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Viernes, 9 de marzo de 2012

TEATRO

Como agua que fluye

Cristina Banegas –a modo de especial festejo por sus 45 años de actuación– y Carmen Baliero –en su primera experiencia como directora– lograron convertir el fluir de la conciencia de Molly Bloom, en el último capítulo del Ulises de James Joyce, en una música hecha de palabras, en un devenir en el que las voces que reverberan en el pequeño cuerpo de Banegas arrasan como si fueran la corriente de un río. Un río poderoso, con nombre de mujer.

 Por Laura Rosso

Un río de palabras, de recuerdos, de ideas, de asociaciones que ocurren en la cabeza de Molly Bloom. Esa noche de insomnio su cabeza es un devenir. Es una cabeza sin censura.

Molly Bloom es el nombre del capítulo final del Ulises, de James Joyce. Es un monólogo estructurado en ocho oraciones sin signos de puntuación al que Cristina Banegas y Carmen Baliero transformaron en un concierto. “Molly es la música de la cabeza de una mujer”, dice Banegas. Juntas, intérprete y directora, tradujeron la palabra escrita a la voz y crearon “un viaje vertiginoso que exige una enunciación en velocidad”. Por eso no hay puesta en escena, hay una puesta de voz. Ese monólogo interior se inscribe en el cuerpo de la actriz. Banegas lleva a la palabra hablada ese vértigo que es la mente de Molly. Actriz y directora buscaron los ritmos, las tonalidades, las pausas, los silencios. Y sobre todo eso va Banegas, como volando sobre el discurso. Y para eso Baliero dividió, como en una sonata, cada una de las ocho oraciones en movimientos/unidades. Construyeron una partitura sobre la partitura del texto con sus “cadencias, crescendos y pianissimo”.

Vale la aclaración: pasaron doce años entre la primera traducción y adaptación que hizo Cristina Banegas de Molly Bloom a ésta, la definitiva. Resulta que, en aquel momento, las tratativas con el heredero de Joyce para conseguir los derechos fueron infructuosas. La gran noticia llegó con el 2012, porque al cumplirse los setenta años de la muerte del autor, la obra pasaría a ser derecho universal. El antiguo proyecto se revitalizaba. Y Cristina volvió “al alma encendida” de Molly Bloom. Esa adaptación del monólogo final de la novela Ulises acaba de ser editada por Leviatán con el nombre James Joyce. Molly Bloom, puesta en boca. Banegas trabajó en esta última versión junto a Ana Alvarado y Laura Fryd.

Este es un texto escrito en 1922 por un hombre. Molly Bloom empieza y termina su monólogo con la palabra sí, y en ese trayecto discursivo, mientras su pensamiento fluye, nos permite meternos en el interior de su cabeza, saber lo que piensa del amor, conocer sus fantasías sexuales y sus teorías sobre los hombres. Es un discurso transgresor para la época, ¿sigue siendo transgresor ahora?

Banegas: –Molly Bloom se corre totalmente de esa moral victoriana que reinaba en aquel momento, y que de alguna manera ha seguido operando en el tiempo. Molly recuerda fragmentos de canciones, se emociona, se ríe, se erotiza, despotrica, se calienta... y en esa noche elabora, va resolviendo en su cabeza y resignifica su pasado. Joyce dice que esas afirmaciones, los sí, son femeninas. Y esto me parece bien interesante: esta gran afirmación “femenina” es una celebración de la mujer. Hay una celebración por parte de Joyce de lo femenino. Nos está homenajeando este hombre escribiendo el monólogo de Molly Bloom.

Baliero: –A mí me da la sensación de que no es tan transgresor para la época, me parece que ahora estamos peor. Quiero decir, era una época moderna, existían institutos de experimentación sexual y Joyce tiene un pensamiento femenino sin ninguna lectura moral ni patológica. Me acordaba de algo que dijo Marx, cuando decía que las revoluciones empezaban con el grito de un poeta: hay algo de la revolución sexual y del pensamiento moderno que lo tiene Joyce. Hay una lectura que no tiene que ver con la enfermedad. Pensaba en Madame Bovary o en La educación sentimental, donde los personajes románticos de las mujeres siempre se destruyen o destruyen a un hombre. Se destruyen por el amor a alguien o son destruidas por adúlteras, como en La letra escarlata. Para mí, lo que tiene de reivindicatorio Molly Bloom es que ella goza. Molly no es un objeto sexual, ella utiliza su cuerpo y goza sin moral. Es un sujeto sexuado, con placer. Eso hace que yo lo quiera a Joyce especialmente, más allá del nivel intelectual absoluto y de su literatura. Molly Bloom es un sujeto sexuado sin moral y sin juicio de valor. No produce agresión de ella hacia el hombre ni del hombre hacia ella. Hace una utilización equivalente a cualquier monólogo masculino, que no se juzga de esa manera, como se juzgaría a una mujer. O sea que todavía hay que pensar en Joyce, porque la educación es masculina. Joyce es moderno y en Molly Bloom está haciendo la utilización del cuerpo humano como lo hace un hombre. Ella aprovecha la circunstancia para pasarla bien. Eso ya es libertario.

Banegas: –Es absolutamente libertario para Molly, que llega a esa reafirmación del amor, del deseo, de ella como sujeto deseante, y también para el que lee y para el que escucha. Yo he recibido de las mujeres que van a ver Molly Bloom que salen como “¡Vamos las chicas!”, “¡Sí, se puede!”. Salen con ganas. Se recibe justamente ese signo celebratorio y epifánico tan erotizado, tan deseante, tan gozoso. Que pueda ser recibido con la alegría con la que una recibe el deseo, el don del deseo.

Baliero: –Eso es extraordinario. No hay lectura moral porque no se lo dice a nadie. Entonces no hay coloquialidad en el monólogo. Molly no te está preguntando ¿qué opinás? No está emitiendo opinión, no hay interlocutor. Nunca reprime sus fantasías eróticas. El único lugar donde ella recula –para decirlo en términos de Molly Bloom– es solamente porque podría tener una enfermedad con los marineros. No porque estuviera mal, sino para preservarse. O sea que quiere su cuerpo, además. No se inmola. No inmola su cuerpo, lo usa. Ella es muy vital en ese punto. No es objeto de otro, que es lo que es la mujer hoy, también. Porque eso no se superó.

Y es la anti Penélope.

Banegas: –Una idea fantástica de Joyce, eso es genial. Esta es una Penélope que espera pero que no es fiel en la espera.

Baliero: –Busca una forma de esperar. Su forma de esperar. Eso es fascinante.

La sexualidad y la infancia son dos grandes ejes en Molly.

Banegas: –La sexualidad “barra” el erotismo, diría yo, como dos temas que no son exactamente lo mismo pero que están dentro del mismo barrio, ¿no? Y la infancia, sí. Y también las teorías sobre los hombres... Todo el tiempo hay algo como un ellos, hay un ellos hablando de los hombres, después vienen, y los ateos... porque todos se ponen así..., una teoría muy femenina de “los hombres son todos iguales”.

¿Siguen encontrando cosas nuevas en Molly Bloom?

Baliero: –Cada vez que lo leemos, o Cristina lo dice o lo analizamos salen más cosas, es infinito lo que hay escrito ahí. Es la trama secreta. Es la vida, como cuando mirás un jardín y ves una hoja, y un caracol, y una babosa, y una telaraña y sigue habiendo y no para y todo eso arma ese lugar. Por eso yo digo que es barroco. Todo arma el jardín, pero son millones de elementos que hacen que ese jardín exista y todos son fundamentales. No hay nada anecdótico, nada esteticista, nada didáctico, ni condescendiente. Es un ejemplo, no sólo para las mujeres, es un ejemplo para la literatura. No hay fisura en ese hombre. Y Molly es la mujer de ese hombre.

En el prólogo de Molly Bloom, puesta en boca vos decís que Molly tiene algo de imposible en el sentido de inscribir ese texto en un cuerpo, en una voz. En el escenario sólo estás vos frente a un atril, lo cual acerca a la idea de monólogo interior.

Banegas: –Exactamente, porque si vos lo que querés ser es una voz adentro de una cabeza, y eso lo vas a hacer en un teatro, la respuesta es: imposible. En principio, tomamos decisiones muy drásticas como no hacer una puesta en escena. No está el cuarto de Molly, no está durmiendo con los pies en la cabecera de la cama, no está la escupidera, no están las campanas de San Jorge. No. Es un concierto, es música. La música de los pensamientos, el fluir de la conciencia, es la pura subjetividad de una mujer absolutamente libertaria.

Baliero: –Una cosa es un texto escrito para ser puesto en escena y otra cosa es un texto para ser leído interiormente. Quisimos preservar el hito literario que significa Joyce y no soslayar que sigue siendo un libro y que Molly Bloom es el último capítulo de cientos de cientos de páginas increíbles, es el final de algo. Si no se transformaría en una obra de teatro. A mí me interesaba que tuviera la dificultad de la lectura y que, además, la lectura estuviera presente. De esta manera, hay algo más puro.

En Molly hay temas y disparadores hacia otros temas...

Baliero: –Adentro de las ochos oraciones hay reiteraciones fonéticas y reiteraciones concretas de palabras y temáticas. Hay concatenaciones. Son muchas tramas. Por otro lado, hay disparadores temáticos y, por ejemplo, la palabra judío la lleva al padre y se acuerda de las noches en Gibraltar, de la lluvia; o la florería le recuerda a la naturaleza, la naturaleza le recuerda a Dios, Dios a los ateos, y así seguimos. En Molly está el desengaño, está el amor, están las monjas, está la política, está la naturaleza. Todo es una cadena asociativa. Y, por ejemplo, cada diez oraciones aparece intercalada la palabra sí. Y después desaparece. Las ocho oraciones tienen unidades temáticas de ese estilo, y el sí, que está constantemente en el uno, no está en el dos, y vuelve en el ocho. Es un pensamiento profundamente moderno, está mucho más cerca de la música contemporánea que de la música popular. Es temático, pero es atonal.

Banegas: –Es como una rareza hacer esto, sobre todo tal como lo hacemos. Yo quería tener un recurso técnico para los momentos de más intimidad, de más subjetividad, de más secreto. De más “yo conmigo”. Ahí voy al micrófono, que me permite manejar los cambios de estado y los niveles de conciencia con esas amplificaciones sutiles que cambian la textura de mi voz. Hay algo que tiene que ver con la precisión absoluta que hay que tener porque finalmente lo que le ocurre le salta por pura asociación.

Carmen y Cristina trabajaron juntas por última vez en Medea, la puesta que Pompeyo Audivert dirigió en la sala Casacuberta del San Martín, que Cristina protagonizó y en la que Carmen hizo la música y la dirección del coro. En Molly Bloom ambas vieron que el texto era música, la música del pensamiento y del fluir de la conciencia. Por eso, enseguida sintieron que había que ponerlo en un formato de concierto. “Pero eso es porque Cristina es de un nivel de riesgo único. Tiene un nivel de corrimiento cuando decide algo con convicción que yo he visto en muy poca gente –dice Baliero–. Porque además, ella me había convocado para hacer la música, y cuando empezamos a escuchar se armó como un diálogo entre las dos. Cuando se aceptó eso, yo tenía mucho vértigo porque nunca había dirigido. Pero estábamos hablando de lo mismo, las dos concebíamos que esto era música. Y su voz, a mí, me lleva por un río. Estamos en el mismo río.”

Molly Bloom Viernes y sábados 22.30 Domingos 20.30
Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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