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Viernes, 19 de agosto de 2005

URBANIDADES

Derechos

 Por Marta Dillon

Meses ha que escuchamos hablar del conflicto en el Hospital Garrahan, digámoslo, como el telón de fondo de algo por venir pero que no llega del todo. Y si uso el plural es porque todavía existe una ilusión de nos, que en algunos medios se escucha nombrar como gente y en otros, no muy distantes unos de otros, como ciudadano normal (no, ciudadana, no). Ese nos, entonces, se debate entre tomar posición por “los niños” o por “los trabajadores” (ni más ni menos que “nos”) creídos como se ha buscado que creamos, que los intereses de ambos están en conflicto y que el lugar común, perdón, el sentido común indica que no se puede poner en riesgo la atención de los pequeños sólo porque unos y unas cuantas inescrupulosas pretenden ganar sueldos que superan el costo de una canasta familiar íntegra. Pero, ay, las cosas suceden puertas afuera del hospital y lo malo, lo peor es lo que no puede ni siquiera llegar hasta ese centro. Mientras escribo, hace escasos minutos, murió una niña en Catamarca. Lo dice un cable con pocos datos extra, apenas que tenía una enfermedad respiratoria, que no tenía médico cerca y que llegó en estado desesperante al centro de salud que pudo, muy, muy lejos de su casa. Esta vez no hubo un Avelino que empujara la mula con mejor suerte, no hubo padre coraje ni largas historias en programas de cable que dieran cuenta de los pasos a través de la montaña. Es lógico, son 19 niños y niñas que mueren por día por causas evitables –llámese otitis, bronquitis, hambre– en diferentes puntos del país. Y sí, también es verdad que bajó la mortalidad infantil, pero siempre que promediemos Buenos Aires –8 por mil– con Corrientes –30 por mil, casi Kenia–. En 19 lugares del país hay profesionales médicos y no médicos que ven cómo se escurre el derecho a la salud como un hilo de agua sucia que filtra entre tanto barro sin paro mediante. Ahí también hay gente, ciudadanos normales, inertes, desjerarquizados más allá del título conseguido, que trabajan en salas y salitas periféricas con sueldos que ni llegan a los que se desprecian en los hospitales de Buenos Aires. Separados, eso sí, cada uno o una en su sala de barrio o de pueblo, impotentes. Qué sé yo, que me disculpen a mí también el lugar común, o el sentido común que es tan patético de ostentar, pero acá el problema del derecho a la salud tiene poco que ver con trasplantes o enfermedades complejas. Tiene que ver con una miseria más cotidiana a la que asistimos sin ver porque verla todos los días sería insoportable, repetitivo, un lugar común del buen sentimiento. Y entonces andamos así, indignados e indignadas por el paro mediático y sus derivaciones políticas, porque al fin y al cabo esto también es parte del palacio y ahí las cosas huelen mejor que en la periferia. Es que nosotros somos así, ¿vio?, gente común con deseos comunes. Queremos ver al Diego y que el cielo se caiga, porque total, Dios sigue siendo argentino.

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