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Viernes, 10 de febrero de 2012

DEBATES

La decision de Caroline

La muerte de una activista australiana por el derecho de las mujeres a parir dónde, cómo y con quien quieran en el curso de un parto domiciliario dio la vuelta al mundo, buscando imponerse como una forma de disciplinamiento eficaz: la que se basa en el miedo. Pero esta manipulación oculta otros datos que indican que la principal causa de mortalidad materna en el proceso de parto está asociada a intervenciones innecesarias convertidas en rutina.

 Por Roxana Sandá

La muerte de la australiana Caroline Lowell dio la vuelta al mundo. Justo ella, defensora central del parto domiciliario, murió luego de tener a su segunda hija en casa, lo que le valió una ola mediática internacional de críticas encarnizadas y no pocos giros irónicos sobre el revés sufrido y “casi merecido” en carne propia. La trama indigna alrededor de su muerte se tejió en los ataques de editorialistas velando por intereses de grandes corporaciones médicas y en una falta absoluta de esclarecimiento y seriedad a la hora de informar sobre los motivos del deceso. Por complicaciones durante el alumbramiento que derivaron en un fallo cardíaco, por una hemorragia que acabó con su vida antes de que pudieran asistirla; por un parto autorrespetado que, sin embargo, la mató al día siguiente en un hospital. Opciones volcadas con desorden y torpeza al solo efecto de confundir a la opinión pública para demonizar una vez más (y van...) el derecho de las mujeres a parir cómo, dónde y con quiénes ellas quieran.

Lowell, de 36 años, encabezó en 2009 una petición a las autoridades de su país para que el sistema de salud facilite a las que lo deseen la posibilidad de parir en casa con parteras y personal de asistencia. Su frase recurrente, “nuestra vida está en peligro sin ayuda de matronas por parte del Estado”, acompaña más que nunca los informes silenciados de organizaciones voceras del parto en casa como Homebirth Australia. “La muerte de Caroline Lowell es la primera de estas características registrada en el país desde 1999”, declara la vocera de la institución, Michelle Meares. El número de mujeres que fallecen durante el parto en Australia es uno de los más bajos del mundo, con una tasa de 8,4 por cada 100.000. En sus registros, ninguna de las 65 muertes de mujeres durante un parto entre 2003 y 2005, ocurrieron en sus casas.

“Una muerte materna siempre nos pone a reflexionar porque es un hecho desgraciado en momentos que debiera celebrarse la vida. Por un lado, es paradójico que Lowell, que dedicó su vida a luchar por los derechos de mujeres, niños y niñas a un nacimiento respetado, muera en ese mismo acto. Pero lejos de ser una advertencia, creo que es la oportunidad para poner una vez más sobre el tapete todas las disquisiciones sobre parto en casa o en la institución, sobre qué es más o menos seguro, derechos, estadísticas y leyes”, explica la partera Myrian Viceconte, del área de obstetricia del Hospital de Escobar y que junto con otras colegas asiste a mujeres que eligen parir en sus casas.

En la Argentina, menos del uno por ciento de los partos son planificados en el domicilio y asistidos por obstétricas. Sin embargo, las arremetidas periódicas contra una modalidad centrada en el respeto a la intimidad, al libre albedrío de los cuerpos, a la culminación de los embarazos en un ambiente amable y contenedor marcan la influencia inquietante de “quienes deciden qué atención recibiremos las mujeres: las corporaciones médicas”, reflexiona Marina Lembo, referente de la Asociación Nacional de Parteras Independientes. “Nuevamente, el botín de los intereses económicos y de control social somos las mujeres y los ciudadanos. Muy poco hemos cambiado desde la caza de brujas y la Inquisición; a pesar del matrimonio igualitario y del debate de la despenalización del aborto como evolución en la aceptación de la diversidad y acceso universal a la salud. Una vez más, la medicina establece qué pueden hacer otros agentes de salud eliminando ‘la competencia’, como lo hicieron a lo largo de la historia de la humanidad.”

La ginecóloga y obstetra Claudia Alonso, integrante de la organización Dando a Luz y coordinadora de la maternidad del Hospital Municipal Nores, de Tigre, desmitifica supuestos, porque “es mentira que parir es más seguro en la institución. En la ciudad de Buenos Aires vas a un sanatorio cinco estrellas y no hay anestesista, mientras que en los hospitales públicos todavía contás con ese profesional; en cualquier clínica del conurbano falta personal o no hay bancos de sangre. Ahora se muere una mujer y la noticia recorre el mundo. ¡En la Argentina mueren miles de mujeres, en treinta años no disminuyó la mortalidad materna y nadie se escandaliza!”.

Habrá que animarse a hacer, dirá Alonso, cambios profundos de paradigma, replantear cuestiones arcaicas que tienen que ver “con la sexualidad femenina y el control de la libertad para decidir sobre el propio cuerpo. Esto sucede porque se trata de mujeres y de intervenir o no el cuerpo de una mujer. Pero también implica cuestiones que tienen que ver con intereses corporativos. Las maternidades seguras y centradas en la familia que diseñó el gobierno revelan esas carencias: hasta ahora, las mujeres no tienen derechos”.

La Ley 25.929 de parto respetado fue aprobada el 25 de agosto de 2004 pero todavía no se conoce su reglamentación, por lo cual son pocas las instituciones médicas que garantizan el cumplimiento de lo que la norma establece cuando plantea el derecho a la información de la mujer en relación al embarazo, trabajo de parto, parto y posparto; a optar libremente sobre las intervenciones médicas que se le practiquen, a ser tratada con respeto y que se garantice su intimidad, a ser protagonista de su propio parto, a estar acompañada por una persona de su confianza y elección, y a tener junto a sí a su hijo o hija durante la permanencia en la institución. Alonso descree “de la voluntad política de reglamentar la ley. Habría que designar un presupuesto para capacitación, para reformas edilicias. Hoy la ley se presta a interpretaciones tendenciosas”.

La OMS recomienda que en condiciones de normalidad el sistema sanitario no requiera más de un 20 por ciento de episiotomías, 10 por ciento de utilización de fórceps; 15 por ciento de cesáreas en hospitales especializados y 10 por ciento en hospitales generales. En el país, según informes de la Asociación Obstétrica Metropolitana (AOM), los registros de cesáreas en los sectores público y privado ascienden a 30 y 70 por ciento, respectivamente. La Dirección Nacional de Maternidad e Infancia del Ministerio de Salud, por su parte, desgrana que en los hospitales argentinos 3 de cada 10 nacimientos son por cesárea.

Caroline Lowell sostenía que la partería independiente es más segura en partos de bajo riesgo. Lo confirman investigaciones científicas altamente respetables. Son las profesionales obstétricas con una visión humanitaria del parto las que evitan intervenciones innecesarias y proporcionan mayor satisfacción a las parturientas. Su asistencia resulta en menor mortalidad infantil, menor mortalidad neonatal y menor índice de bajo peso en el nacimiento. Practican menos amniotomías, realizan menos monitorizaciones fetales electrónicas de rutina, utilizan menos fluidos o medicación intravenosa, narcóticos y anestesia, incluido el bloqueo peridural para el dolor, menos episiotomías, fórceps, extracciones por ventosas y cesáreas. El conjunto tiene un plus divino: dice Michel Odent que al parir como desean, las mujeres recobran un saber ancestral intuitivo. Aquél que la obstetricia tradicional les fue quitando para sustituir un proceso fisiológico natural y para esterilizarles la dimensión emocional y espiritual del nacimiento.

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