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Viernes, 20 de marzo de 2015

ENTREVISTA

La ilustre lesbiana

Referente indiscutida del lesbofeminismo argentino, militante ecologista a sus jóvenes 85, ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires recién declarada como tal, la activista y artista Ilse Fuskova acaba de inaugurar una muestra en la cual recorre su producción desde los años ’80 mientras se deja abrazar por quienes ven en su historia vital un precedente necesario y apenas se lamenta por quienes la acusan de traicionar al lesbianismo al estar en pareja con un hombre gay.

 Por Guadalupe Treibel

A pocas cuadras del Congreso, Ilse Fuskova recibe en su hogar con agua de durazno fresca, una sonrisa y buenas nuevas: “Me acabo de enterar: ¡me nombran ciudadana ilustre!”, se alegra esta referente fundamental/fundacional del lesbofeminismo argentino. Y... ¡enhorabuena! Porque, militante lesbiana y artista, los hitos se suceden en el discurrir de su historia: la creación de los míticos Cuadernos de Existencia Lesbiana; su búsqueda y traducción de textos centrales para el debate, la formación; el haber sido la primera lesbiana en declararse públicamente frente a cámaras de tevé en –ni más ni menos– que la mesa de Mirtha Legrand en el ’91; su jugada serie de imágenes El Zapallo; la publicación del libro Amor de mujeres, con Claudina Marek, por mencionar unos pocos momentos políticos, personales. Nacida en Buenos Aires en el ’29, hija de padre alemán y madre checoslovaca, esta referente total –que estuvo casada 30 años con hombre, tuvo tres hijos, estudió periodismo, trabajó como azafata y se sintió atraída por primera vez hacia una mujer a los 56 años– escribe, saca fotos, pinta. Y milita. Hoy, a los 85 años, se involucra con la ecología con la misma intensidad de siempre, la misma generosidad y coraje. Mientras, en paralelo, el momento la acompaña, porque, además del mentado reconocimiento, la afable Fuskova acaba de inaugurar una muestra en el Centro Cultural Tierra Violeta, que incluye fotos tomadas en los ’80 de dos mujeres pintándose mutuamente con sangre menstrual, plenas, gozosas. Creadas originalmente para la muestra Mitominas II, entonces fueron censuradas y pasaron tres largas décadas en un cajón. Homenaje mediante, hoy salen a la luz con el mismo orgullo que caracteriza a su creadora.

Pero, antes de darle la palabra a la protagonista, la activista feminista queer Mabel Bellucci, amiga de Ilse que estuvo presente en la inauguración, explica la importancia de la querida Fuskova. A saber: “La figura de Ilse tiene gravitación en el lesbofeminismo de la década de los ’80 como ninguna otra por varias cuestiones. Primero, es ella quien instala la noción política de lesbianismo. Desde el inicio de la democracia hasta el ’87, las lesbianas de, por ejemplo, la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) se llamaban a sí mismas ‘mujeres gays’ y no querían debatir el término. También instala la noción de orgullo, y esto proviene de dos vías: el levantamiento de Stonewall, donde tiene su emergencia, y los movimientos de lesbianas de Nueva York, San Francisco y Berlín, que se apropian de aquella idea, con los que Ilse hace contacto. Además, ella insta a la visibilidad lésbica, algo que la lleva a ser cuestionada por grupos más jóvenes que, por miedo a perder el trabajo o por cuestiones familiares, no tenían esa posibilidad y que plantean que –por un tema de clase– para Fuskova es más factible. Pues alguien tenía que hacerlo, y lo hizo Ilse. Por otra parte, es la primera lesbiana que traduce textos lésbicos fundacionales (no viajaba por ocio sino en perfil activista, para contactarse con compañeras y traer material), y no sólo para su grupo de estudio sino también para la comunidad gay. Carlos Jáuregui, Flavio Rapisardi y César Cigluitti reconocen su valor teórico. A principios de los ’90, cuando se produce la primera Marcha del Orgullo, Ilse ya entra en contacto con Gays por los Derechos Civiles (Gays DC). Junto a Claudina (Marek), asiste a las marchas, como también lo hace –por separado– Alejandra Sardá. Ambas, figuras lesbianas que comienzan a hacer coaliciones con los gays. Después de esa vertiente, cuando se incorporan travestis y trans, se arma la comunidad LGTTB, pero fue fundamental que primero hubiese coaliciones entre gays y lesbianas. Evidentemente Ilse ha sido un personaje importantísimo”.

Y ahora sí, voilà Fuskova...

En la exhibición recientemente inaugurada en el Centro Cultural Tierra Violeta presentás dos series de fotografías. Una de ellas había sido originalmente realizada para la muestra Mitominas II. Los mitos de la sangre, del ’88, aunque nunca llegó a exhibirse, siendo censurada previamente a su exposición...

–Sí, y desde entonces esas imágenes quedaron en un cajón durante casi treinta años... Por eso, es muy emocionante saberlas expuestas hoy, y con tan buena repercusión. Porque hubo mucha gente el día de la inauguración, interesada en una serie que tuviera su origen, o inspiración, en el libro Sinceridad sexual, de la socióloga Shere Hite, quien reunió miles de historias sobre sexualidad femenina durante la década del 70. Fue allí donde leí sobre dos mujeres que –de cuando en cuando– se la pasaban muy bien pintándose mutuamente con sangre menstrual. Entonces me dije: “Si Mitominas II va a tratar sobre sangre, llevemos esta historia a lo visual”. Del dicho al hecho: hicimos las imágenes, programamos todo. Pero se negaron a exhibirlas; tuve 14 votos en contra, 3 a favor. Fue una gran frustración, ¡una bronca bárbara!

Al menos, durante la inauguración tuviste tu petit momento de revancha...

–(Se ríe.) Sí, con Susana Muñoz, una amiga cineasta, preparamos unos canapés muy... elegantes. Tomamos una bandeja y, en forma delicada, la llenamos de lechuga, tomate, una salsita y... tampones. Pasábamos y ofrecíamos, y los varones –¡que no sabían lo que era un tampón!– se los metían en la boca. Claro que cuando eso ocurría nosotras ya estábamos en la otra punta...

Para situar en época: apenas unos años antes, también en los ’80, la festejada directora alemana Jutta Brückner había lanzado el film Years of Hunger, donde una toallita manchada de sangre menstrual, filmada en blanco y negro, generó tremenda controversia, y le valió el mote de “vulgar”. “Podés filmar siete asesinatos, a alguien cortado en pedacitos, pero nunca, nunca mostrar una toallita menstrual”, comentó la realizadora respecto del tabú. En ese sentido, tus fotos eran realmente jugadas, de avanzada...

–Precisamente por eso pienso que fue una oportunidad desperdiciada. Teníamos la chance de dejar una impresión y no pudimos, no nos dejaron.

¿Cuándo empezás a interesarte por la fotografía?

–Comencé a tomar fotos a los 18. Después tuve la suerte de ser amiga de Grete Stern y Horacio Coppola, con quien tomé clases durante un tiempo, a los 25; el grupo se llamaba Imogema, un nombre precioso. En verdad, ambos fueron mis maestros. Grete era maravillosa: no usaba luz artificial, sólo natural, y había estudiado en la Bauhaus, en Alemania, escuela donde se enfocó a la artesanía, la arquitectura, el diseño o la fotografía en forma tan renovadora... Por supuesto, Hitler la borró. La cuestión es que, cuando nació mi primer hijo, en el ’56, yo ya estaba haciendo una muestra en la Facultad de Abogacía con Alberto Greco. En aquel momento todavía no era Fuskova, aún llevaba el apellido de mi (entonces) marido, con quien estuve casada 30 años: Kornreich. Más tarde adoptaría el apellido materno. La muestra se llamó Santa María del Buen Aire, estuvo un buen rato. También por esos tiempos presenté otra serie, en una librería religiosa de la calle Maipú; eran retratos de mujeres y hombres intelectuales. Poetas, titiriteras, cineastas..., Fernando Birri, por ejemplo. Cada imagen iba acompañada por un pequeño texto donde ellos escribían acerca de sus rostros, lo que pensaban sobre sus caras.

Mucho tiempo después, en el ’98, empezás además la Escuela de Bellas Artes...

–Sí, con Claudina, quien fuera mi pareja y compañera de militancia durante 20 años. Yo hacía pintura y ella grabado. Las dos terminamos, nos recibimos, fue una experiencia bellísima.

¿Alguna vez mostraste públicamente tus cuadros?

–No, nunca. De hecho, los tenía guardados hasta hace poquito, cuando Edgar De Santo, amado mío, sacó todo y lo colgó en mi departamento. Quedó mucho más alegre el lugar. Es arte abstracto; en general, collages hechos con pedacitos de trabajos míos que no me gustan, que rompo.

Gesto que tiene su dosis de reciclaje, una manera ecológica de encarar obra...

–Sí, tal cual. Es muy interesante esa lectura. Como verás, romper a veces es positivo (se ríe). Hace poco, Mabel (Bellucci), me decía: “Rompiste todas las barreras, Ilse, sos una activista queer”.

En cierta ocasión relataste cómo, al conocer a la poeta y ensayista militante Adrienne Rich, autora del fundacional Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, saltaste a su abrazo. Por militancia, por vida y obra, hoy muchas saltan a abrazarte a vos...

–Cuando la fui a abrazar Rich se quedó dura; la manera afectuosa latinoamericana no le era habitual. ¡Debió pensar que estaba chiflada! Le dije: “Tu texto nos está abriendo la cabeza...” Respecto de lo segundo, sí: algunas me abrazan. Pero otras no me perdonan que esté con Edgar (digamos que hoy me llegan menos invitaciones que antes...). Pero lo que siento profundamente, lo acepto. Soy permeable al cambio y no sigo lo que dicta la cultura. Tan es así que desde hace dos años que estoy enamorada de un gay, y estamos juntos hace dos años sin que importe la diferencia de edad, en una relación armoniosa, donde compartimos mucho. El acaba de filmar una película sobre La Rioja, donde yo aparezco leyendo un texto, y yo expuse fotografías que le tomé... Me interesa mucho lo que el exterior de una persona revela de su interior, cuando el interior es sensible. Fijate que hace poco le escribí una poesía a Edgar, que también está dedicada a los humanos, a los humanos que no son máquinas. Porque hay quienes sí se han vuelto autómatas; los mirás a los ojos y no ves respuesta.

(Ilse ofrece a quien escribe una copia de dicha poesía, intitulada “Presente prodigioso”, dedicada a De Santo. Allí una estrofa reza: “Mi mundo (increíblemente)/también está en los otros/Tanta vibración atraviesa a los vegetales,/a las piedras, a las personas/a las que conozco, a las que no conozco/a las que apenas dicen una palabra/o muchas palabras/Pareciera que una inmensa orquesta/lo atraviesa todo”.)

A menudo, tus prácticas activistas estuvieron asociadas al campo del arte. En 1986, por ejemplo, Josefina Quesada, Adriana Carrasco y vos forman el Grupo Feminista de Denuncia, y se plantan los sábados en Lavalle al 800 para protestar contra la violencia de género, el sexismo, el patriarcado...

–Fueron alrededor de dos años de ir todos los sábados por la noche a pararnos allí, durante dos horas, mientras circulaban miles y miles de personas. Sin decir una palabra, hacíamos el símbolo feminista con las manos y nos colgábamos un cartel en el cuello denunciando distintos temas. “La violación es tortura”, decía uno. O, por ejemplo, una leyenda que irritó muchísimo a los varones: “La mujer es la única dueña de su fertilidad”. Por aquel entonces, los tipos todavía usaban sombrero y uno llegó a tirar el suyo al suelo, al pisotearlo al grito de “¡Es mentira, nosotros también lo somos!”. A veces mi hija pasaba con amigos y, como le daba vergüenza, caminaba por la otra orilla. Pero había una parte mía que no le daba importancia, porque sabía en lo profundo –sin intelectualizarlo o sobreanalizarlo– que estaba llevando un mensaje importante.

Otro mensaje que te ha convocado el último tiempo es el ecológico. De hecho, de unos años a la fecha, participás activamente de la ONG interprovincial Conciencia Solidaria. ¿En qué dirías que se vincula tu militancia lesbofeminista y la ecológica?

–En que ambas tratan acerca de la sobrevivencia. Porque sin ecología nos vamos al tacho, ¿eh? En ese sentido, siempre recomiendo un libro maravilloso, de lectura obligatoria: Nuestro futuro indómito, del poeta, escritor y periodista Miguel Grinberg. Alguien que, además, da cátedras sobre el silencio. Es que el silencio es fundamental; la única manera de darnos cuenta de lo que hay dentro de nosotros. En lo personal, no tengo radio, no tengo televisor; sólo el teléfono y mis largos ratos en silencio, a veces repitiendo algún mantra, una práctica milenaria que tiene un efecto enormemente positivo. Y aquí aprovecho para sugerir otro título –que me consiguieron en alemán, porque en español parece estar agotado–: Nada Brahma. El mundo es sonido, del germano y musicólogo Joachim-Ernst Berendt.

Además del tomo que mencionás, Berendt fue un gran difusor de jazz, escribió cantidad de libros sobre dicho género musical...

–Si te gusta el jazz, hay una poesía preciosa de John Coltrane, una declaración espiritual donde entrelaza su pasión por la música con la fe. La escribió después de sus problemas con el alcohol y las drogas, después de una larga lucha contra las adicciones. Y dos, tres años antes de morir. Si podés, buscala.

(La cronista busca. Y el poema –averigua– es parte del disco cumbre de Coltrane, A Love Supreme, y acompaña su cuarto movimiento, “Psalms”; la conexión está insinuada crípticamente en las notas. Entre otras líneas, se lee: “Las ondas de pensamiento. Las olas de calor. Todas las vibraciones. Todos los caminos conducen a Dios. Gracias a Dios”. Y luego: “Un pensamiento puede producir millones de vibraciones...”.)

Vibramos entonces con Ilse, ilustre desde siempre.

Ilse Fuskova en Centro Cultural Tierra Violeta, Tacuarí 538, CABA.

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IMAGEN CENSURADA EN 1988 QUE INTEGRABA LA MUESTRA MITOMINAS II.
 
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