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Viernes, 11 de mayo de 2012

MUSICA

Cuaderno de anotaciones musicales

En diez temas, el novísimo LP de la actriz y música Liza Casullo, VelvetBonzo, arde y explota con la suavidad del terciopelo.

 Por Guadalupe Treibel

Detrás del arte rojo-incendiario que viste al disco VelvetBonzo, hay una leyenda que habla de canciones que nacen y se pueblan, de paisajes sonoros que se vuelven densos y avanzan, de un micrófono que se queda callado y es todo oídos. “Prueba y error. Me gusta el error, el desvío. El cuaderno no tiene renglones. Las canciones no son rectas”, continúa la pluma que, negro sobre encarnado, desliza Liza Casullo para presentar su primer larga-duración “oficial”. VelvetBonzo es un ser, un lugar, un estado de terciopelo incinerándose entre el líquido inflamable de las melodías”, define sobre este cuaderno de anotaciones musicales que decidió hacer sonar.

Hija de la periodista, investigadora y docente universitaria Ana Amado y del pensador y escritor Nicolás Casullo, pasó una década desde Ngkeka, el primer trabajo solista –“no oficial”– de Liza. En el ínterin, un poco de todo: Doris y tres discos en banda (el homónimo Doris, de 2002; Doyle, la opereta del gaucho drogado, 2004; Achacandá, 2006), su faceta actoral en el mundialmente festejado Mi vida después, biodrama de Lola Arias que se paseó por Alemania, Holanda, Noruega, Austria, Suiza, España, Francia, entre otros países; conciertos en plan solista y en compañía; soundtrack para obras teatrales y así...

Hoy, ardida en un arco musical que aprehende desde el desenfado o la carga emotiva, desde el gesto nostálgico o la actitud rock mejor entendida, Liza hace sonar su cuaderno entre exquisitas y delicadas llamas. Porque al velvet (anglo para terciopelo) le acompaña lo bonzo (el gesto público de rociarse y prenderse fuego como protesta o solidaridad), en una conjunción que titula y ella misma explica así: “Es una palabra compuesta que da cuenta –al mismo tiempo– de la suavidad y la combustión, de lo inflamable de los materiales que forman la música (melodías, voces). Para mí, la palabra tiene algo de temperatura; incluso, algo de inmolación”.

Si el sacrificio es la entrega, la ex Doris –banda emblema de principio de siglo por sus fusiones desfachatadas de folk, bossa, canción, psicodelia y otros– se vale de diez tracks para marcar esa dirección: la de ofrecerse a la canción y, en el trajín, darle al tema todo lo que necesita. Y pum. Explosión. Suave explosión. Porque el resultado, apuntará el crítico especializado Humphrey Inzillo, “trae paredes de guitarras y ecos spinetteanos, y navega entre el reggae experimental, el foxtrot y un free jazz. Siempre rodeado por un aura cinematográfica, melancólica y mágica”. “El lugar de expresión de VelvetBonzo es el del rock. No sólo porque mis influencias sean rockeras, sino también porque básicamente todo es con guitarra eléctrica y está marcado por lo que la guitarra eléctrica habilita, sean delays o cosas suaves. En base a la guitarra y la voz, fui sumando.”

Amén del hacer experimental, no sólo el mundo sonoro se abre de puerta a puerta; también las letras asumen la intención poética. Porque, sin una fórmula hecha, cada tema habilita un mundo y una manera de decir. Sean relatos que recuerdan a cierta forma mitológica o de tradición oral (“El imperio de Tonkom Heik”, “Nemort”), sean cuentos de personajes de antología (“Timoty Lain”), sean crónicas urbanas (“Bar Unión”), sean expresiones de amor/desamor (“Night Oil”, “Rojo Lojojo”), la riqueza del universo interior de Liza se manifiesta en cada línea. “Antes de caer el sol pensé tres cosas / La primera, no sabría traducirla / La segunda, la llevó el viento y no alcancé / La tercera, te veía, te reías / al hacer”, ofrece en la despojada y encantadora “Nubes en la distancia”, segundo track en lista de reproducción, primero con letra (el inaugural, “Seina Gaku”, viene en formato instrumental, al igual que los sensoriales “Sinfonía Q” y “Moebius”).

¿Cómo empieza a gestarse VelvetBonzo?

–Aunque tenía ganas de grabar un disco desde hace mucho, el impulso final de elegir este mundo de canciones fue en 2009. La primera decisión fue que sea rock, grabarlo en banda (en un comienzo iba a ser a dos guitarras pero sentí que las canciones pedían más potencia sonora y timbres) y me encomendé a lo que terminó siendo un proceso larguísimo en una búsqueda porque las canciones tuviesen sus climas, sumasen capas. Como paralelamente yo estaba de gira con Mi vida después, el asunto se fue deteniendo y tuve que volver sobre las canciones. Así que empecé a grabar mucho en casa para evitar la presión y el apuro del técnico de estudio, exprimiendo a fondo la no pre-producción, jugando con el ensayo y error. El error me encanta porque el pifie te muestra algo verdadero; es la toma que más llama. En el camino apareció Rado Valente, el productor del disco, recomendado por Federico Estévez, el baterista, y empezamos a juntar referencias. Se fue dando un intercambio muy interesante.

¿Qué referentes rondaban por tus altoparlantes en aquel momento?

–Desde Grizzly Bear por los delays, los fondos y los climas hasta Led Zeppelin por las guitarras o Tom Waits por la batería. Mucho PJ Harvey, Devendra Banhart o CocoRosie; no por el género en sí sino porque me parecían muy personales sus sonidos. Yo le mostraba un disco a Rado y él me decía: “Para lograr esto hay que usar tres micrófonos, una cámara acá, dos delays, etc.” y fui agudizando el oído. Trabajar con él me hizo entender lo que hace un productor. Suma tener una oreja fresca, con algo de distancia, con quien compartir este mundo y evitar la cercanía de la propia voz sobre la propia canción o los arreglos de una sobre la propia idea. Así fui buscando climas, un mundo sonoro y de efectos. Quería, por ejemplo, que “Tonkom Heik” fuera abierto y “Timoty Lain” más rasposo, trabajarlo desde el paneo y el vaciamiento; que hubiese un sonido de fondo lejano para abrir el espacio. Al ser canciones medio deformes, se prestaban a eso. Al momento de nombrarlas, eran más un territorio que una canción.

De hecho, temas instrumentales como “Sintonía Q” juegan con geografías o estados sonoros que conviven, se interrumpen.

–Son aproximaciones melódicas que, al ser instrumentales, son puramente climáticas; busqué climas que contrastasen y tuvieran que ver con la interrupción y una intensidad.

Canciones como “El imperio de Tonkom Heik” o “Nemort” parecieran instaurar una suerte de mundillo mitológico, con gigantes y volcanes, imperios de tierras vacías, reyes sin palacio...

–Es un lindo punto de vista, pero no fue un gesto voluntario. Simplemente me atrapan más las canciones que hablan de personajes o historias y no de una abstracción desplegada en sensaciones. Me interesan las canciones que se separan del yo. Me acuerdo que, de chica, escuchaba cassettes de Sui Generis y temas como “Tribulaciones, lamento y ocaso de un tonto rey imaginario, o no” me trasladaban a un mundo. O “Rocky Raccoon”, de Los Beatles, con ese desarrollo, ese drama y ese desenlace... ¡en apenas tres minutos!

¿De ahí que muchos de los títulos de los temas respondan a (particulares) nombres propios?

–En el caso de algunos instrumentales, me pareció que –al no tener letra– tenían necesidad de nombres propios que allanasen. En otros casos, como el de “Timoty Lain”, el nombre lo soñé y después surgió la canción. Tengo una memoria muy gráfica; para acordarme de cosas, las escribo en los sueños. Hace poco soñé otro nombre: el de Bill Gris, y estoy trabajando en su canción. Es sobre un burócrata aburrido, un tipo que trabaja en una oficina y, cuando llega a su casa, baja las luces, saca máscaras de un armario y se pone a representar escenas solo. Todavía no le encuentro el final; contar historias es difícil. Una vuelta leí una frase de Enrique Santos Discépolo donde decía que, con sus tangos, buscaba hacer lo mismo que su hermano Armando –que era dramaturgo– pero en dos o tres minutos y me pareció hermoso.

En 2009, participaste de “Mi vida después”, donde reconstruías la juventud de tus padres en los ‘70, la obra ensayística y literaria de tu viejo, tu nacimiento en el exilio, etc. Fueron varias temporadas y tantísimas presentaciones en festivales y teatros por el mundo. ¿Fue difícil repasar momentos familiares tan personales?

–Fue muy movilizante, en especial porque había muchas cosas que desconocía. Siempre hay anécdotas elegidas que una se sabe de memoria y otras que no. Cuando empezamos a ensayar, impulsó muchas conversaciones con mi viejo sobre su vida política, su militancia, su juventud. En el medio, se enfermó y murió. Entonces dejé los ensayos porque se me hacía imposible de dolor; todo estaba muy re-significado. Finalmente me dije: “No hay forma que no la haga” porque era un homenaje a él; mejor eso que hacer el duelo mirando una pared.

Tiempo atrás, contabas una anécdota de niñez, sobre cómo solías caminar por la calle Corrientes con tu papá, se metían en librerías y cada uno investigaba lo suyo: vos, libros para chicos; él, textos “para grandes”. Decías también que esas caminatas despertaron en vos el gusto por el tango. ¿Dirías que, de alguna manera, esa fue tu iniciación musical?

–Tengo el recuerdo de ver un programa de televisión con una enumeración de personajes en la mesa y sonaba “Cafetín de Buenos Aires”. Me encantaba ese tango. Me acuerdo haberle preguntado por la frase “La ñata contra el vidrio”; yo pensaba que ñata era una señora gorda y él me explicó que era la nariz, que era lunfardo y, así nomás, me abrió ese mundo desconocido. Me anoté la letra y la canté toda; después otras, como “Madreselva”. En el tango, había un feedback. De hecho, fue el intercambio más musical que tuvimos con mi viejo.

O sea que el camino musical lo fuiste cimentando por cuenta propia.

–Siempre hubo muchos vinilos en casa, más por el lado de mi vieja. Pero la verdadera conexión con la música fue con el punk, en la adolescencia. Ahí se despertó el encuentro de cosas que, para mí, se juegan en la música: afinidad musical, ideológica, cierta estética, rebeldía. Fueron años donde todo era Ramones, The Clash y nada más. ¡Olvidate de Discépolo! Pero todavía no sabía que quería hacer música. Siempre se jugaron en mí el teatro, la música y la carrera de Letras.

Carrera que empezaste...

–Y que voló primero. Después quedaron las otras dos, cabeza a cabeza. Entonces, empecé cursos de iniciación teatral y de voz en el Rojas, empecé a estudiar con Susana Rivero (una grossa que trabaja mucho la escuela de Eugenio Barba y Grotowski y que –para mí– fue una revelación como teatro antropológico y de laboratorio). Después arranqué con Ricardo Bartís, Cristina Banegas. Pero como tanto el teatro y la música son mis dos pasiones, siempre intento buscarles el punto de unión.

Como ocurría con las puestas de los shows de Doris...

–Con Doris había una inquietud por lo escénico, desde el vestuario hasta las imágenes. Le dábamos pelota a ese acontecimiento espacial concreto, más allá del hecho de grabar discos. Y aunque yo era el motor de ese interés, todos lo compartíamos. ¡Me acuerdo de buscar cinco tipos de telas para hacer inventos baratos! Disfruto mucho cuando lo visual se toma como parte y no se trata sólo de lo auditivo, porque la experiencia es integral.

¿Estás trabajando en algún proyecto que sume disciplinas?

–Hay una pintora mexicana que me encanta, Leonora Carrington, surrealista, con un vuelo muy increíble de personajes y lugares. Sus imágenes me interpelan; cada cuadro me lleva a pensarlo musicalmente. Entonces me dije: “¡Qué ganas de hacer algo auditivo!” y, aunque aún no hay nada compuesto, sí hubo muchas sesiones de improvisación con Julio Benavídez, un amigo luthier de instrumentos medio extraños. Pero la idea no es hacer un disco sino pensar un sonido que genere espacio. No es un disco, no es teatro y no termina de ser una instalación. Hay algo de formato sobre lo que todavía doy vueltas sin dirección. Es parte de esta inquietud por relacionar lo sonoro con otras disciplinas.

Inquietud que también se manifestó en 2006 cuando, junto a Gabriela Saidón y María Villar, llevaron adelante El enigma desvelado, una puesta en espacio de textos de Norah Lange donde integraban teatro, música y literatura. ¿Sigue en pie ese grupo de investigación que armaron las tres?

–Seguimos, sí. Ahora estamos trabajando sobre tres arias de ópera –Macbeth, Dido y Eneas y Madame Butterfly– con la idea de intervenirlas, trashearlas bastante, abordarlas desde lo experimental y ponerlas en escena. La idea es de María y, aunque todo está muy verde, vemos que son textos impresionantes, muy dramáticos, con mujeres que se matan.

El 18 de mayo volvés a tocar con Doris. ¿Cómo fue reunirse con la banda después de cinco años?

–Es muy lindo reencontrarnos porque la separación fue una atomización muy de un momento para el otro. Nunca hubo un “terminamos”; simplemente se deshizo. Un final predecible pero repentino. Muchas personalidades juntas dinamitan... para bien y para mal. Todos teníamos algo que no terminábamos de llenar compositivamente ahí; nos censurábamos la libido creativa y se sentía en los ensayos. De ahí que Doris eclosionase en tantos proyectos simultáneos, como Michael Mike, Onda Vaga o Valeu! Ahora, encontrarnos con esas canciones tan raras es extraño: Te retrotrae a lo que eras y a cierta lógica musical. Porque, como en su momento no sacaba las canciones con notas, ahora que las retomo necesito volver sobre una memoria física real, volver a la posición madre y esperar que llegue.

¿Planean hacer sonar esas canciones en más de una ocasión?

–No, es sólo por esta fecha.

Vía web, abrieron el juego a los fanáticos, ofreciendo tocar los temas que ellos pidiesen en la fecha. ¿Cómo viene el ranking?

–Nos piden de todo; desde “Asvets” y “Todo”, del primer disco, hasta “Mario Mactas”, del último. Pero, además de las más pedidas, van a entrar las que queremos tocar nosotros, cosa que no es fácil porque, una vez que empezás y entrás en esa sintonía interpretativa, ¡tenés ganas de repasar todo el repertorio! Lo que es seguro es que el show va a ser más tirando al rock.

Ahora, a la distancia, ¿cómo ves esas canciones?

–Con cariño, desde ya. Y algo de extrañamiento al no recordar bien cómo llegamos a hacer esos chorizos psicodélicos. Aunque, sí, ensayábamos una bocha y cada canción era una búsqueda, un laburo que empezaba con una idea básica que llevaba uno con una criolla y cierta relación con la improvisación. En ese sentido, mi manera de componer sigue siendo muy Doris. Improvisar me resulta primordial cuando escucho y cuando hago; esa “parte loca” que trae espontaneidad y magia hace que el tema sea único.

Liza Casullo tocará con Doris el viernes 18 de mayo en Niceto, Niceto Vega 5510.

La presentación oficial de VelvetBonzo, su disco solista, será el jueves 14 de junio en Ultra, San Martín 678.

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