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Viernes, 5 de septiembre de 2003

INTERNACIONALES

El dolor más profundo

Cuando fue asesinada por su pareja, Bertrand Cantat, Marie Trintignant encarnaba a Colette en un film dirigido por su madre, Nadine. La misma que en 1977 se confesaba enferma de celos hasta que conoció el verdadero dolor, el de la muerte de su hijo. Amarga paradoja la de ver morir a otra hija, más de 20 años después, y tener que escuchar que fue Marie quien provocó la golpiza con sus celos enfermos, en una adaptación absurda –y conocida– de la teoría de los dos demonios.

Por María Moreno

La vida tiene argumentos tan atroces, tan inverosímiles que de ser una autora material y concreta no podría encontrársele editor. En 1977, para un libro titulado Los celos, un conjunto de entrevistas realizadas por Madeleine Chapsal a celosas célebres entre las cuales estaban también la actriz Jeane Moreau y la escritora Pauline Reage, Nadine Trintignant confesaba su pasado de mujer a la que un hombre podía poner fuera de quicio.
“Yo era más bien masoquista, me gustaba verme sufrir, e incluso añadir nuevos sufrimientos, me inventaba historias para conseguirlo. Era una manera de ir más allá de mí, de descubrirme. Y después, un día, encontré el verdadero sufrimiento y se acabó el masoquismo. El verdadero sufrimiento es la muerte, lo irreparable. Murió un niño, el mío.” Antes de que una larga noche de escenas de celos mutuos terminara con el coma seguido de muerte de su hija Marie, otro hijo había muerto provocándole un dolor que convertía en nimiedad lo que al parecer había sido una angustiante experiencia de celosa. A lo largo de la entrevista, Nadine cuenta el sufrimiento vivido a través de su relación con diversos hombres casados, un sufrimiento que ya había sentido en su infancia cuando, acostada sobre el pecho de su madre, sentía horror sabiendo que pronto se levantaría dejándola. Desde entonces había adquirido la costumbre de levantarse antes que su amante, incluso de madrugada, por no poder soportar el momento en que éste saltaría de la cama para ir hacia el día, hacia los otros. La muerte fue lo único capaz de relativizar esos celos: “Me acuerdo muy bien lo que sentía antes de la muerte de mi hijo, pero al mismo tiempo eso no es nada. ¡Si la persona que uno ama está viva, eso es lo esencial, que viva como quiera! ¿Qué es, en realidad, ser engañada comparado con lo irremediable de la muerte?” Siniestra certeza que parecía dirigirse a modo de una advertencia inútil a Bertrand Cantat el hombre que, en un hotel de Vina, Lituania, golpeó a su hija hasta matarla. “Aun en lo peor de los celos, uno sabe que va a poder liberarse de ello, que habrá otra posibilidad de ser feliz. Mientras que con la muerte todo está acabado, es irremediable. No hay más posibilidad de nada. Es por eso que, si estuviera celosa ahora, me diría: ‘Desde el momento en que él está vivo y yo también, lo demás me importa poco. Eso barre con todo”, insistía. Por dos veces, Nadine Trintignant que en su película Voyage de noces estudió los celos casi como un modo de distanciarse de ellos, vivió a través de la muerte de un hijo el absurdo de bajar al subsuelo de las pasiones, de regodearse en él.

Qué coraje
El público, gran asesino imaginario, ha gozado según las épocas y los lugares de la subida al cadalso en vivo y en directo, estremeciéndose dehorror complaciente al escuchar el chasquido de la cabeza al caer en la ritual canasta. Ha vigilado el rictus de desdén con que el psicópata enfrentaba a las cámaras antes de subir a la silla eléctrica y ha leído los informes de la Conadep con un ánimo que, disfrazado de toma de conciencia, confundía la tortura con la pornografía. En versión más benigna asiste a la rehabilitación de Maradona o la de Charly García sin sospechar que detrás de sus discursos piadosos o de sus llamados al orden el público pueda gozar de las desgracias de los que parecen tenerlo todo. Y ahora goza de los pormenores de este crimen que acerca aún más al mito de Jim Morrison a este Cantat, que se demacra embelleciéndose ante las cámaras fotográficas en la rara Lituania que tanto debía gustarle antes, a él a quien le gustaban tanto los países un poco torcidos en los beneficios de la globalización, los un poco bárbaros, los que no se miran en Europa o no forman parte de ella o los que vienen de grandes genocidios de nativos. Porque Cantat es un letrista del antirracismo, de los sin tierra y de todo desposeído sólo que, como cuando Carlos Monzón dijo: “Les pegué a todas y nunca pasó nada” o “Alicia ya me debe haber perdonado”, empieza hoy a anotarse en la teoría de los dos demonios llevada al plano pasional, aunque no por eso menos político. Entonces afirma ante el escándalo del abogado de los Trintignant que fue Marie la que empezó, que estaba totalmente histérica y celosa de su relación con Christine, una mujer con la que tuvo un hijo y a la que había abandonado en el mes de febrero. “En un ataque de furia me pegó, caí, me golpeé la espalda y eso me hizo revivir un viejo dolor por lo que perdí el control y la abofeteé, desgraciadamente, con violencia”, declaró el 22 de agosto. Al mismo tiempo que involucra al hermano de Marie, Vincent en el cargo de negligencia diciendo que él había entrado en el cuarto, mirado a Marie ya en coma y no haber observado nada en particular (el abogado de los Trintignant, Georges Kiejman, dice que demostrará que Vincent no entró al cuarto en el que estaba su hermana, mientras que Cantat tardó varias horas en pedir ayuda). Es decir, cuando ya muchos consideraban que el feminismo más imprescindible de los setenta ya se había instalado definitivamente en las leyes y la acusación de victimizar a los victimarios de la violencia doméstica sonaba paleolítica, un cliché del feminismo solterón y resentido, aquí está este Cantat cantando la culpa de su víctima. En los sites del grupo Noir Desir, al que pertenecía, algunos mensajes son de fans que dicen haber metido sus CD en el placard, cuando no haberlos partido en dos en nombre de Marie. Pero en otros triunfa la razón estética: “Vos que me hiciste con tus bellos poemas comprender de nuevo que el rock francés no había muerto”, “vos que hiciste que me comprara la primer guitarra” y al pie insistentemente la palabra “coraje”. Miles de “Bertrand, no estás solo”, algunos con propuestas reformistas y obscenamente prácticas como sugerirle que escriba una canción a Marie, que la grabe y las ganancias sean para los hijos de ella. Pero sobre todo hay mensajes que buscan equivalencia entre criminal y víctima. “Tú has destruido la vida de Marie que amabas tanto pero igualmente has destruido la tuya” (Etoile Filante); “yo pienso en ti tanto como en Marie pero para ti es peor estar vivo” (061078).
Alex Cox mostraba en la película Sid y Nancy, ya desde el título esa supuesta igualdad pasional: era la pequeña groupy de los Sex Pistols la que había iniciado a Sid en la droga, la más desesperada, la más violenta, la que le había pedido que la matara como madame Althuser a su marido (¿será éste el verdadero feminismo viril: cumplir el deseo de la amante incluso el de matarla?). Conclusión: las mujeres se hacen dar. Según las sobrevivientes de los campos de concentración argentinos el hacerse dar era el reproche más común escuchado durante la tortura. Culpabilidad moderna de la voz pasiva. Es cierto que entre los que insultan a Cantat pueden existir las peores razones: habría en la violencia estética del punk rock, con sus habituales contusiones, narices rotas y escupidas a distancia, su canilla libre y sus psicofármacos, un potencial pasaje al acto criminal. Los partidarios de Le Pen aprovechan la volada. Como diversos racismos atacaron a Monzón disfrazados de conciencia feminista. Y quizás ahora, como en el caso de Sid Vicius y Carlos Monzón, muchos esperan la expiación mediante una muerte que castigue más allá de la justicia y para el goce del público.
Mientras en el país del psicoanálisis –Francia, no Argentina–, se titula sofisticadamente “Cantat, entre Eros y Tanatos”, se saca a relucir el concepto de “goce” de Lacan para definir una noche de recriminaciones mutuas en donde una mujer no logra escapar de la muerte, o sopesan si Marie murió al caer o por los golpes que tenía en la cara, Gisele Halimi, líder feminista, responde: “Poco importa. Sin duda, el violento no habrá querido matar, sino sólo tener razón, ganar, castigarla quizás... Y siempre, como en todas partes del mundo, desde hace milenios y en todas las clases sociales, por la violencia del hombre contra la mujer. ¿Cuánto valen hoy las afirmaciones de aquellos que, en libros tumultuosos, denuncian la ‘victimización` de las mujeres golpeadas, su ‘complot’ para hacerse reconocer derechos y protección (indebidos), sus fabulaciones, en suma? ¿Y el palabrerío de los investigadores, teñido de rigor científico, sobre la amalgama entre las diferentes formas de violencia? ¿Hace falta desmenuzar este ‘continuum’ de violencia universalmente reconocido? ¿Insultos, después bofetadas, trompadas... hasta llegar al cráneo fracturado y la muerte? La violencia conyugal mata”.

El aura de Colette
Quien crea en fantasmas, ya sean benéficos, burlones o funestos, o no crea pero sí sea capaz de leer paradojas, observará la que se ha delineado en el hecho de que Marie Trintignant muriera mientras encarnaba a Colette –en un film para la televisión, dirigida por su madre–, una mujer que escribió largo sobre el amor-pasión y los celos, a los que consideraba una especie de salón de entrenamiento pero que recomendó siempre escapar del dolor y del gusto por las relaciones abismales en nombre de un panteísmo jovial y de una voluntad de felicidad que ahora se ve cada vez más como política. Pero quizás el aura de Colette haya estado presente cuando Nadine Trintignant eligió sustraer a las cámaras el rostro destrozado de su hija –no usó esa ventaja sobre Cantat– preservando a ésta en su dignidad y evitando que la intimidad de su agonía fuera violada. Y cuando más tarde, en medio del dolor decidió terminar la película, preservando en ella y en su hija aquello que siempre tuvieron que sobreponer a las pasiones dolorosas: la posibilidad de sublimar, de trabajar hasta invertir el signo doloroso. “Nos servimos de nosotros mismos como de un material útil y algo que era muy destructivo cambia de signo y se convierte en lo contrario, en algo positivo que podemos aprovechar. Pero muy en el fondo de nosotros mismos sabemos que eso no cambia nada”, le había dicho a Madelaine Chapsal en 1977, cuando un niño, su hijo, había muerto. Y seguramente, con ese estoicismo del que hacía gala Colette, hoy seguiría sosteniendo esta frase que dijo también entonces: “El amor maternal es un amor equívoco porque es posesivo, pero también es cierto que si amamos a nuestros hijos por nosotros mismos, los amamos también completamente por sí mismos. Y yo deseo realmente que mis hijos sean felices para sí mismos, deseo darles todo, protegerlos de todos los males posibles ¡Y bien; no quiero suprimirles el sufrimiento de los celos y del amor! No quiero porque son preciosos”.
Hoy Nadine Trintignant no expone ni una palabra de autorreproche por no haber advertido a su hija sobre un estilo –el de Cantat– que debía de serle inquietante pero que respetaba en nombre de la libertad de ésta opersuadida de que las exageraciones del arte no tienen por qué poner en peligro la vida –o, si lo hizo, las madres en eso somos impotentes–, ni por su propia fe en la pasión que debió transmitir sin que su pérdida actual pudiera ser jamás una consecuencia, su pasado de celosa autocomplaciente. Ha concurrido a la ley, sin animosidad sin cargar las tintas, pero señalando las veces que Cantat levantó su mano. Y sigue filmando para mostrar aquello que no ha sido arrebatado: el rostro de su hija en el rostro de Colette, aquella que proponía por sobre la tragedia, sin negarse a vivir su devastación, el deber de vivir.

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