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Viernes, 14 de agosto de 2015

CINE

Juventud divina, tesoro

La princesa de Francia es una amalgama de universos poéticos y cinematográficos bellamente construidos, con el perfume de Shakespeare y la marca de un autor que narra el amor.

Puede ser que como espectadores nos hayamos acostumbrado, después de las dos primeras películas de Matías Piñeiro inspiradas y tejidas con Shakespeare (las anteriores fueron Rosalinda, del 2011, y Viola, del 2012), pero lo cierto es que en la tercera de las “shakespeareadas”, esa palabra campechana que usa Piñeiro para referirse a esta parte de su obra y que sin querer o queriendo da cuenta de una actitud con respecto a las fuentes que trabaja, la traducción de los diálogos del dramaturgo inglés en la boca cada vez más diestra de las actrices argentinas que los recitan mientras ensayan o actúan parece un embrujo. Ya no hay ninguna diferencia, ninguna extrañeza, como sí podía haberla en Rosalinda (y me refiero a esa extrañeza placentera que de vez en cuando deparan el cine o la literatura, el asombro de encontrarse con algo nuevo). Ahora lo que hay en cambio es naturalidad, la naturalidad por supuesto ficticia de un mundo de ficción construido y ejecutado con tanta coherencia que genera esa impresión milagrosa de parecer que existe.

Ese mundo de actores jóvenes que interpretan a Shakespeare y hacen de los espacios –Buenos Aires o el delta– distintos escenarios para sus andanzas tiene otra vez como núcleos de sus movimientos a Agustina Muñoz, Julián Larquier, María Villar, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Romina Paula. Pero en este golpe de dados le toca a un varón ser el protagonista, y así Julián Larquier interpreta a Víctor, que vuelve de México después de un año con la doble intención de retomar en forma de radioteatro una obra que había compartido antes de irse de viaje con las chicas (Trabajos de amor perdidos, de Shakespeare) y mientras tanto, en una especie de casting encubierto, elegir a alguna de las chicas para que lo acompañe como pareja en un próximo viaje. Pero ojo, no se trata de que Julián sea sexista y piense a sus compañeras como intercambiables o coleccionables. O si las piensa así, del mismo modo lo tratan ellas a él, y el conjunto parece uno de superchicas y superchicos que hubieran entendido las reglas del amor y del sexo –con la ayuda de Shakespeare, aunque parezca mentira– y se saltaran toda la parte de la neurosis para vivir sus affaires en un tiempo comprimido: el personaje de María Villar por ejemplo, está embarazada pero dice no saber de quién y, después de pasar una noche con Víctor, lo despide con una postal en la que dice algo así como “Mejor no”; después, cuando Víctor tiene que pasar una noche compartiendo cama con Carla (Elisa Carricajo) lxs dos concuerdan que es mejor que no pase nada esa noche porque total va a pasar más adelante.

Nadie se desespera por retener o apurar un amor porque juventud es lo que sobra, pero más allá de la anécdota, Piñeiro tiene hasta más de una idea por escena y experimenta con las posibilidades del cine y su conjunción con el teatro y la poesía casi independizándolos de cualquier narración, volviéndolos materia. Quizá La princesa de Francia representa una búsqueda en esa dirección y la musicalización de Shakespeare, o el recorrido lentísimo sobre el cuerpo desnudo de El baño de Venus de Bouguereau, vayan por ese lado. En todo caso, sus efectos son no sólo gozosos sino inquietantes; en esas cosas Piñeiro es asombroso y quizá lo que le falta o comienza a faltarle a esta especie de saga sea que aparezca algo de peligro. Si se piensa en otra serie de películas con historias sentimentales vividas con un espíritu vagamente similar (aparte de Rohmer) como son las de Truffaut que van de El amor a los veinte años hasta El amor en fuga puede verse que allí también ni siquiera los fracasos amorosos o las pérdidas bastaban para quebrar el espíritu lúdico e inquebrantable de su protagonista, pero había algo así como el tic tac de un reloj marcando, eso sí, que la juventud de Doinel se retiraba, que algunas cosas estaban dejando de ser tan divertidas.

En el Malba los viernes a las 20 hs. Av. Figueroa Alcorta 3415.

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