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Viernes, 5 de septiembre de 2003

POLíTICA

Más que brecha es una herida

La premisa que reza que a igual trabajo corresponde igual salario es una utopía cuando se trata de varones y mujeres. La brecha de ingresos entre los géneros se abre desde lo más bajo de la pirámide –es del 17,5 por ciento entre trabajadores no calificados– hasta convertirse en abismo en los sectores más preparados. Hubo un solo momento en que las cosas se emparejaron: fue al final de los ‘90 cuando la desocupación puso un pie de plomo sobre ambos géneros.

Por Soledad Vallejos

A veces, la discriminación tiene formas misteriosas. Suele pasar que es la vida cotidiana el lugar donde la política discurre más o menos parsimoniosa y con una cara de inocencia tal que apenas se la nota lo suficiente como para hacerle preguntas. Porque si los gestos, las costumbres, las palabras que enmascaran diferencias y sentencias (establecidas no queda muy en claro cuándo ni por qué) van sedimentándose hasta ser asumidas sin demasiados conflictos, ¿qué podría decirse de situaciones que fueron legalizándose de manera claramente institucional a lo largo de la historia? Digamos, por ejemplo, que en la Argentina, la clásica figura de la mujer que a mismo trabajo y misma calificación que un hombre recibe un salario notablemente menor está bastante lejos de ser una simple cuestión retórica. Si desde los ‘90 a esta parte la precarización laboral, con sus oleadas de trabajo en negro, horarios infinitos por sueldos mínimos y tareas que poco exigen de las capacitaciones adquiridas fueron abriendo una brecha social con una capacidad polarizadora apabullante, una mirada más atenta demuestra que esa desigualdad cobra dimensiones alarmantes cuando se la observa desde la perspectiva de género. De acuerdo con datos recientes del INdEC, en promedio, el salario de las mujeres es un 25 por ciento menor al de los hombres; son ellas quienes predominan en el sector informal de la economía, y también quienes ven cómo el abismo económico que las separa de los hombres se profundiza en los sectores profesionales más exigentes. Son ellas, además, las que mantienen el 30por ciento de los hogares del país, las que integran mayoritariamente la nómina de beneficiarios de los planes Jefes y Jefas de Hogar, y las que, a pesar de la idea de pobreza que suele asociarse a esa situación, suelen evitar con mayor eficacia perderse por debajo de la línea de pobreza. Si un caso no marca tendencia, tal vez el camino que señalan estas cifras, en cambio, hable de una desigualdad de género, más que pasajera o anecdótica, que en Argentina quiere convertirse en rasgo político estructural. Porque, ¿cómo negar el peso fuertemente político de avatares tan cotidianos como los del terreno laboral?

Igualdad para abajo
“Una de las cosas de las que no se habla es de las diferencias al interior de los géneros. La cifra de la brecha económica social, de la desigualdad entre sectores sociales, es tan impactante que oculta la desigualdad económica entre hombres y mujeres”, explica Camila Morano, que desde sus tareas en la Encuesta Permanente de Hogares viene desarrollando indicadores y lecturas estadísticas relacionadas con el género. Los datos recogidos en octubre del año 2000 indican que, en promedio, el salario de las mujeres es un 25% inferior al de los hombres, pero que esa tendencia se agudiza en sectores con alta calificación laboral y educativa: entre encuestados y encuestadas profesionales (con estudios universitarios completos), la diferencia trepa al 40% en detrimento de las mujeres, y llega al 30% en el caso de estudios terciarios completos. Curiosamente, la brecha es menor entre quienes registran menores estudios y desarrollan tareas manuales y no calificadas: 17,5%. Hace no demasiado, sin embargo, se registró un momento de menor discriminación económica:
–Hay una tendencia a la mayor inserción de la mujer en el mercado de trabajo, pero eso de ninguna manera garantiza igualdad –señala Morano–. En realidad, a fines de los ‘90 se produce un mayor acercamiento de estas cifras entre hombres y mujeres, pero por lo que se podría llamar “igualdad para abajo”: los indicadores de los varones tienden a parecerse más a los de las mujeres. Cuando la tasa de desempleo rondó el 20%, se produjo esa igualdad para abajo tanto en ingresos como en desempleo, porque el deterioro de la fuerza de trabajo masculina hizo que los indicadores de los hombres se acercaran a los indicadores de la fuerza de trabajo femenina. En ese sentido, el trabajo de los varones se parece más al de las mujeres, no el de las mujeres al de los varones: el de las mujeres no mejora –explica Morano.
La paridad económica y laboral efímera, entonces, vino acarreada por un empeoramiento de las condiciones de trabajo en términos generales: en los momentos más ríspidos de la crisis que subió a De la Rúa al helicóptero, los hombres empezaron a conocer más de cerca lo que la estadística denomina “subempleo horario” y que no es otra cosa que trabajar menos de lo deseado o lo necesario. Ese es, de acuerdo con Morano, uno de los rasgos característicos de la precariedad laboral que, desde hace tiempo, suelen arrojar las investigaciones sobre mujeres y trabajo, “un indicador típico de mujeres” que creció de manera voraz durante los años menemistas de la mano de la mayor holgura de la clase media. En los sectores crecientemente empobrecidos, la necesidad de contar con más ingresos familiares “fue un profundo movilizador de la salida de las mujeres al mercado laboral, pero eran en su mayoría mujeres de sectores populares que se dedicaban al servicio doméstico, porque todavía las capas medias estaban en condiciones de sostener el trabajo de otros sectores sociales. Cuando la clase media se pauperiza, esas mujeres pierden posibilidades de trabajo. Entonces, son doblemente víctimas del modelo”.
A diferencia de otros países latinoamericanos, en Argentina no sólo hay mayor cantidad de mujeres con estudios secundarios y primarios completos sino que, además, las jóvenes cuentan con mayores niveles educativos que las adultas, e inclusive que los hombres de su misma edad. Sin embargo, tal como señalan Daniela Chubarovsky, María Rosa Diez de Ulzurrún y Laura Rodríguez, de la Dirección de Estadísticas Sectoriales del INdEC, algo menos de la mitad de las mujeres (el 40%) se dedica a tareas no calificadas, y más de la mitad tienen niveles educativos superiores a los requeridos por su trabajo. Hablando mal y pronto, estos datos refieren que la mayor preparación no necesariamente se traduce en una mejor posición en el mercado laboral, a lo que es necesario añadir la discriminación a la hora de las remuneraciones. Por otra parte, en aquellos sectores donde la presencia de mujeres resulta mayor que la de hombres, hay una tendencia histórica (mundial, y no sólo argentina) al descenso de los salarios, tal como señala Diez de Ulzurrún, una reacción que suele acompañar a la baja valorización económica de las actividades reconocidas como “tradicionalmente femeninas”: la docencia, los puestos auxiliares de profesionales hombres (enfermería, secretariado) y de actividades de limpieza. Es una “suerte de prolongación del rol doméstico en el mercado de trabajo... si no se paga dentro del hogar, ¿cómo se va a pagar bien afuera?”.
Mientras que en las actividades que requieren menor calificación, tales como el servicio doméstico y las que involucran trabajo manual, la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres se achica, el ámbito profesional ofrece una brecha abismal. Es en los sectores profesionales donde las trabas para el avance femenino se van refinando y sofisticando hasta un punto asombroso: no sólo ellas cobran salarios menores, sino que la posibilidad de percibir mayores ingresos se corresponde directamente con la posibilidad de revistar en las filas de grandes empresas. ¿Y adivinen qué? Son los hombres quienes tienen mayores posibilidades de formar parte de esas empresas. Un informe publicado en 1994 por la Cepal relevaba que “en ningún país se paga una remuneración equivalente a hombres y mujeres con el mismo nivel de instrucción”. Bastante lejos, convengamos, del cuarto propio que Virginia Woolf exigía para que las mujeres pudieran dedicarse a la literatura, y muchísimo más todavía del reclamo de educación y posibilidades igualitarias, esa misma realidad fue retomada por la (ex) combativa Shere Hite en su Sexo y negocios (publicado en el año 2000): “Un estudio realizado en Inglaterra indicaba que igualar los sueldos de las mujeres a los de los hombres le costaría 400 millones de libras al gobierno”. ¿Cuánto podría costar en Argentina, teniendo encuenta que la discriminación no reconoce fronteras entre el terreno del trabajo público y el privado?

Parece que fue ayer
Las mujeres argentinas desafiaron los umbrales que las guardaban en las sombras de lo doméstico en un momento bastante temprano, a diferencia de lo que el imaginario popular y las películas en blanco y negro rescatan como figuras femeninas tradicionales. De acuerdo con el Primer Censo Nacional, llevado adelante durante la presidencia de Sarmiento, más de la mitad de ellas (el 59%) pasaba unas cuantas horas en tareas agrícolas y artesanales hacia 1869. Más o menos por esos años, un boletín oficial indicaba que las tejedoras, entregadas a la doble jornada sin salir de sus casas, ganaban bastante menos que sus pares hombres por el mismo trabajo. Con el correr de los años, la cantidad de mujeres trabajadoras fue descendiendo, hasta que la incipiente industrialización de los primeros años del siglo XX comenzó a reclamar una mano de obra que se sindicalizara menos y callara más que los hombres. Nuevamente entonces “las mujeres recibían salarios más bajos que los de los hombres, con lo que aumentaban el beneficio empresario en una actividad en la que eran altamente productivas –dice Fernando Rocchi en Historia de las mujeres en la Argentina–. En la fabricación de alpargatas y sombreros, según un informe elaborado en 1907 por la Unión Industrial para el Ministerio de Agricultura, el salario de los hombres casi duplicaba al de las mujeres; en las fábricas de caramelos, chocolates y galletitas llegaba a triplicarse”. Son pocos, sin embargo, los datos con que se cuenta actualmente para historizar esa etapa de la vida laboral femenina, por lo menos para poder trazar un mapa que permita vislumbrar los procesos en que las mujeres y el espacio económico público se cruzaron. Y es que, tal como plantea Verónica Arruñada, de la Dirección de Estadísticas Sectoriales del INdEC, “esa información no se procesaba porque no era una cuestión social, no estaba planteado en la agenda pública como una cuestión social”.
Con la incorporación de los niños, la cruzada conservadora comenzó una larga lucha por preservar a los ángeles del hogar de las durezas de la vida fabril y la participación en la vida pública, que podía llegar a incluir, como sucedió con los congresos feministas fogoneados por chicas como Julieta Lantieri, el reclamo de igualdad salarial y derecho al voto. El conflicto, sin embargo, derivó en una solución salomónica: las mujeres fueron asignadas, progresivamente, a actividades de cuello blanco. Dependientas de grandes tiendas de departamentos, empleadas de comercio, telefonistas, y todo otro tipo de labor que significara la dedicación al prójimo, el rol de auxiliar siempre dispuesta a solucionar asuntos de los demás, con su consecuente nula posibilidad de avances o de generar proyectos propios. Si, por un lado, la determinación para arrojarse de cabeza al mundo del trabajo, aún cuando tuviera la conciencia de que la retribución no la equipararía al hombre ni le aseguraría una total independencia, habla de una mujer convencida de la necesidad de afirmarse como sujeto más allá de los roles familiares (la madre, la esposa, la hija, todas ellas abnegadas y guardianas del honor masculino), el hecho de resignar ambiciones para amoldarse a reformulaciones de la imagen tradicional no terminaba de transformar, en realidad, demasiado. Era 1949 cuando Simone de Beauvoir escribía en El segundo sexo que “la mayoría de las mujeres que trabajan no se evaden del mundo femenino tradicional”, y que “la estructura social no ha sido profundamente modificada por la evolución de la condición femenina”. Siendo 2003, y Argentina, ¿que tan legítimo es hablar de la desigualdad económica y laboral como de un “fenómeno”?

¿Pobres jefas?
Quiere una idea fuertemente instalada desde hace un par de años que la jefatura del hogar ejercida por una mujer se asocie, de manera directa, a situaciones de vulnerabilidad y pobreza. Se asume, aun prescindiendo de las cifras sobre la brecha de salarios entre géneros, que cuando es una mujer quien lleva los mayores o los únicos ingresos a una casa, esa casa, esa familia, está cerca o por debajo de la línea de pobreza, cuando no de indigencia. Sin embargo, en Situación de las mujeres en la Argentina, una publicación realizada por el INdEC con el aporte de Unicef, la elaboración de datos de la Encuesta Permanente de Hogares arroja conclusiones absolutamente diferentes. Cerca del 80% de las jefas de hogar viven con sus hijos o solas (es decir, son muy pocas de ellas las que viven con sus cónyuges), y “la presencia de la mujer en la jefatura del hogar es menor en los hogares en situación de pobreza”. El 40% de los hogares con jefatura masculina se encuentra bajo la línea de pobreza, mientras que entre los que cuentan con jefatura femenina, el 36% son pobres. Algo muy similar ocurre con los hogares indigentes. Y es que la jefatura femenina como indicador de vulnerabilidad está muy discutido actualmente, en especial porque es necesario que ese indicador estadístico, para que realmente arroje un poco de luz sobre una situación específica, debe ser cruzado con otros datos, como los de estratos de ingresos, cantidad de niños a cargo, y organización del hogar. Tal vez sea en las estrategias cotidianas, en las redes de solidaridad barriales o entre mujeres en situaciones familiares, donde se juegue la diferencia. En esos casos, “las mujeres tienen triple jornada, no doble –señala Camila Morano–... ¡por eso vamos a terminar alcanzando la esperanza de vida del varón, que es menor a la de las mujeres! Las mujeres son las encargadas de las redes barriales. Muchas mujeres salen a trabajar, se encargan de la casa, y, además, de los trabajos comunitarios, de los reclamos barriales y la participación. En los sectores populares esto pasa mucho, en la clase media no porque todavía es vergonzosa”.
Entre los beneficiarios de los planes estatales para Jefes y Jefas de Hogar, la presencia femenina es mayoritaria: el 70%. Aunque, en realidad, no todas ellas son jefas, sí son en muchos casos las únicas que cuentan, gracias a este subsidio, con un ingreso mensual más o menos estable, porque sus cónyuges suelen desempeñarse en trabajos temporarios más que precarios. La gran mayoría de las mujeres que perciben el plan, lejos de lo que quieren suponer algunas informaciones dudosas, dan una contraprestación laboral por el dinero que reciben. “Sobre 800 mil beneficiarios en total, entre hombres y mujeres, que lo reciben, 600 mil brindan alguna contraprestación –afirma Camila Morano–. Esta ha sido otra fuente laboral para las mujeres en el año 2002, si se piensa que son 560 mil mujeres las que lo perciben: son casi tantas como las que trabajan en comercio en todo el país. Prácticamente, este se convierte en el principal sector de ocupación”. En un marco de empobrecimiento generalizado, y habida cuenta de que las estadísticas desmienten rotundamente los discursos que tan fuertemente enlazan la feminidad y la pobreza, ¿por qué es que, de todas maneras, se instalan?
Son dos, señalan los estudios, las enormes, desalentadoras brechas que marcan en este momento a la Argentina: la desigualdad social y la de desigualdad de género. Y en el caso de las mujeres, está visto, esas desventajas se cruzan sin pudor.

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