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Viernes, 3 de mayo de 2013

ENTREVISTA

Hogar, hostil, hogar

La crisis del modelo familiar tradicional y la persistencia del ideal de amor romántico son dos de los ejes que mueven los hilos de la última investigación de la psicóloga Irene Meler. Recomenzar: amor y poder después del divorcio (Paidós) traza un mapa de las familias ensambladas y la naturaleza de sus vínculos: los hijos, el dinero, los proyectos personales y las alianzas –y hostilidades– que surgen en las segundas vueltas.

 Por Flor Monfort

Recomenzar: amor y poder después del divorcio es el producto de una tesis doctoral, donde la Dra. en Psicología Irene Meler relevó buena parte del conocimiento existente sobre el tema de las familias ensambladas y su evolución a través del tiempo. El trabajo logra una interesante síntesis de muchos estudios que se hicieron anteriormente y en otras partes del mundo. En su investigación propiamente dicha, entrevistó de forma individual a los integrantes de diez parejas conyugales heterosexuales donde ambos o uno de los miembros de la pareja hubiera estado casado antes con otra persona y se hubiera divorciado. Tenían que convivir con al menos un hijo: de uno, del otro o de ambos, y las edades podían estar entre los 30 y los 50 años. “Lo que a mí me ha interesado es ver el estado de relaciones entre varones y mujeres desde las perspectivas de las relaciones de poder, y lo que he visto es que como todavía las sociedades contemporáneas están caracterizadas por un dominio masculino (que si bien es cuestionado perdura) las mujeres en estas nuevas formas de familia siguen enfrentando dificultades y desventajas”, dice.

Para Meler lo interesante era bucear en la naturaleza de la pareja, pero no pudo eludir los destinos de los hijos y sobre ellos trata buena parte de la investigación. Las parejas que se arman en las segundas vueltas tienen más intimidad, menos amigos en común, menos presión de contacto con las familias de origen y son uniones con sexualidades más plenas, pero que se complican mucho con los hijos de uno y otro. El nuevo marido de la madre dice que ella se aísla con los hijos, el ex protesta porque sus hijos viven con otro hombre que no es él y complica la unión, los hijos se sienten desgarrados por la lucha de lealtades... “Con la disolución de los matrimonios post aprobación de la ley de divorcio la gente dejó de casarse. Los sectores populares hacía mucho que no se casaban, pero los sectores medios estaban acostumbrados a formalizar. Los hijos de los sectores medios empezaron a unirse de hecho, se empezó a descreer del matrimonio como institución, una tendencia que los franceses llaman démarriage, que podría traducirse como desmatrimonio: nunca casarse, no pasar por ahí, en parte porque muchos de los que están en la treintena son hijos de padres separados y vieron que la unión legal no había garantizado la estabilidad.

Sin embargo, la comunidad lgbti peleó por el matrimonio legal...

–Sí, eso es notable, cuando los heterosexuales empiezan a descreer de la validez del matrimonio legal, por lo menos en los hechos, los homosexuales empiezan a luchar por entrar en la legalidad matrimonial. Y es verdad que la ley no garantiza nada pero arbitra los conflictos. No es lo mismo estar casado que no estar casado. Hay una socióloga francesa feminista que cito en el libro que es autora de un texto que se llama El nuevo padre, y ella explica que muchos padres que tienen hoy día vocación de cuidar a los hijos se ven apartados de ellos porque no están casados legalmente, entonces el vínculo con los hijos es desparejo, desigual, una semana una cosa, otra semana otra, y ella les recomienda casarse, justamente para no perder derechos. Para las mujeres la pérdida ya la conocemos: el aporte nuestro es enorme, pero como no es monetario no está reconocido (el de los cuidados sobre todo) y si nos separamos sin matrimonio legal ese valor se pierde, entonces la ley tiene sus virtudes. Pero la tendencia actual es el desmatrimonio. Yo en este libro estudié algo que en una época era innovador y que en este momento es convencional: la gente que vive en segundas o terceras nupcias forma parte del mainstream. Pese a eso tienen muchos problemas.

Los trabajos que cita son muy desalentadores, las consecuencias parecen ineludibles.

–El tema es que los intereses de los miembros de una familia no son todos iguales, lo que hace más felices a los varones no es lo mismo que a las mujeres y mucho menos que a los hijos; el tema es quién termina perdiendo. Los hijos pueden preferir que los padres permanezcan unidos y que sean desdichados a que se separen. Lo cierto es que el matrimonio tradicional ha sido sostenido por el sacrificio de las mujeres, porque cuando las parejas eran infelices el varón o tenía una amante estable o buscaba relaciones casuales con otras/os y las mujeres se frustraban y padecían la privación sexual y afectiva y se refugiaban en la maternidad. Al mejorar la condición femenina eso se modernizó...

Pero en las mujeres casi siempre recaen los sacrificios...

–Es difícil en el campo de las relaciones humanas pensar que hemos llegado a la liberación, más vale hay procesos liberadores, y esos procesos tienen nuevos problemas que no fueron calculados anteriormente. La posibilidad del divorcio se vivió, para las feministas, como un logro muy grande, porque los varones siempre tuvieron relaciones paralelas al matrimonio. De modo que la posibilidad del divorcio les daba a las mujeres un acceso legítimo a no ser cuestionadas y tener otra relación con alguien a quien pudieran amar. Si bien eso es cierto, las mujeres que quedan a cargo de los hijos en muchos casos carecen de un apoyo suficiente por parte de los padres de sus hijos, entonces cuando éste no aporta, ni en dinero ni en cuidados, las mujeres pueden pasar años trágicos, donde trabajan a destajo y se sacrifican terriblemente para mantenerlos. Si el hombre cuida y aporta, es otro panorama, pero en muchos casos no ocurre así, los hombres tienden a des-implicarse y a abocarse a una nueva camada de hijos. Las mujeres que quedan como jefas de hogar sufren mucho, sobre todo las que no estaban bien insertas en el mercado laboral antes de separarse. Y estas mujeres que han trabajado de lo que viniera lo han hecho a costa del abandono de los hijos, por razones obvias: nadie puede hacer magia.

Ud. dice en el libro que mujeres que estuvieron muy desesperadas por terminar con una mala relación de pareja inicial, una vez separadas se involucraron rápidamente en otra unión para huir de cierto desamparo, y ese apuro, de alguna manera, atentó contra sus buenas elecciones.

–Exactamente. Cuanto menos educada y más pobre es una mujer más fácil es que se involucre en otra unión conyugal, aunque sea con un hombre inadecuado. Hay una nota a pie de página que yo pongo de una mujer que me dice: “A mi marido lo partió un rayo en una isla, pero no me importa porque era malo, con el que estoy ahora también es malo, pero no lo puedo dejar porque lo necesito por los chicos. Cuando los chicos crezcan lo voy a dejar”. Cambiar de amo con tal de tener alguna ayuda en un mundo cruel para las mujeres y más para las mujeres pobres y con muchos hijos. El mío no es un estudio sobre mujeres pobres, sino de clase media, pero es notable cómo todas pueden caer en ese desamparo.

¿El ideal del amor romántico atraviesa a las mujeres de todos los sectores?

–Sí, a pesar de los avances, ese relato de que estar de a dos es mejor, de que la maternidad es ideal, etc., tiene una inercia ideológica enorme. Los varones son educados para tratar de tener cierta autonomía: pueden amar mucho a algunas mujeres pero no dependen tanto de ellas ni de la presión por formar una familia. Van a tener que pasar muchas generaciones hasta que eso cambie. Y eso conduce a idealizar, a pensar que los hombres pueden hacer cosas que las mujeres no, cosa que no es cierta. Aun mujeres que tienen muchos logros personales tienden a pensar que los hombres pueden más que ellas. Aun para mujeres que no tienen hijos, el nivel de competitividad y de ambición es mayor entre los hombres que entre las mujeres: la masculinidad está formateada para competir y triunfar, mientras que en las mujeres, aun insertadas en un mercado laboral, profesional, etc., hay una cierta inhibición de la competencia. Te doy un ejemplo: yo tengo una nieta chica y veo con ella películas de Barbie. Aparece una versión de Barbie más contemporánea, una hace windsurf y hay una competidora y luchan a ver quién gana. Pero en ese periplo Barbie, que es sirena también, adquiere la cualidad de fabricar algo que se llama merilia, que le da vida al mar, y que funciona como metáfora de la maternidad, obviamente. Llega el día de la competencia, Barbie aparece como humana, y mientras está remontando las olas se distrae y empieza a pasar la mano por las olas y a producir merilia, y eso le parece tan maravilloso que no tiene sentido competir, entonces deja que la otra gane. Y cuando la otra va a recibir la copa, la llama a Barbie y entre las dos levantan el premio y lo comparten. Eso muestra cómo la socialización de las nenas es para compartir y no para competir. Pero en el trabajo, sobre todo en nuestro sistema capitalista, individualista y competitivo, gana el más competitivo. Entonces la subjetivación primaria masculina favorece que los varones tengan mejores logros laborales y en las mujeres favorece la dependencia y el esperar que un varón venga a resolver.

¿Ganar produce culpa?

–Sí, porque el imperativo es el de la voluntad, el altruismo y el sacrificio. Las nuevas generaciones siguen siendo formadas con este principio. A las niñas se las protege de la violencia y se busca que sean bondadosas y compartan.

¿Qué se hace con toda esa agresividad que queda circulando en la crianza de las mujeres?

–Yo no quisiera idealizar el individualismo competitivo, porque es saludable siempre que sea moderado. El individualismo competitivo da más rédito en el mundo público pero es una mutilación de la personalidad también. Y en muchas mujeres, el tener inhibida esa competitividad genera culpa y la hostilidad se vuelve contra una misma.

¿Por eso dice que la gran patología de las mujeres es la depresión?

–Así es. Esa hostilidad que no se usa para circular en el mundo competitivo o si otro te roza el auto, lo que fuera, se vuelve contra una misma a través de autorreproches. El imperativo para los hombres es tratar de ser el mejor y para las mujeres es cuidar de los que te necesitan. Entonces si no los pudiste culpar lo suficiente la culpa es terrible.

Familias ensambladas

¿Qué características tienen?

–No son uniformes: no hay nada que las unifique. Una tendencia que yo encontré y que coincide con otros estudios es que estas familias se forman en más de la mitad de los casos entre un hombre divorciado y una mujer soltera. El mayor que ella. Muchas mujeres en edad de matrimonio actuales están decepcionadas por las dificultades de los hombres pares en edad: los encuentran inmaduros, decepcionantes, sobre todo ahora que estas generaciones tienen más acceso a un desarrollo personal mucho mayor que generaciones anteriores. Este es un tipo de unión muy común, que por un lado protege a estas mujeres como madres más que otras uniones, porque el hombre que ya ha estado casado suele tener una posición laboral mejor, entonces puede permitirle a la mujer trabajar menos, etc., pero a la vez las coloca en una posición filial y subordinada respecto del varón y conspira contra el desarrollo laboral de esa mujer.

Entonces lo que cuesta es la paridad.

–Sí, en todo el estudio encontré una sola pareja que con buena voluntad podríamos decir que tenía una relación de paridad. Y alguna otra que tenía algún aspecto de paridad, pero el poder siempre está en juego. En esta pareja que menciono, el que tenía el poder económico, cultural, etc., era la mujer. Mi experiencia es que estas parejas no duran porque ella se siente desfeminizada y él se siente desmaculinizado, porque el tipo de vínculo favorece que ella desarrolle sus cualidades de liderazgo, autonomía, etc. y él desarrolle actitudes de dependencia, y eso los hace sentir mal a los dos porque va contracorriente de los estereotipos culturales. Entonces entran en conflicto y muchas veces se disuelven, aunque sean complementarios. Hay una impronta histórica muy fuerte que por supuesto no es esencial sino cultural, entre la sexualidad masculina y el dominio. Y eso es muy difícil de desanudar.

¿Puede cambiar a futuro?

–Sí, es posible imaginar otro erotismo, pero no lo conocemos como paradigma sino como excepción.

¿Cómo se reparte lo patrimonial cuando lo legal no está implicado?

–Muchas veces cuando ha habido divorcios ya hay una alerta sobre estas cuestiones. En muchos casos el que tiene más poder maneja el patrimonio: comparte lo cotidiano pero el ahorro no lo comparte. Había una pareja con hijos previos e hijos en común donde ella trabajaba muy poco, él aportaba lo principal para la manutención de todo el hogar, pero el ahorro no lo compartía en absoluto. El conservaba ese poder por si se separaba, algo que no había pensado respecto de su primer matrimonio. Y ella no tenía ese recurso.

¿Cómo es la vida de esos hijos que no eligen sus destinos?

–Las convivencias pueden ser difíciles: puede haber cuestiones incestuosas porque no están regulados estos vínculos todavía. En algunos lugares los hijos afines no se pueden casar. Es muy común escuchar: “lo primero que hizo el hijo del novio de mi mamá es invitarme a salir”. Aparece mucho la tentación, los celos por la unión de los mayores, y el hecho de que convivan bajo el mismo techo bajo un estatuto fraterno complica mucho las cosas. Muchas veces son historias silenciadas.

Ud. dice que es muy difícil subjetivar lo que no es nombrado...

–El parentesco afín no está popularizado para nada: cuando se logre instituir va a formar una barrera. El caso más famoso en este sentido es el de Woody Allen, que ha sido legitimado porque ella era adoptada, de otra etnia, etc., pero es una relación que empezó de una forma incestuosa. Y eso tiene que tener un marco legal porque alguna prohibición tiene que haber.

¿Lo dice desde un punto de vista conservador o psicoterapéutico?

–Desde el punto de vista de proteger a los menores del abuso. Porque la sexualidad del menor es usufructuada y apropiada por un mayor que está en una condición ventajosa, y eso debería estar prohibido.

Una de las cosas que parece desprenderse es que los más perjudicados siempre son los chicos.

–Y sí, porque ellos no eligen nada. Hay muchos estudios que coinciden en eso: los hijos de padres separados muchas veces no se quieren casar, o tienen más proclividad a las drogas o a la deserción de los estudios. El divorcio rescató a miles de mujeres de la frustración emocional y les permitió el ejercicio libre de la sexualidad, entre otras cosas, pero a la vez las expuso a un desamparo económico terrible o a una dependencia incrementada que dificulta el desarrollo de su carrera laboral.

¿Falta construir lo que usted llama una cultura del divorcio?

–Sí. Todavía muchos hombres ante la idea de que sus hijos se relacionen con la actual pareja de su mujer se horrorizan. Cuando tengamos instalada una cultura del divorcio aceptarán que el matrimonio no dura toda la vida, que hay complicaciones, etc. Si bien el divorcio es súper común, las mentes evolucionan más lento que los hechos. Entonces ocurre, pero es muy común el horror ante ese otro, a los hombres les produce un dolor y un odio espantoso, aunque de afuera uno piense que lo mejor es que se encariñen y hagan una buena relación. Las familias monoparentales van a ser una tendencia muy fuerte, cada vez más. Y han sido criticadas por la cosa endogámica y el hecho de que los hijos quedan atrapados en la familia de origen, pero hay que ver qué pasa en el futuro.

¿Puede describir el concepto de hostilidad, ese malestar que tiñe todo y que usted cita varias veces en el libro?

–En todas las familias hay sentimientos hostiles que son habitualmente negados, por eso se habla de hogar dulce hogar o de la familia como el lugar de la protección, pero en todas las familias hay rivalidad y tensiones, en las tradicionales también, claro. Hay familias monogámicas que son un desastre y en muchos casos la estabilidad de los hijos se cimienta bajo las espaldas de las mujeres. Lo que hay que decir es que las familias siempre han tenido conflictos, ahora se expresan bajo estas formas, pero esto es desde siempre. El malestar en la cultura es diferente según la época, pero persiste. Lo siento, pero los cuentos de hadas no existen.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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