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Viernes, 11 de noviembre de 2011

SOCIEDAD

La cultura rompe todo

¿Cuál es el límite entre genética y cultura? ¿Hasta dónde los alcances de la ciencia modifican la vida de la gente? La visión de Viviana Bernath, autora del flamante libro ADN. El detector de mentiras (Debate), permite conocer el ángulo de una científica más preocupada en los vínculos humanos que en las verdades de la ciencia, pero reconociendo que los alcances de ésta modificaron para siempre el mapa de las relaciones.

 Por Flor Monfort

Durante años, Vivian Bernath veía que en cada sobre que se iba de su laboratorio había una historia, gente a la que ese resultado duro y puro de 99,9996 por ciento de fiabilidad le cambiaría la vida. Se preguntaba qué pensarían y sentirían los hombres y mujeres que a veces parecían querer contar todo y otras alejarse rápido de un cambio tan radical y definitivo. Por otro lado, decidió transitar su camino como bióloga lejos de la academia y más cerca de la divulgación científica, lo que da como resultado un libro simple y claro y muchas historias narradas con el pulso de una novela, muchas veces policial, pero siempre en el camino del descubrimiento de una verdad. Sin embargo, reconoce Bernath lo relativo de esas verdades y cómo muchas veces los finales felices son patrimonio de pocos. Sin embargo ya desde su primer libro, La identidad. Historias reales del ADN (2007), quiso poner el foco en el impacto de la genética en la vida de la gente y ahora redobla la apuesta yendo más allá, contando todo el desarrollo de los casos que eligió y arriesgando su propia visión sobre el peso de la cultura. Infidelidad, reproducción asistida, adopción y herencia son algunas de las ollas que se destapan en la trama, y muchas veces un recorrido donde el engaño hizo mella en las relaciones, algo que ella misma reconoce, no va a cambiar por el avance de la ciencia. “La mentira, el secreto, la infidelidad, eso no cambió ni va a cambiar. Lo que cambia es la posibilidad de saber. El peso de saber marca la diferencia. La pulsión sexual por tener una historia nada tiene que ver con el deseo de tener un hijo y me parece que eso también queda en evidencia. En el libro, hay un caso de una mujer que parece encontrar a su familia de origen, se conforma con que esa mujer que encontró es su madre pero no quiere hacerse el ADN porque no quiere terminar de descubrir la verdad. De manera que hay todos los casos, no solamente aquellos que presentan el análisis de ADN como recurso liberador.”

¿Cómo llega el cruce con la intimidad de la gente a su carrera como bióloga?

–Hace 20 años armamos con mi socia un laboratorio de enfermedades genéticas y estudio de paternidades. La verdad es que siempre tuve la duda de lo que le pasaba a la gente al leer los resultados. Muchas veces pasaba que nos contaban por qué estaba ahí, a veces por teléfono soltaban la novela de su vida, y había que tener mucha paciencia porque muchos trataban de justificar por qué se hacían el estudio. Así fue que empecé a agarrar algunos casos al azar y les pedí una entrevista, les conté la idea del libro y les pregunté por qué se habían ido a hacer la prueba de ADN y qué les pasó, pero fue una inquietud absolutamente personal vinculada con empezar a entender las implicancias sociales de mi trabajo, porque en realidad lo que pasa mucho en una carrera científica (no quiero generalizar porque a lo mejor no corresponde) pero los científicos se quedan mucho dentro de las paredes de un laboratorio y no evalúan cuáles son los secretos del trabajo. Si corremos el capítulo de salud, las demás implicancias son de vida privada. En los casos de hijos de desaparecidos yo no hice el estudio porque se hacen en el Banco Nacional de Datos Genéticos, pero tenían que estar, por supuesto. Hay un caso de una chica adoptada que llega a sus padres biológicos a través de los papeles y no del laboratorio pero igual lo incluí porque el libro es sobre identidades.

¿Cómo era la respuesta de la gente?

–Los llamaba, les explicaba quién era y les mandaba mi primer libro. En general, todos aceptaron enseguida. Pocas personas me plantearon algo o se echaron atrás. Te voy a dar un ejemplo, yo hago 60 paternidades por mes, así que tengo muchos casos, pero hay uno que me llamó la atención porque era una maternidad. El caso está en el libro y es una mujer que tuvo un hijo a los 15 años y los padres de ella lo anotaron (y lo criaron) como hijo propio, algo que fue muy común en una época. Con los años esa historia explotó y lo primero que hubo que probar es que la mujer (que para el chico había sido, gran parte de su vida, la hermana) era en realidad su madre. Con ese estudio, esta mujer impugnó la maternidad de la abuela, es decir de su propia madre, que había anotado a su hijo como propio. Me llamó mucho la atención y decidí investigar. La llamé a la mujer, que en ese momento vivía en España y por Skype empezamos las charlas. Tenía una necesidad impresionante de contar y me decía que no tenía problema con que la gente se entere porque pensaba que le iba a servir a otras personas.

Lo que impresiona de ese caso es que la mujer soporta mucho maltrato, en un momento al chico se lo llevan a Paraguay y ella se queda sola en Buenos Aires trabajando, y sin embargo, siempre exculpa y perdona a sus padres.

En ese momento a otras mujeres les sacaban el hijo o la hija y los entregaban en adopción. Yo creo que ella se sintió agradecida o aliviada de que el chico haya quedado cerca y que finalmente haya podido contarle la verdad; pero sí, ella perdonó.

¿Qué busca saber la gente con estos estudios?

–Uno tiende a pensar que todos buscan saber su identidad, pero el tema de la mentira es muy fuerte. Algo bastante común en todas las historias es el engaño con que han convivido los protagonistas durante muchísimo tiempo. Los casos más frecuentes son la paternidad común que incluyen al chico ya nacido y crecido, como a la mujer que queda embarazada y no sabe de quién es el hijo. Los demás son casos más especiales. Después hay muchísimos casos por herencias, en nuestro país el padre legal es el padre biológico, de manera que la ley ampara cualquier reclamo. Existen muchísimos casos de herencias que se reclaman después de fallecido el padre, y la ley es la que pone el límite. En el caso que yo cuento del famoso hijo del estanciero, una dice “que le den todo” pero no todos los casos son así: hay quienes jamás en la vida le dieron bolilla al padre y cuando se muere reclaman, así que es complicado tomar partido. En los casos de donación de gametos, no estaría de acuerdo con priorizar el vínculo biológico, pero tienen que darse muchos cambios para que la legislación ampare cada caso.

Ahora es natural decir que alguien puede pedir un ADN pero hace 20 años, lo que es muy poco tiempo, no lo era, ¿cómo siente que se dio ese proceso?

–El avance a nivel tecnológico de estos 20 años es enorme: es cada vez más accesible, la biología molecular permite hacer muchísimas cosas y la comunicación avanzó a mil por hora. Si pensamos que la molécula se describió en 1953 y las tecnologías que se usan hoy son de 1985, es todo muy nuevo. Y eso bajó muy rápidamente a la sociedad: la posibilidad de diagnosticar, de saber los orígenes biológicos. Entonces fueron dos avances que se dieron en simultáneo: lo científico y lo sociológico. En nuestro país especialmente se junta además con nuestra historia y el derecho a la identidad de los hijos e hijas de desaparecidos, entonces creo que ha tenido un peso y un espacio mayor acá en Argentina. Hay fortunas invertidas en que los estudios sean más económicos, más sencillos, a partir de menor cantidad de muestra. Pensá que antes teníamos que tomar 15 mililitros de sangre y ahora es apenas una mancha.

¿Cuál es la lectura de género que se desprende de su libro?

–Cuando entregué el proyecto y empecé a hablar con la editorial de la edición nos parecía que faltaba algo. Yo pensaba que el capítulo de donación de gametos me quedaba pendiente para otro libro pero finalmente decidimos incluirlo en este y estoy muy contenta que haya sido así, porque me di cuenta de que es un tema que está circulando, es lo más actual. El hecho de que las maternidades y paternidades se empiecen a asumir como construcciones culturales y no atadas a los vínculos biológicos. Estamos transitando un cambio cultural y aquello de que no es hijo aquel que no tiene vínculo biológico, realmente se está modificando, a través de estos hijos que nacen por donación de óvulos o espermatozoides sobre todo. El hecho de que haya más chicos nacidos de esa manera y que las familias constituidas de esa manera sean cada vez más está llevando a ese cambio. Yo noto en mis hijos, que están entrando a los veinte años, que para ellos es natural, tienen parejas de amigos que son homosexuales o lesbianas y no les llama la atención pensar que esas parejas van a formar una familia, se van a casar y van a tener hijos. También la mujer ha retrasado su maternidad, eso es un hecho, porque la ciencia ha dado esa posibilidad y eso impacta en la planificación y en la vida de las mujeres. Que una mujer hoy a los 35 años no haya tenido un hijo es normal, en mi generación por ahí era más raro, fijate que son cambios muy veloces y quien se resista quedará atrás: yo vengo de la biología, y a la ciencia lo que le importa es darles la posibilidad a las mujeres que tengan hijos cuando quieran, si es a través de donación de gametos, bienvenido sean. Ahora bien, ¿a esos chicos les va a interesar saber quién es su mamá o papá biológicos? No sé en 20 años si les va a importar.

En el debate por la ley de fertilización se habla de la importancia de que esos chicos tengan la posibilidad de saber a través de un registro único de donantes, ¿usted que piensa de eso?

–No sé; que la ley dé la posibilidad de saber no quiere decir que la gente quiera ir a buscar a sus padres. Que hay que legislar, por supuesto. Pero hay que respetar a cada persona, quienes no quieran buscar a sus padres biológicos también me parece válido. Es muy difícil decir qué está bien, el deber ser en este caso, hay que respetar el deseo de cada uno. Pienso que hay que creer cada vez más en las funciones, los genes son parte pero está la cultura.

En una época circulaba la idea de que a través del genoma se iba a saber todo, pero poco a poco se fue desarticulando.

–Yo creo que sigue circulando. No se puede cuantificar: hay rasgos de fenotipo, enfermedades que se pueden conocer, pero en todo lo demás hay un porcentaje que aporta el genoma pero luego el medio ambiente es fundamental. En el libro, trabajo el tema de la infidelidad; dentro de la biología hay quienes justifican la poligamia desde una perspectiva biológica. Para mí es ridículo, pero hay muchos que lo sostienen, de manera que posturas deterministas hay para todo: para el egoísmo, para la infidelidad, para el mal humor... Hay escuelas, en general norteamericanas, que dirán que los genes son fundamentales, otras son más progresistas y piensan que la cultura, finalmente, tiene mucho más peso, pero es una pelea. Hay que pensar también en las consecuencias: si está escrito en el gen es más fácil modificarlo...

Y por otro lado están los hijos apropiados que cuando se encuentran con sus familias de origen sienten una empatía total, gestos, costumbres: reencuentros que parecen tirar más agua al molino de la biología.

–Es cierto pero también muchas veces ahí se juega un deseo. Hay un caso de un nieto recuperado que me dijo “yo siento que la mirada del mundo me venía de algún lado, me pregunto si habrá algo de genético”. El me lo pregunta y yo le digo “qué difícil respuesta”, pienso que probablemente en los casos de hijos de desaparecidos probablemente haya una percepción inconsciente del tiempo de gestación, y seguramente en la crianza se haya transmitido algo, aunque sea el esfuerzo por distanciar de los orígenes, y pienso que esas percepciones conviven con estos chicos y chicas, que ya son hombres y mujeres. También están los que se ven iguales a sus apropiadores, hay un caso en que el chico hizo un cambio total, vivió 25 años con una realidad y hoy el tipo que lo crió está preso y la mujer está siendo investigada, de manera que él pudo romper con eso de verse igual.

¿Cuál es el futuro de la genética en la vida cotidiana?

–El acceso a las tecnologías va a ser cada vez más sencillo. Me parece que vamos hacia esto de empezar a subestimar un poco la identidad biológica y darles más lugar a las funciones. En cuanto a las enfermedades, se sabrá más, pero tendremos nuevos problemas: qué hacer con el saber, cómo asumir responsabilidades sobre enfermedades reales, hacerse cargo de tomar decisiones reproductivas en cada caso... la tecnología impacta mucho en el ámbito de la salud. El límite ahí espero que sean las enfermedades, me gustaría no pensar en selección de personas, pero creo que va a existir. En cuanto a elegir el sexo, por ejemplo, a mí me parece mal, me parece que un hijo tiene que trascender el sexo, pero creo que sí va a ocurrir. Por eso es importante que haya legislaciones claras. Yo soy bastante básica, me parece que los hijos tienen que ser producto del amor y del deseo, no importa el amor ni el deseo de quién, si una mujer sola, una pareja homosexual o heterosexual, pero la tecnología avanza y hay que estar preparados. Me gustaría que este libro se despegue de lo científico, que la gente no tenga miedo de leer sobre ADN.

También en el libro, casi todos los casos terminan bien o tienen una resolución feliz. ¿Por qué tomó esa decisión?

–En el fondo soy una cholula que me encanta que las novelas terminen bien, pero bueno, es mi manera de ser, es una deformación personal. Te prometo que en el próximo libro no todos van a terminar bien. ¤

ADN, el detector de mentiras se presenta el 16 de noviembre a las 19.30 en Dain Usina Cultural (Thames y Nicaragua), con Diana Cohen Agrest y Santiago Kovadloff.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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