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Viernes, 26 de septiembre de 2014

RESCATES

Amor animal

Aleen Cust 1868-1937

 Por Marisa Avigliano

Cuando Aleen curaba a los animales casi no había mujeres haciéndolo. Lejos estaban aquellas otras que en el circo romano y sin vocación limpiaban las heridas de las fieras. Lejos también las que disfrazando de león bizco al perro de la casa jugaban a ser la Paula de Daktari –que no era veterinaria, era hija de veterinario–. En tiempos de Aleen la medicina era cosa de hombres. Cuando su padre, el aristócrata Leopoldo Cust, murió sin enfermedad que lo anticipara, la viuda dejó Irlanda y se mudó a Inglaterra con sus hijos. La nueva casa le duró poco a la jovencita del condado de Tipperary que ya había hecho prácticas de enfermería en un hospital de Londres porque sin titubear desafió asmas de vergüenza envueltos en sofocos familiares –madre, tíos y cinco hermanos que le impedían acercarse a un tubo de ensayo– y se fue a Edimburgo a estudiar veterinaria. Cuentan que hasta se puso nombre de varón y cambió de apellido para conseguirlo. Que Aleen Isobel Cust fuera A. I. Custance para inscribirse en la academia y que tardaran años en entregarle el título aunque sus calificaciones eran la envidia de sus compañeros ensancharon la zanja de la dificultad y el mar de su deseo. El claustro llegó a discutir las razones de su graduación como un problema morfológico. Su profesionalización no dependía de su formación y capacidad, dependía del género. Al College iban alumnos y una mujer nunca podía ser un alumno. La graduada sin título entonces sólo pudo ser asistente de un veterinario hasta que entró como voluntaria en el Cuerpo de Veterinaria del Ejército. La bacterióloga de los caballos de guerra, la voz que se consultaba antes de una cirugía, la mujer que cruzaba fronteras manejando su propio auto y que había terminado sus estudios de grado en 1897 recién pudo dar su examen final en 1922 cuando el Parlamento aprobó la ley en la que se establecía que ninguna profesión podía excluir a las mujeres. Cuando Aleen Cust murió –cayó desvanecida al suelo después de curar a un perro lastimado–, el 29 de enero de 1937, en Jamaica (había ido a visitar a unos amigos en Kingston), más de cincuenta mujeres estudiaban ciencias veterinarias en tierra escocesa, donde la cirujana irlandesa ya era leyenda y talismán. En poco tiempo las doctoras de animales ganaron espacio en los consultorios y camillas para sus pacientes, que eran en su mayoría gatos (dolientes que los médicos varones se negaban a atender, quizá porque les tenían miedo a los tigres). Historias clínicas de curados y muertos quedaron escondidas entre los apuntes de Aleen y se cruzan ahora en memoria zoológica con animales de otras horas. Lurón de la Morlay, por ejemplo, el perro de Silvina Ocampo al que operaron cinco veces y que solía bailar para distraer bisturíes, “bailaba porque sabía que su baile era irresistible y pensaba que tal vez lo salvaría de una operación, pero el veterinario, a pesar de reírse, lo llevaba a la mesa de operaciones y no lo salvaba de la operación ni lo salvó, llegada la hora, de la muerte”.

La imagen eterna de Aleen Cust podría haber sido un cuadro de Lucian Freud –la pasión animal lo merece–. Seguramente él la hubiera rodeado de whippets y bull terriers, sus perros favoritos (eran los favoritos de Lucian, no los de Aleen) mientras dejaba que en el silencio de la tela la doctora Cust, que venía de salvarle la vida a un pura sangre, les calmara la acidez, los retortijones y hasta el hipo a los cachorros mientras descifraba (que de esta segunda escena se encargue Leonor Fini) el ronroneo irónico del paciente que la miraba inmutable desde la sala de espera.

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