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Viernes, 13 de diciembre de 2013

ARTE

Pintar lo invisible

La artista Silvia Gurfein vuelve con Lo intratable, una muestra que filosofa con la pintura y la vuelve palabra, al tiempo que la reconoce como indecible y la vuelve a reformular en formas y colores.

 Por Cristina Civale

Ella estudió filosofía en la UBA durante los ’80. En los ’90 coqueteó con el teatro e hizo algunas experiencias como directora de arte y con un novio algo olvidable fue música y tuvo su propia banda; a una edad inesperada –digamos que se espera que la iluminación de los artistas visuales ocurra en sus 20–, apenas pasados sus cuarenta, encontró el formato donde podía sumar todas sus inquietudes y ese soporte fue la pintura. Silvia Gurfein se presenta como autodidacta, acuñando un taller intensivo con el artista-maestro rosarino Tulio de Sagastizábal.

Desde sus pinceladas de distintos trazos pensó, dijo, cantó y, por supuesto, pintó esta muestra que hoy –y hasta el 22 de diciembre– se presenta en la Fundación Klemm de Buenos Aires, ese espacio que supo ser vanguardia desde su creación y que hoy continúa con el legado de su creador, el inefable Federico Klemm, dando lugar a artistas que dudan sobre su propia creación, que la plantean como un enigma a descifrar, que no dan nada por sentado ni mucho menos por terminado. Artistas que hacen del titubeo una virtud, aunque sus obras no parezcan en lo más mínimo titubeantes. Lo intratable de Gurfein calza a la perfección en este contexto.

Así es, hoy Silvia Gurfein presenta una muestra donde su mundo interdisciplinario pivotea con la pintura como primera letra de un abecedario complejo, un abecedario que es ensayo, partitura y poesía. Un alfabeto donde se clava en una pregunta que enuncia el nombre de la muestra. Pero ¿qué es lo intratable? Probablemente el decir y afirmar desde cualquier lenguaje. Aquí representado por la pintura abstracta, una serie de pinturas y objetos que fingen descifrar lo que la artista sabe que no es posible ser develado. Dice Gurfein: “Vemos las cosas con la intermitencia del abrir y cerrar de los párpados. La continuidad del hilo es espejismo, desvarío. El centelleo puntilloso de la mácula del ver al cerrar los ojos, ¿dónde lo vemos? ¿Sobre la palpitante pantalla, celosía deslizada? En el revés del lóbulo los enlaces, eléctricos, chispean; y ese delicado descanso del ojo húmedo contra la piel sin resquicio es sin embargo un espacio visual. Los ojos tocan hacia adentro la permanencia y hacia afuera la intermitencia del mundo. Irisada huella que no deja huella, posada en la geografía semejante, recorre el lustre y la textura, la solidez y la porosidad y cree sentirla proximidad”.

Lo intratable es un desafío que encara Gurfein luego de haber presentado una muestra que podría considerarse antecesora de esta, Frágil, una serie de pinturas presentadas en el Macro de Rosario. Gurfein, la filósofa-escritora-directora de arte-música, nos dice al respecto: “Hace unos días mi cerebro casi se deshace. Las cosas se arman en la fragilidad de mi mente como una calesita, una rueda de la fortuna. El inconveniente de los pensamientos circulares giratorios es que cuando veo una imagen, otra es eclipsada. Si se alinean, se ocultan. Si se disponen consecutivamente, se ordenan como lectura, de izquierda a derecha, en una lógica tan predecible e inestable que al instante empiezan a rotar, como planetas locos. Y yo que no tengo tierra. ¿Podré ver todo simultáneamente? ¿Haré un nuevo palimpsesto de obras, aplanando en dos dimensiones el tiempo-espacio? Así es que cuando la copa hermosa de Schiliro se ubica en primer plano (y lo hace con persistencia) desaparecen los otros, apenas asoma Kemble, pero definitivamente opaca a Suárez. Y cuando está Kemble primero, me parece demasiado raso, y quiero que aparezca Fontana. Y aunque haya configurado mi imaginario visual mirando reproducciones, es posible que verlas en vivo lo cambie todo. Porque tengo registro de la conmoción ante la experiencia de algunas obras cuerpo a cuerpo. De Vigo casi me olvido, pero cuando imagino esa cajita en mis manos. Las balas interesan los cuerpos, y (Oscar) Bony me interesó la primera vez que vi esos vidrios quebrados, pero después del impacto, recordé mi preferencia por lo lento. En este tiovivo espero sacar la sortija de la lucidez que permite elegir con el corazón y la mente libres. Por ahora, puedo entregar algo del mar de mi confusión, un caracol, que gira y gira”.

La muestra presenta una serie de monocopias acompañadas de textos de distintos filósofos, donde tanto la pintura como la palabra acuden para intentar armar un equilibrio exacto en la conformación de una obra. Esta parte de la muestra, con sus pequeñas pinturas y sus textos de citas, breves y precisos, es el corazón de Lo intratable. Un corazón que pronto tendrá forma de libro seriado para que su frugalidad se desvanezca, para que permanezca en esa forma perenne lo insoslayable del acierto de un formato.

Leemos junto a ella algunas de las monocopias con las frases acuñadas por maestros de la filosofía, frases para las que Gurfein contó con la ayuda de Gastón Pérsico y de Cecilia Skalkowicz. Leemos mientras recorremos las monocopias o al revés: recorremos las monocopias y leemos. Gurfein nos deja la opción de armar nuestro propio juego. Y nos da texto para armar y reflexionar, para no quedarnos adormilados frente al acto de observar: “Teoría de la pintura a ciegas. Ver a través del lienzo, perder las instrucciones. Carta a los videntes para uso de los ciegos (proposición invertida al modo Diderot). El ojo que yace, ópalo noble. También el ojo indiferenciado: el ojo por el que veo a Dios es el mismo ojo por el que Dios me ve (Angelus Silesius). Ojo umbral. El ojo frontera (huella de identidad). Preexistencia, aparición y resto. Pensar lo imposible y ver cómo se desvanece: la impresión del sueño un instante antes del despertar. Un giro inesperado a la concomitancia. El trabajo con los restos, la parte que queda del todo. Si hay explosión hay fusión. Aspera y desesperada ejecución: ‘Para poder escuchar algún sonido...’”. Arrastrar el sentido de un lugar al otro. Las menores resistencias. El anuncio. Un espacio comprendido en otro, una ocasión, un pretexto o un lugar de paso. La cripta como utopía realizada, necesariamente silenciada: “ya que su mera enunciación en palabras sería mortífera para todos los lugares comunes”. Entre otros textos y monocopias, dejamos algo de suspenso para la visita, inevitable e irremplazable, en vivo.

Gurfein afirma que cada obra es una versión de un ojo, de una pupila, de todas las pupilas en su inevitable diferencia, cada obra –monocopia o pintura– lleva a un cuestionamiento sobre cómo se posiciona el ojo, cada uno de nuestro ojos, para encuadrar la mirada. Y sigue Gurfein, en su leguaje entre poético y filosófico: “Ensimismados de luz perdemos la separación y a tientas en la oscuridad buscamos definir con detalle las aristas de las siluetas discontinuas. Naturaleza alterna, abracadabra: se abre y se cierra como pasadizo.

Globo ocular, globo terráqueo, ojo de dos caras oscila hasta el blanco. Instrumento verificador agudo como el filo de un lápiz que dibuja los contornos de lo existente, de lo evidente. Un sentido agudo del trabajo es el trabajo prepictórico. Y la catástrofe es ya pre-pictórica... El cuadro aún no hecho y el pintor que aún no se ha puesto a pintar. Somos un caos irisado (...). Es lo pre-pictórico, es el ‘antes de pintar’ por toda la eternidad (...) Estoy siempre en el primer instante. Ha ocurrido ese momento pre’pictórico del caos. Ya no ve, se confunde con su motivo, ya no ve nada, la noche cae (...) ¿Qué es eso? Ya no ve nada. El ojo... tendremos que preguntarnos qué es el ojo. ¿Qué es un ojo, qué es el ojo del pintor? ¿Qué es un ojo en la pintura, funciona como un ojo? Y bien, es ya un ojo totalmente rojo”. Gurfein en sus monocopias y pinturas excava a la vez que levanta un montículo semejante, que en el ir y venir de la herramienta, siempre acepta una pérdida. Dice: “Resto volátil respirable flota vaporoso del pozo a la superficie y retorna a la fosa. Halo de partículas con destino disipativo. Así que excavar es reversible y escribir puede producir terror. Aumenta el terror ante la cercanía de lo innombrable: como decir que en el pasaje el polvo se deposita en la mortaja de la pintura, que siempre se despide volviendo como vestigio, como prueba de que lo visible no existe en ninguna parte. Tal vez sea mejor contornear la superficie de las cosas, su aspecto exterior, mirando el núcleo de soslayo, para volver a girar el ojo, el foco, hacia los trazos y dejar que la inmanencia resuene entrecortadamente en pequeños destellos, fulguraciones que sean sólo rémora.

El placer del texto no es forzosamente un placer de tipo triunfante, heroico, musculoso. Ninguna necesidad de arquearse. Mi placer puede tomar muy bien la forma de una deriva”.

Y escuchamos y leemos y vemos y nos quedan grabados en la retina y en los oídos unas pocas palabras que quizá boceten la respuesta a la pregunta de eso que es lo intratable: “la pintura como mortaja”.

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