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Viernes, 10 de febrero de 2012

PERFILES > ALICIA CASTRO

La embanderada

 Por Sol Prieto

“Cállate, zurdita de la calle Corrientes”, le gritó, agitado, el diputado justicialista Pedro Moisés a la entonces diputada del Frente para el Cambio, Alicia Castro. “¡Callate, torta!”, acotó, también sacada, la legisladora justicialista Marta Arnaldi. “¡Puta!”, agregó. En la madrugada del 10 de mayo de 2002, la Cámara de Diputados votó una ley que acortaba el plazo previo a que las empresas abrieran su proceso de quiebra. Esa ley formaba parte de un pliego de 14 puntos que el presidente interino Eduardo Duhalde había firmado con los gobernadores provinciales a pedido de la también interina directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Anne Krueger. Pocos segundos antes de los insultos, Castro había desplegado una bandera de los Estados Unidos sobre su banca. “Si el Congreso se va a limitar a ser la escribanía del FMI, yo sugiero que los responsables sean honestos y arríen la Bandera Nacional y procedan a seguir legislando bajo esta bandera”, dijo. “Gracias, señora diputada”, respondió en tono monocorde el entonces presidente de la Cámara, Eduardo Camaño, sin advertir que Castro avanzaba con la bandera, hasta depositarla en el estrado donde estaba sentado. Luego de pedirle que la sacara, y ante las reiteradas negativas por parte de Castro, Camaño instó a los diputados a promover una cuestión de privilegio y el justicialista pampeano Manuel Baladrón pidió el desafuero para Castro, pero la propuesta no prosperó. “Camaño me dijo que ofendía al Parlamento, pero lo que ofende son las leyes que votan, la sumisión a intereses contrarios a los de los argentinos”, explicó la diputada en una entrevista que dio a Página/12 minutos después de la pelea. “Estoy acostumbrada a buscar formas visibles de los conflictos, por la movilización de Aerolíneas Argentinas. Si no hubiéramos hecho visible el conflicto no habríamos sacado a Aerolíneas de la quiebra”, agregó.

Castro entró a Aerolíneas Argentinas a trabajar como tripulante de cabina en 1970. Tenía 20 años. En 1986 fue elegida por sus compañeros como delegada de su sector y en 1991 se convirtió en secretaria general de ese gremio, que condujo hasta el 2003. “Los dirigentes gremiales no nos tenemos que eternizar”, dijo para explicar por qué no se presentaba a la elección para presidir el sindicato por quinta vez. Para ese entonces, su liderazgo ya había trascendido las demandas netamente gremiales y había emprendido, a la par de la CTA –liderada entonces por Víctor De Gennaro– y del MTA –liderado por Hugo Moyano– una disputa contra la privatización de las empresas estatales, de los fondos de jubilación y pensión, y la reforma laboral impulsada por la “Ley Banelco”. El correlato de esas peleas cada vez menos particulares –cada vez menos aeronáuticas– y cada vez más generales y antiimperialistas está plasmado en su carrera política. En 1997 fue elegida diputada nacional por la provincia de Buenos Aires. Fue la segunda candidata de la Alianza en la boleta que encabezaba Graciela Fernández Meijide e integró la bancada del Frepaso. En 2001 encabezó la lista de diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires de la Alianza Frente Polo Social, liderada por el cura Luis Farinello, después de oponerse a la reforma laboral aliancista.

“Es la hora de América latina y quiero abocarme a ello”, dijo, también, cuando dejó la Secretaría General de su sindicato. Ya se venía abocando a la integración regional desde el Congreso, donde integró la Comisión Parlamentaria Conjunta del Mercosur, fue redactora del protocolo del Parlamento del Mercosur, vocal de la Comisión de Energía y Transporte y presidenta del Grupo Parlamentario de Amistad con Venezuela. En 2003, la Cámara aprobó un proyecto suyo en el que se proponía el ingreso de Venezuela al Mercosur. Castro participó de los primeros acuerdos en materia energética y de comunicaciones firmados entre Argentina y Venezuela. Todas esas acciones decantaron, en el 2005, en la cumbre en la que Argentina junto a Venezuela, Brasil y Bolivia rechazaron la propuesta de Estados Unidos de ingresar al ALCA.

A pesar de esas credenciales, en abril del 2006, cuando Néstor Kirchner la designó a cargo de la Embajada en Venezuela, el matutino La Nación tituló la nota referida a ella “Del avión a la diplomacia” y destacó que Castro “se encargó de desmentir hasta el cansancio los repetidos rumores respecto de que es ‘algo más que amiga’ del presidente de Venezuela”. El pasado 27 de enero, cuando la Cancillería comunicó que Castro estaría al frente de la Embajada en Gran Bretaña luego de haber estado tres años sin embajador, el título fue “La azafata antiimperialista que admira a Hugo Chávez”, probablemente porque el oficio ratonero de Castro, su pelo largo, sus piernas, y las curvas que muestra con trajecitos entallados generan inquietudes que atormentan a algunos periodistas y analistas políticos. El duhaldista Eduardo Amadeo expresó su reacción indignada en Twitter y dio a entender que el problema de Castro es que no es “una profesional”: “Alicia Castro. El conflicto con UK necesita profesionales, para defender nuestros intereses. No nos quejemos después si fracasamos en Malvinas”, escribió. Beatriz Sarlo, eligió pegar por otro lado: “Castro viene del mismo cargo en Venezuela y su chavismo es ardiente. Los símbolos pesan en la diplomacia”, manifestó en una nota de opinión. Castro, efectivamente, es una azafata, que resistió la quiebra de Aerolíneas, ahora reestatizada; apoya a Chávez –al igual que los venezolanos que lo votan– y es antiimperialista, porque se opuso a las leyes impuestas por el FMI. Su recorrido es el recorrido de la política de los últimos diez años.

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