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Viernes, 3 de enero de 2003

SOCIEDAD › SOCIEDAD

Mundo Grisín

Si algo quedó de la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre de 2001 es la conciencia de lo que se puede hacer cuando unas cuantas personas se reúnen. En el caso de la fábrica Grissinopoli, los obreros resistieron al cierre y, junto a la solidaridad de los vecinos organizados en asambleas, lograron mantener la fuente de trabajo y abrir un espacio comunitario en el que ahora también se fabrica cultura.

 Por Soledad Vallejos

Apagado el fogonazo arrollador que alumbró al verano más caliente del que la Argentina tenga memoria, basta con descorrer algunos de los restos de cenizas para encontrar, allí, debajo, titilando y con vida suficiente, algunas de las chispitas que finalmente pudieron decantar y arraigarse en el terreno. Porque esa luz fue fulgurante y supo de estrépitos que se acallaron con la cadencia de un año empeñado, sobre todas las cosas, en “normalizar” y borrar la ruptura, pero no puede decirse que absolutamente nada haya cambiado. Es una tarde de verano y en la planta baja de la fábrica apenas hay más ruido del que puede provocar un obrero llevando esa bandeja llena de prolijas filitas de empanadas doradas. Desde el fondo, donde la penumbra deja vislumbrar el final de una larga, larguísima línea de producción construida con criterios fordistas (un obrero, un puesto, una función específica en la producción), llegan algunos ecos del día de trabajo que está por terminar en Grissinopoli, una de las cerca de 140 empresas que, de un tiempo a esta parte, se han negado a desaparecer junto con gerencias y grupos directivos y han sido retomadas por sus trabajadores. Autogestión, parece ser la palabra, y necesidad de no perder una identidad social que sólo podría construirse a partir del trabajo, el empeño que alimentó los pasos de estos 16 trabajadores (14 obreros, 2 administrativos) el 1º de junio de 2002, cuando los empresarios les anunciaron que bajarían las persianas definitivamente. Allí empezó todo: con el presagio del fin. Pero algo pasó en el medio. Una alianza, un acercamiento entre obreros, asambleístas barriales y artistas, detuvo el derrumbe y fue lo suficientemente fuerte como para que este 2003 que acaba de comenzar cargue con las evidencias de algunas nuevas relaciones: de esos hornos sigue saliendo el aroma de los panificados que Grissinopoli inauguró hace ya 40 años, y entre esas paredes del edificio de Chacarita se gestan nuevos sonidos que combinan la producción de alimentos y de cultura, en el Centro Cultural de Artes y Oficios Grissicultura.
carteles
“Cooperativa La Nueva Esperanza Ltda.”, recuerda el cartel que cuelga sobre las máquinas de la planta baja, como si ese ir y venir de trabajadoras y trabajadores que acomodan vasos, asignan servilletas de papel cuidadosamente dobladas y desvelan inmensas bandejas de empanadas bajo la mirada de los primeros invitados a un brindis de fin de año celebratorio de su fuerza de grupo no fuera suficiente para recordarles que, si siguen ahí, es gracias a haber sumado fuerzas en la hora precisa.”Limitada... es raro, suena a ‘esperanza limitada’ ¿o será por ‘sociedad limitada’?”, susurra el artista plástico Ricardo Roux, y apenas puede contener la risa de esa ocurrencia que se cuida de pronunciar en voz apenas audible para no ofender susceptibilidades en ese lugar con el que se sabe solidario desde un primer momento. Era junio y la patronal acababa de anunciar el cierre cuando los obreros atinaron a hacer lo primero, lo más lógico y posible frente a una empresa que había dejado de pagarles el sueldo hacía meses: se instalaron allí y la tomaron. Pocos días después, en cuanto la organización interna fue posible, fueron descubriendo las verdaderas dimensiones de un conflicto al que empezaban a enfrentar: no eran solamente salarios lo adeudado, sino que también se debían aportes jubilatorios. Pero mientras esa huelga fuera silenciosa y puertas adentro, los resultados serían mínimos.”Todo cambia –escribió César Hazaki, editor de la revista de psicoanálisis, cultura y sociedad Topia– cuando pintan carteles en el frente de la empresa denunciando la situación y hacen un piquete en la puerta de la fábrica”.
“Los obreros y compañeros lucharemos por Grissinopoli hasta las últimas consecuencias”, desafiaba una sábana pintada con aerosol desde las persianas más que simbólicamente bajadas, y ese anuncio bastó para empezar a operar como un imán para las vecinas y los vecinos que permanecían activos en distintas asambleas, más que barriales, organizadas por esquinas estratégicas. Era invierno cuando las puertas todavía definían un adentro de conflicto y desesperación que no lograban mitigar la desconfianza y un afuera que se acercaba para tender puentes. “Estaban cagados de frío de noche acá –recuerda Roux de esos primeros días–, lloraban las mujeres, era una tristeza. Una noche vine y se me pone uno a llorar al lado y me dice ‘no damos más, no damos más’. No tenían para comer, las familias estaban lejos, porque todos tienen sus casas lejos, a por lo menos una hora de viaje”. Pero conocer detalles de experiencias en otras plantas recuperadas como las de Brukman o Panificación 5, de Carapachay, y abrir el juego a esas asambleas para sumar fueron una y la misma cosa. Enseguida, el abogado Luis Caro comenzó a encargarse del asesoramiento y todos los trámites necesarios para lograr la expropiación y entrega a los obreros. Habida cuenta de que los propietarios habían abandonado no una fábrica quebrada sino en convocatoria de acreedores, los primeras palabras de la jueza Norma Beatriz Di Noto no eran alentadoras: en poco tiempo sería vendida, y los compradores serían nada menos que abogados especializados en cram down, un tipo de operación basada en comprar empresas en bancarrota no para hacerlas producir sino por el valor inmobiliario. “La Justicia nos defraudó –dijo uno de esos días de agosto en una asamblea Ivana Agüero, una empleada con más de 25 años de antigüedad en Grissinopoli– como obreros estamos humillados pero como seres humanos hemos crecido. Hoy sabemos el valor de la solidaridad de todos ustedes, nuestra decisión es resistir el desalojo, no permitir el cierre definitivo de la fábrica y poner todo el esfuerzo en volver a producir”. Ya había habido un festival musical para recaudar fondos que sostuvieran las necesidades de la ocupación (una definición que no le cierra a Ivana, porque “nosotros no impedimos el ingreso de los propietarios” en ese tiempo), y gestos concretos como los que realizaba la Comisión de Solidaridad con Grissinopoli armada por asambleístas terminaban de demostrar que era posible un lazo más estrecho entre el afuera y el adentro de la fábrica.

La polis de las artes
y los oficios
Es fácil saber que Hazaki acaba de entrar a la fábrica por la estela de saludos que va tejiendo con los obreros en pleno trajín de recibir a los familiares, amigos y legisladores como Juliana Marino que llegan al brindis, o la fiesta con la que “festejan que están trabajando”, como señala Roux. Cerca de esa mesita de la entrada acomodada contra unamáquina inmensa, todos se mueven con la soltura de estar en un lugar que saben propio por prepotencia de trabajo, y al que invitan para celebrar el camino que llevan andado. Los asambleístas Hazaki y Roux, de hecho, muestran la misma comodidad, y tal vez hayan empezado a desarrollarla esa noche en que se conocieron casi de casualidad en la puerta de Grissinopoli, comiendo choripán.
–Cuando estábamos organizando el festival artístico, vimos el lugar de arriba y pensamos que ese espacio tenía que ser la fábrica y algo más. ¿Por qué? Porque no sólo estaban los compañeros obreros que trabajaban y luchaban por defenderla, sino que en este fenómeno que se da de las asambleas barriales, gente de la cultura, centros de estudiantes que, con mayor o menor intensidad, van participando de esto, va pasando algo. Y eso tenía que tener una manifestación, una expresión que no sólo lograra que la fábrica se sostuviera en la producción, sino que hubiera algo más. Hay algunos ejemplos, el más clásico es el de IMPA, que define su centro cultural como “Ciudad cultural”. Así que a partir de ese momento nosotros empezamos a hablar con los compañeros para que existiera un centro cultural y se definiera como vinculado a la historia de los centros de artes y oficios que el movimiento obrero formó desde su inicio –explica Hazaki.
Es curioso para los tiempos que corren, pero algún fragor aquí ha rescatado palabras que la omnipresente vacuidad de “la gente” de los últimos tiempos había relegado a algún arcón polvoriento. En Grissinopoli se dice “compañero”, “obrera”, “obrero”. Esa misma solidaridad que, finalmente, en octubre de 2002 logró que la fábrica fuera expropiada por el Estado a sus anteriores dueños y declarada de utilidad pública por la Legislatura porteña para que, durante dos años, los empleados puedan mantener sus trabajos y continuar la producción (bajo la protección del Gobierno de la Ciudad, que pagará durante ese tiempo los costos de expropiación, una suerte de alquiler), tal vez sea la misma que ideó una bandera que todavía permanece colgada en el frente: “Contra el desalojo. Tocan a una tocan a todas. Obreros/as de Grissinopoli”. En todo caso, debe ser la que cristalizó cuando, del cruce entre las distintas asambleas barriales y la de trabajadores, nació la idea de Grissicultura, el centro cultural de artes y oficios que ya tiene previsto su programa para el año que comienza.
Si este tipo de centros obreros de enseñanza históricamente surgió al amparo de necesidades estrictamente vitales, como la de aprender algún saber o conexión que facilitara la subsistencia, como podía suceder con las sociedades de socorros mutuos constituidas inevitablemente por distintos grupos de inmigrantes a principios del siglo XX, los rasgos de este emprendimiento en particular, es evidente, parecen distanciarse del terreno de ese tipo de satisfacciones para acercarse, con más convicción que timidez, a los esbozos de nuevas relaciones sociales. Dice Hazaki que desde allí ellos fueron pensando “esta idea de espacio comunitario. Nosotros definimos la fábrica como el trabajo para los obreros, la línea de producción para producir, y la empresa como empresa comunitaria. En ese momento, nos dimos cuenta de que esto permitía un espacio comunitario que fuese más amplio que el de los obreros que estaban aquí trabajando, permitía que esto fuese un espacio para la comunidad. Y una comunidad distinta. Muchos de nosotros, por ejemplo, no nos conocíamos, y somos todos del barrio”. En esta nueva manera de replantear lo político a nivel micro, las relaciones retoman lo que tiene de interpersonal el compartir un espacio público y privado con un proyecto más o menos en común y con probabilidades de participación. Ya no se trata de esa “comunidad imaginada” de la que Benedict Anderson hablaba en los noventa para definir a los países como unidades en las que cada uno de sus integrantes supone que el otro existe, que siente más o menos lo mismo que él, y que también imagina ese extenso territorio que probablemente nunca llegue a conocer por completo. En la nueva comunidad que busca definirse a partir deGrissinopoli, nada mejor que una realidad construida y decidida entre todos, y cuantos más nuevos vínculos puedan establecerse, pues tanto mejor.
–Cuando viene el otro día a comprar pan dulce, estaban tomando mate ahí, en la entrada. Me quedé un rato a charlar y enseguida empezaron las preguntas sobre la pintura abstracta, porque como me ven del barrio, me conocen. Y fue muy interesante. Yo conté anécdotas, nos matamos de risa. Ese tipo de cosas demuestra que se puede hablar de cosas del arte normalmente, una vez que se rompe el hielo y la mística–, dice Roux, que como pintor abstracto que es definitivamente debe estar más que acostumbrado a caras de compasión o reverencia absoluta cuando conoce a alguien y le explica a qué se dedica.
Lo que pueda tener de cotidiana su anécdota da cuenta, más o menos precisamente, de lo que está empezando a suceder en los tres pisos de esa planta fabril de Chacarita. De momento, alrededor de 10, 12 personas son las que integran cada una de las 5 comisiones que en los mediodías de sábados empiezan a repartirse las tareas para lo que será un año agitado en este centro de Artes y Oficios a punto de inundar con sus actividades el último piso, ese donde ya hay montada una muestra de cuadros y esculturas firmadas por nombres conocidos que se inauguró a mediados de noviembre (Fazzolari, Pesce, Roux, entre muchos otros), reparar una (maravillosa) casa de principios de siglo que se usaba como depósito de trastos de la fábrica, y acondicionar el terreno baldío que también posee la fábrica para poner a funcionar un taller de jardinería destinado a los niños del barrio. Si bien ya empezaron a producirse algunos bocetos de lo que vendrá (como una muestra de coreografía organizada con una profesora y alumnos del IUNA, o conciertos que el centro de estudiantes organizó recientemente), los primeros pasos del Centro Cultural están reservados para aquellos que decidieron, hace unos meses, abrir el juego y convocar al vecindario: Dante, uno de los obreros encargado del mantenimiento, dará un taller de electricidad y primeros auxilios del hogar durante enero.
–La Asamblea no está convocada por asambleas barriales, sino directamente por el centro cultural. Hasta ahora, como comisiones se están formando la de plástica, la de cine, la de teatro y la de expresión corporal. Y nosotros, desde la revista, abrimos un espacio de psicoanálisis vinculado a los movimientos sociales. No es estrictamente un centro cultural, que los hay y excelentes, sino un espacio de transformación. Nosotros queremos que sea un espacio de transformación que, primero, ubique una y otra vez que esta fábrica es una fábrica recuperada por los obreros. Que esta fábrica está en lucha, que no es una fábrica que tiene la vida comprada, sino que tiene una posición transitoria. De acuerdo a las condiciones políticas y el movimiento social, esto va a crecer o correr riesgo. Entonces, desde ahí, una y otra vez, tenemos que trabajar una articulación que permita jerarquizar el lugar pero, al mismo tiempo, darle lugar a las mayores cantidades de posibilidades de la cultura popular. Y, en esa articulación, generar trabajar y transformar. Por eso, por ejemplo, queremos la escuela de jardinería al lado, en ese terreno, para lograr darle a algunos chicos del barrio la posibilidad de que tengan un oficio razonablemente en poco tiempo y que puedan ver si consiguen trabajo.
–Y en el galpón también vamos a fabricar macetas –acota Roux–. Es sencillo: hacés un molde, lo llenás, lo vaciás, tenemos la maceta, la pintamos de colores y hacemos un circo bárbaro.
Agrega Hazaki un detalle fundamental: “tenemos que lograr, además, que el centro también sea un centro de recreación y formación para los obreros, que al que le interesa algo, también pueda en esta misma casa recurrir a eso. Es difícil, no te olvides que los compañeros hace seis meses estaban muertos de frío acá, y sin saber si iban a tener trabajo”.
Tal vez por el hecho de que hayan sido los más rápidamente convocados, los responsables del área de plástica son quienes tienen el programa mássólido y planificado para el año que empieza. Tal vez, también, sea el peso de los nombres el que ayude: los plásticos Ricardo Roux y Ernesto Pesce y el grabador Norberto Onofrio.
–Nuestra idea –señala Roux– es que todo esto, en algún momento, sirva para los compañeros que ocupan la fábrica. Si dentro de dos años dicen “bueno, se acabó, se tienen que ir”, que acá haya un patrimonio cultural importante. Entonces, por eso, quiero organizar muestras de nombres importantes: León Ferrari me dijo que sí, Luis Felipe Noé me dijo que sí, Gorriarena me dijo que sí, es una cosa grossa. A raíz de un mural que pinté en Giribone y Gregoria Pérez por pedido de una asamblea, la municipalidad me propuso organizar un circuito de murales, un recorrido turístico de murales por Buenos Aires. Junté a esa misma gente, hicimos un proyecto, y en ese proyecto entró Grissinopoli, y nos van a dar la pintura para pintar el frente. Entonces, dentro del proyecto general, está, por un lado, largar el año con una fiesta baile, convocando a los artistas plásticos para que conozcan el lugar y vengan con propuestas, y para juntar un fondo para organizar algo. También va a haber una muestra de afiches políticos de la izquierda, con Juan Carlos Romero; una muestra de 10, 12 artistas de pasacalles en la puerta. Y en mayo, el maestro Onofrio va a invitar a diez grabadores y va a hacer grabado con esta máquina de estirar pasta, en la vereda, va a sacar las cosas. También vamos a hacer un concurso de manchas para los chicos del barrio. Bah, del barrio estrictamente no... de la zona, el que se considera de la zona...
El cronograma sigue. Y tal parece que los invitados por los obreros al brindis de fin de año son absolutamente puntuales y cumplidores con sus citas. En algún momento, Hazaki, Roux e Ivana, la delegada, se pierden entre los vasos y las charlas. El 2003, parece, será agitación a puro grisín, arte y oficio. Será cuestión de seguir estas chispitas del fogonazo, porque alguna otra debe haber quedado por ahí.

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