras. Su madre parió a ella y a una lucha que ella siguió. Y ayudó también a parir a las mujeres, a las guerrilleras salvadoreñas que se refugiaban en Honduras y a las vecinas. Su madre es partera y así parió el poder para ser la primera mujer alcaldesa en el país centroamericano y alcaldesa de La esperanza, un nombre sin realismo mágico de tan real que después llegó a ser diputada. “Pero a ella lo que más le satisface es haber sido partera y que le sigan llevando verduras y gallinas las indígenas”, cuenta su hija, que narra las luchas desde el pujo cotidiano.

Su madre la ayudó a parir a dos de sus hijos y no pudo estar en dos de sus partos. Berta conoce la persecución, el encarcelamiento y la represión contra su familia. Pero lo que más le dolió fue cuando su maternidad se encarceló fuera de sus ritos y sus rebeldías. “No por el dolor, sino por tener que ir a un hospital cuando no estaba mamá. Con ella me sentía segura y, por eso, yo también la ayudaba a atender los partos, esos espacios que también son políticos”, fecunda Berta en una visita a la Argentina para que Honduras no se vuelva silencio ni el silencio, una salud encarcelada.

En el 2009, en Honduras, un golpe de Estado derrocó al (ex) presidente democrático Manuel Zelaya. Los cambios fueron políticos y económicos. Pero también incrementaron la violencia de género y marcaron un retroceso en derechos sexuales. A partir de la intervención militar, en un país de siete millones de habitantes, se producen 400 femicidios por año. Pero también hay resistencia y respuestas como la de las juezas populares, que ya no esperan un veredicto que las legitime. Una de las ideólogas de esta forma de justicia por el propio género es Berta. Ella es la coordinadora general del Concejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Cophin), que fundó hace diecinueve años y que, ahora, es una organización mixta de la que participan más de cien comunidades, pero liderada por ella: una mujer.

“Nosotros tenemos una lucha antipatriarcal, además de anticapitalista”, define. Aunque claro, se ríe, se ríe de las dificultades que exceden los discursos, mientras sus aros multicolores asoman la diversidad latinoamericana por un bar porteño. Se ríe como resistencia y resiste para que la risa no sea violentada: “Nuestra lucha es por los derechos de los pueblos originarios y de las mujeres. Desde el principio luchamos contra maestros que violaron niñas indígenas en las escuelas, aunque la impunidad es tan grande, que logramos defenderlas parcialmente”.

–¿Cómo fue la disputa interna para definirse como una organización antipatriarcal? Porque muchos varones son muy luchadores contra el sistema, pero cuando llegan a su casa quieren que su mujer les sirva la comida....

–No es fácil ser mujer, indígena y pobre. Pero tampoco fue fácil la discusión con los compañeros. A veces es más fácil hablar contra las transnacionales que desmontar el patriarcado en la cotidianidad. Pero la autocrítica nos ayudó a hablar con franqueza del tema. Además en las asambleas del Cophin denunciamos si un compañero acosó o ejerció violencia física o emocional contra una compañera. Y se expulsó a varios. Trabajamos con organizaciones feministas o de mujeres, pero también tenemos posturas críticas.

–¿Cuáles son sus críticas al movimiento feminista?

–No nos gusta el feminismo de elite, que está muy alejado de la lucha de las mujeres y de la lucha por el agua y los territorios.

–¿Qué acciones implementaron para defender los derechos de las mujeres?

–En la situación de tanta indefensión y de complicidad de la Justicia, la policía y autoridades a cualquier tipo de violencia contra las mujeres hemos empezado un proceso de Cortes populares en donde cualquiera puede hacer una denuncia. Hay un grupo de mujeres que se convierten en juezas populares y realizan una sentencia u observación. Es un trabajo que hacemos para enfrentar y desnudar la impunidad –aunque las denunciantes pueden resguardar su identidad– y señalamos públicamente a un golpeador o a alguien que discrimina a una indígena o una luchadora de la resistencia. También lo trabajamos en nuestras radios y logramos un gran impacto. Nosotras apostamos a la legitimidad y no tanto a la legalidad, que es con la que se ha dado un golpe de Estado. No hay institucionalidad en Honduras que pueda dar respuesta a la violencia de las mujeres.

–¿El golpe de Estado al ex presidente democrático Manuel (Mel) Zelaya, en junio del 2009, incrementó la violencia hacia las mujeres?

–Sí. Se agudizó con el golpe e hizo crecer el patriarcado, el femicidio, la agresión y la saña contra las mujeres. Cada año se reportan más de cuatrocientas mujeres asesinadas en una población de siete millones y medio de habitantes. Pero la mayoría de esos casos no se denuncia, por lo que la cifra de femicidios es todavía más alta. También las organizaciones de mujeres son criminalizadas y el fundamentalismo religioso está intacto. ¿Quiénes impulsaron el golpe de Estado? Las familias oligarcas ligadas al Opus Dei y a la elite religiosa, que son los mismos que están en el Congreso.

–Antes de ser derrocado, Zelaya había respaldado la anticoncepción de emergencia en contra de la postura de sectores conservadores. ¿Fue una de las razones del golpe de Estado?

–Esa fue una de las cosas por las que más satanizaron a Mel Zelaya cuando él vetó la prohibición que había decretado el Congreso de la píldora anticonceptiva del día después. No bien ingresó al poder Roberto Micheletti (que hasta el levantamiento militar era titular de la Cámara baja) y se convirtió en presidente interino, en el 2009, se prohibió la anticoncepción de emergencia. Mel Zelaya, con las organizaciones feministas, había frenado esa prohibición y las autoridades de Salud respaldaron que las mujeres tenían derecho a la anticoncepción de emergencia. Después del golpe, los sectores fundamentalistas reactivaron la prohibición de la anticoncepción de emergencia y Micheletti le dio el visto bueno. La Iglesia es inquisidora y tiene ahora más poder.

–¿Cómo se legitimó el golpe de Estado en Honduras sin que el presidente elegido (Zelaya) haya vuelto al poder?

–Nadie pensaba que en pleno siglo XXI podía suceder un crimen de lesa humanidad y resquebrajarse el modelo de democracia liberal. En Honduras se demostró que hay un proyecto diseñado para todo el continente de dominación donde los oligarcas, las trasnacionales, el imperialismo están claramente definidos a seguir con su proyecto de saqueo. No podemos ser ingenuos, es una realidad.

–¿Honduras es un ejemplo de lo que les puede ocurrir a otros países latinoamericanos?

–Honduras no es sólo una amenaza sino también una forma de golpear la integración de gobiernos populares que ha ido avanzando en el continente. El golpe asienta el poder de la derecha en el país e incrementa el poder y la presencia de Estados Unidos. Ellos sabían del golpe de Estado ya que, por ejemplo, de la base militar gringa sacaron al ex presidente Zelaya y sus empresas ayudan a sostener el golpismo. Los gringos no tienen moral para hablar de democracia, ni siquiera en su propio país, ya vimos a los indignados. Están entrando en una crisis capitalista por la que necesitan ser más agresivos con guerras, invasiones y desestabilización de gobiernos populares. Los y las hondureños/as sabemos que los gobiernos de América latina no están exentos de golpes de Estado. Muchas veces ponen bases militares para combatir el terrorismo o el narcotráfico. Pero es una excusa para justificar la intervención y el saqueo a los recursos naturales, los ríos y los bosques, mientras crecen la persecución y la represión política. Hay que recordar que Honduras tiene al 80 por ciento de la población bajo la línea de pobreza y eso se agudizó con el golpe de Estado. El desprecio a Mel Zelaya –a pesar de que viene del Partido Liberal– fue porque se salió del modelo de político tradicional obediente y se fue acercando al movimiento social. En el momento en que hizo una propuesta de consulta popular (para reformar la Constitución), eso rebalsó lo que la derecha podía soportar, porque es una reforma constitucional en donde se iba a escuchar la voz de la gente que no quiere ni fuerzas armadas ni bases militares extranjeras ni corrupción policial.

–¿Por qué hoy se acepta globalmente a Honduras como un país democrático?

–El pueblo hondureño se movilizó heroicamente durante meses y meses en una lucha pacífica contra un ejército armado, el poderío de Estados Unidos y las transnacionales. El presidente Zelaya hizo varios intentos de volver al país, pero no pudo regresar a la presidencia. Después se realizaron elecciones fraudulentas (en donde más de la mitad de la población no fue a votar), en noviembre del 2009, en las que salió electo Porfirio Lobo (del Partido Nacional), que era el más conveniente para Estados Unidos y las transnacionales, pero que no representaba la cara del golpismo. Esas elecciones infladas y la militarización del país fueron la manera de desmovilizar la oposición al golpe.

–¿Cómo se enlaza la lucha política y la feminista?

–Nosotros queremos hacer transformaciones profundas, pero también cambiar el patriarcado y el racismo y que no se pospongan las demandas urgentes de las mujeres, de los indígenas y de los negros. Queremos desmontar todas las formas de dominación.

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