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Viernes, 8 de noviembre de 2013

HOMENAJES

Adiós a una transgresora

 Por Noemí Ciollaro

Y sí, Clelia Luro partió en la noche del lunes y ya debe estar junto a su marido, el amor de su vida, Jerónimo Podestá, el primer obispo casado del mundo entero.

Clelia fue una niña de Barrio Norte, colegio de monjas, católica practicante; se casó muy joven y siguiendo a su marido fue a parar al ingenio de los Patrón Costa, en Salta, donde además de dedicarse a criar hijos –tuvo media docena– asistía a las familias indígenas que trabajaban en la zafra.

Un buen día, con cinco hijos pequeños y otra en su panza, le dijo adiós al ingenio y al marido y se vino a Buenos Aires; no sabía qué buscaba, pero sí sabía lo que no quería. Al tiempo, un cura de Salta le recomendó que hiciera algo por rescatar a un religioso alcohólico y ella recurrió al obispo de Avellaneda Jerónimo Podestá, un hombre querido por los obreros y de posiciones avanzadas en cuanto a la doctrina de la Iglesia. Desde entonces nunca más se separaron, ella comenzó a colaborar con él como secretaria y la voz de la Santa Madre Iglesia tronó escandalizada: un obispo no podía tener a una mujer a su lado de ninguna manera, corrían los años ’60, el país saltaba de dictadura en dictadura y gran parte de la cúpula eclesiástica acompañaba.

Clelia y Jerónimo se resistían a reconocer lo que el corazón les gritaba, pero el escándalo había llegado a Roma y el mismo Paulo VI, que según Clelia era muy misógino, intervino en el asunto. A ella, como antes a Evita, la llamaban “esa mujer”, y algunas otras cosas más subiditas de tono. Fue el obispo progresista brasileño, Helder Cámara, quien lo liberó a Jerónimo de sus dudas y angustias cuando le dijo: “Usted tiene que aceptar a Clelia a su lado porque ella va a ser su fuerza...” . Pero pasaría un tiempo antes de que vivieran como matrimonio y entre tanto el obispo predicó de norte a sur la encíclica Populorum Progressio (El desarrollo de los Pueblos), ganándose así la persecución del dictador Onganía y de la jerarquía eclesial cómplice que le ordenó que renunciara a su diócesis. En 1972 lo suspendieron de su ministerio, hasta entonces, contaba Clelia, “nos amábamos, pero era imposible vivir juntos, él estaba muy perseguido”, pero esa sanción determinó la decisión del casamiento.

La tranquilidad duró poco, la Triple A los amenazaba de muerte y se exiliaron en Perú hasta 1982, cuando regresaron a la Argentina. En un viaje a Brasil ambos se sumaron al Movimiento de Curas Casados y allí comenzó otra lucha que Clelia mantuvo indeclinablemente hasta el pasado lunes, cuando falleció a los 86 años en un sanatorio de la Capital.

Partió con la esperanza de que el papa Francisco, a quien la unía una estrecha amistad, por fin declare que el celibato debe ser optativo y no obligatorio para curas y monjas. Bergoglio había alentado sus expectativas.

Hoy, la casona emblemática de la calle Gaona, hogar de los Podestá y sede de los encuentros de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados y sus Esposas, fundada por Jerónimo y Clelia, guarda entre sus paredes los vestigios de una historia de amor, de compromiso con el prójimo, coherencia y dignidad de dos seres que dedicaron su vida a abrir grietas por donde se colara la libertad desalojando prejuicios y prohibiciones ancestrales.

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