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Viernes, 27 de enero de 2012

CINE

La graduada

Con apenas 23 años, Emma Stone es la nueva sensación de la pantalla grande, donde no sólo recibe loas por su faceta cómica: también se anima a roles serios con moraleja y premios a tono.

 Por Guadalupe Treibel

Han pasado poco más de cuatro años desde que Emma Stone aterrizó en la factoría hollywoodense y su voz rasposa y sus ojos de animé ya son una marca registrada para quienes le alcanzan la coronita de princesa. De realeza atípica y cómica por definición: no por nada algunos la llaman “la nueva Julia Roberts” y otros, “Joan Cusack en sus veintes”. Cuando la muchachita de 23 hizo su debut como potencial querida del afable Jonah Hill en Superbad, los geeks del mundo y amantes de la Nueva Comedia Norteamericana adoraron a la chica que veía más allá de los kilitos del charlatán Seth. Y eso que apenas fue el primero de muchos enamoramientos... Un año más tarde, sería bajista en una banda teen liderada por el imposible Rainn Wilson en The Rocker y, poquito después, la sobreviviente de un apocalipsis zombie donde, a pesar de los mordiscones, el humor se mantiene a tope (escenas con Bill Murray incluidas) en la sátira de género Zombieland. Luego, su primer protagónico: Easy A, una de esas comedias facilonas con buenos actores, buenas intenciones, buen resultado y la chispa pelirroja, perfectamente encauzada, gracias a diálogos afilados y una letra escarlata resignificada para el público 2.0.

Finalmente, la oriunda de Arizona dio el salto al “cine adulto” en un papel menos feliz que, al menos, le permitió darse unos cariños con Ryan Gosling y tirarle líneas como “¡Mierda! ¿Es en serio? Tu cuerpo parece photoshopeado” (de hecho, lo parece) en Loco y estúpido amor. Allí también se dio el gustazo de trabajar con otro pope de la comedia, Steve Carell, recaudar más de 130 millones por el mundo y terminar de emprolijar el camino a la fama. Camino que, por cierto, ha implosionado gracias a la –ahora en cartel– Historias cruzadas, multifestejada película de Tate Taylor, basada en el bestseller The Help, de Kathryn Stockett.

Allí, la naturalmente rubia Stone (comenzó a teñirse para evitar que le dieran papeles de porrista) hace de Eugenia “Skeeter” Phelan, una aspirante a escritora que, en tiempos de movimientos por derechos civiles (los ‘60), decide contar cómo es el trabajo de las criadas negras en casa de sus empleadores blancos en Mississippi. El dramita –liviano en el tratamiento, efectista en los resultados– es el favorito de la gente para los venideros Oscar y deja a Emma fuera de su zona de confort: la comedia lisa y llana. Así y todo, la muchacha –que dice amar u odiar los guiones que recibe y decidirse por un film tras hojear las primeras diez páginas– cumple con presteza su personaje sixtie.

No es la primera vez que la joven (que, a los 15 años, hizo un PowerPoint musicalizado por Madonna y titulado Proyecto Hollywood para convencer a sus padres de que la dejaran mudarse a Los Angeles para perseguir la vida de actriz) se anima a más. Por ejemplo, cuando el pasado junio fuera tapa de Vanity Fair en su versión blonda con bikini a rayas, Stone reconoció que la sesión con Patrick Demarchelier la traía mal de nervios, acostumbrada –como estaba– a usar trajes de una sola pieza. Para distender, la antiLohan hizo lo que mejor sabe hacer: bromas. “No tengo muchos vicios. Azúcar, vino y heroína, eso básicamente todo. Nada demasiado desquiciado”, jugueteó en St. Barths. Aunque menuda y en forma, también prometió no sucumbir a la obsesión hollywoodense por las dietas y admitió que todo el entrenamiento físico (pilates incluido) que realizó con su coprotagonista arácnido Andrew Garfield para estar a tono con la nueva entrega y próxima a estrenarse The Amazing Spider Man la sacó de quicio.

Cuidadosa de su vida privada, hay dos tópicos que Emma nunca abarca: novios y familia. Sí habla sobre sus películas favoritas (Bridesmaids, con Kirsten Wiig) y su afición a las redes sociales, de cómo decidió dar de baja su cuenta de Facebook tras volverse adicta al jueguito FarmVille. Ojo, tampoco es que sea puro hermetismo; al fin de cuentas, no se amedrenta a la hora de contar que su primer ataque de pánico fue a los 8 años: “Sufría de ansiedad por la separación de mis padres y estaba preocupada de que mi casa se prendiera fuego; retorcía mis manos todo el tiempo y mis viejos me llevaron a ver a un terapeuta. Mientras solucionábamos las cosas, entendí que quería actuar”, expresó sobre los orígenes.

Esa fue la luz verde: Stone se anotó en un taller de improvisación y, de inmediato, quedó en el grupo. “Así cambió mi ansiedad para siempre”, explicó la amante de las líneas frescas que dice intentar no volverse una cínica más del star system, que hará una breve aparición en 30 Rock –como ya hiciera en Saturday Night Live–, que ha firmado con Revlon y –viendo el vaso medio lleno– se alegra de que sus primeros castings no la hayan seleccionado (léase, la tira Héroes): “Mi mamá solía conducir escuchando canciones country y recuerdo una vieja canción de Garth Brooks que dice ‘algunos de los mejores regalos de Dios son las plegarias no respondidas’. En mi caso hubo muchas y estoy tan agradecida. A veces, son las cosas que no ocurren las que te hacen la persona que sos’”. Amén.

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