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Viernes, 13 de diciembre de 2013

VISTO Y LEíDO

Lejos de todo

En Batán, su primera novela, Débora Mundani narra la historia
de un naufragio familiar con contención e impasibilidad.

 Por Daniel Gigena

Batán
Débora Mundani

Bajo la Luna
160 páginas

Paula, descendiente de un matrimonio de profesionales porteños con tres hijos, remonta la historia del hermano mayor. Fabián, alias el Gordo, es, en la década de 1980, un adolescente entre tantos. Toca la guitarra en una banda de rock en el barrio de Belgrano, toma cerveza y fuma porro en las esquinas, mantiene aún con los padres una relación discreta, finge cursar la secundaria. A medida que transcurre el tiempo, y cuando la marihuana es reemplazada por la “merca”, la situación pasa de castaño oscuro. Robos, estallidos de violencia, ausencias prolongadas (“salir de gira”, en la jerga del Gordo), palizas y destrozos en el subibaja cocainómano harán mella en la confianza de sus familiares.

La historia de Fabián irradia en la de los padres, separados ya en los años ’90. El padre, profesor de Literatura, admirador de Alfredo Zitarrosa, luego de un período de depresión forma una nueva familia e instala a su hijo pródigo en su casa en San Martín. La madre, psicóloga, acumula horas de trabajo para solventar las clínicas de rehabilitación y granjas en las afueras de la ciudad, sin grandes resultados. “Cuando las reuniones terminaban, los padres palmeaban a los hijos en la espalda, las madres los abrazaban, les decían a los varones que el pelo así, prolijo, les quedaba mejor [...]. Esos hijos internados se parecían más a los que alguna vez habían soñado.” Gabriel, el hijo menor de los Benavente, ensaya una huida a Miami, vuelve y encara para Mallorca cuando De la Rúa se va en helicóptero de la Casa Rosada (“Yo pensaba que sí, que a veces era bueno estar lejos de nosotros”, piensa su hermana). Paula, sin mucha convicción, se casa con Santiago, un compañero de facultad enamorado hasta las lágrimas. Eso no le impide, por un tiempo, cultivar un romance clandestino con un amigo rockero del hermano, el Negro (otro adicto).

Batán, la primera novela de Débora Mundani (Buenos Aires, 1972), obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes en 2010. Casi exclusivamente centrada en el punto de vista de la hermana, se permite algunas licencias (como algunos inexplicables cambios de foco narrativo, un uso sui generis del discurso indirecto y uno algo excéntrico del directo) para recomponer las aristas de un collage familiar de una esquizo-burguesía atrapada entre los ideales de juventud y la amarga –pero al menos concreta– realidad. Sin actuar, los personajes dejan que el tiempo histórico los formatee con su lengua (“La red de contención familiar es la única garantía para una definitiva recuperación, había dicho la directora de Bonpland. Todos hablaban igual, si uno cerraba los ojos, los tres lugares eran lo mismo”), con sus ascensos y caídas, y la sobreventa de los lugares comunes: las malas juntas, el matrimonio, las terapias, los asados del domingo, la cárcel.

Dividida en tres partes tituladas según los versos de una canción de Zitarrosa (“El miedo”, “La mentira y la vergüenza”, “La soledad”), la narración evoluciona por simplificación. Con intervalos temporales que parecen arrasar las décadas, la retrospección sobreviene durante el viaje de Paula a la cárcel ubicada en las afueras de Mar del Plata, adonde viaja, ya convertida en madre, para visitar a Fabián. Melancólica, extrañamente pasiva, la historia que comienza con el hundimiento del Belgrano durante la guerra de Malvinas parece cumplir uno de los mandatos clínicos propuestos en uno de los centros de recuperación para alcanzar la cura: “Armar la trama”.

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