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Viernes, 21 de septiembre de 2012

CINE

Lo mejor de mi vida

En otra actuación memorable de Meryl Streep, ella construye a Kay, una mujer que tiene la valentía de elegir la soledad, si es necesario, antes que renunciar a la última parte de sí misma.

 Por Marina Yuszczuk

Kay lleva 32 años de casada con Arnold y para el aniversario se regalan televisión por cable. Los dos tienen alrededor de 60, hijos ya crecidos que formaron sus propias familias y viven en esos suburbios de película, con amplias veredas sembradas de pasto donde transcurren la mayoría de las comedias románticas. Sólo que la vida de Kay y Arnold parece condenada a ser lo contrario: ellos no son una pareja que se acaba de conocer y que por eso descubre que el mundo brilla, sino que representan el costado deslucido del asunto, el “30 años después” que los encuentra rutinarios y hermanados, casi invisibles el uno para el otro. Así comienza ¿Qué voy a hacer con mi marido? (un título bastante vulgar para una historia que en inglés se llama Hope Springs, haciendo un juego de palabras entre el lugar al que viaja el matrimonio y la esperanza de un cambio), la nueva película del director de El diablo se viste a la moda, en la que Arnold es Tomy Lee Jones y Kay es ella, la única, la diva, la reina y soberana de todas las mujeres, Meryl Streep, tanto más hermosa a medida que los años le fueron limando lo anguloso de las facciones y agregándole capacidad de emoción hasta niveles insospechados.

Amar a Kay es condición excluyente para entrar en esta historia, porque se trata de acompañarla en un camino a pura dificultad que por momentos tiene más suspenso y peligro que todas las de Indiana Jones juntas: el de lograr que Arnold, por algún medio, después de años de comportarse como si ella fuera apenas un apéndice de él, la registre. Por eso son tan importantes los primeros minutos de la película, donde se nos presenta al personaje de Streep en sus gestos silenciosos, sus palabras interrumpidas, su modo de acusar recibo físicamente cuando Arnold la lastima con actitudes que nadie más que nosotros, espectadores, parece ver. Ya saben: esa violencia sutil que no se reconoce como maltrato pero que cuando se prolonga, día tras día, ofensa tras ofensa, puede aplastar el corazón de la más dura. O convencerla de que en una de ésas no es una persona. Meryl Streep puede ser una diva en la alfombra roja pero también sabe como ninguna ponerse en la piel de esas mujeres, prestarles su delicadeza, dar a entender a la cámara con gestos suaves que hay una corriente de dolor profunda detrás de esa cara femenina trabajada por el tiempo. La reconocemos enseguida, no cuesta nada sentirla cerca, porque la verdad es que Kay es todas nuestras madres. Una generación de mujeres educadas para sostener una familia, casi se podría decir que a toda costa, y a veces al precio de ir dejando por el camino demasiadas expectativas con respecto a lo que significaba estar al lado de un hombre, sentirse acompañada, tener una vida cotidiana pero también disfrutar en dosis moderadas de un alimento tan vital como el romance.

Todos los que conocemos a alguna de estas mujeres sabemos que no piden mucho pero que tampoco se conforman con nada, entonces viene muchas veces la queja, el reproche silencioso o, lo que es peor, verbalizado y condenado por el hombre con argumentos como “Sos infantil” o “Estás loca”. De todas formas y muy lejos de la lástima, la película toma a Kay en su costado más activo, el de una guerrera que invierte todos sus ahorros en pagar una semana de terapia de pareja en Maine para ella y su marido y le da un ultimátum: “Vos hacé lo que quieras, pero el avión sale mañana y yo voy a estar en él”. Porque ojo, detrás de tantas amas de casa que parecerían perderse a la sombra de un marido que las tapa con un vozarrón fuerte hay un ejército de mujeres que sostienen la vida cotidiana, que cuidan y siguen cuidando a los suyos contra viento y marea, que se quejan porque se saben merecedoras de algo más y que de vez en cuando, como Kay, se juegan el todo por el todo para conseguir el matrimonio que desean, incluso después de 30 años de costumbre.

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