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Viernes, 9 de diciembre de 2005

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Larga vida a los objetos

 Por Marta Dillon

Está bien, podrán acusarme de pacata, pero hay algo en el relato sobre el presunto violador de Núñez que no deja de rondarme y que por tanto no termino de digerir. Dice el registro de sus llamadas telefónicas que se comunicó con “25 prostitutas” antes de matar a una mujer y violar a su hija, sus vecinas como todos y todas sabemos, a quienes ya había amenazado, como también supimos. No es pacatería, soy capaz de jurarlo. Es una especie de desconcierto por el hilo conductor que va desde que alguien sacie mi deseo a lo sacio (lo desovo, lo sirvo, me descargo) del modo en que pueda sin importarme quién tenga que servir a mis intereses. Esto dicho en la primera persona de un hombre que de una manera o de otra cree que su deseo es tan imperativo que no hay nada que pueda ponerse en su camino, ni siquiera la vida (mucho menos el deseo) de quien ha elegido para que lo complazca. Disculpen, como decía antes, la pacatería, pero ¿no se trata de eso la prostitución? ¿No es lo que la sostiene como valor social, eso de consolar a hombres desolados, desesperados porque para los varones es una “necesidad” “descargarse”, “sentirse queridos o escuchados”? Si supieran con cuánta frecuencia he escuchado este argumento, en bocas probas y reconocidas socialmente por su solidaridad con los que más necesitan de ella. Pero claro, alguien tiene que hacer el trabajo sucio, y en general son las mujeres; y más a lo oscuro son las travestis, que ellas sí tienen trabajo sucio que hacer sobre todo porque los mismos que se jactan de haber llamado y/o servídose de prostitutas sólo con dosis importantes de sustancias que animan la palabra se jactan de haber pagado a travestis. Y en definitiva, si todo lo que separa a un hombre de descargar su “potencia acumulada” en una mujer cualquiera (porque, como dice el dicho, cuando la urgencia apremia todo agujero es trinchera) es el dinero que tenga en el bolsillo, ¿por qué no debería un marginal tomar lo que quiere porque es su derecho acceder a cubrir sus necesidades? Ay, le temo a la pacatería, pero más le temo a seguir cristalizando en orden al laissez faire que hay algo profundamente misógino en la prostitución que no se da de la misma manera en la prostitución masculina. Pero esto es harina de otro costal.

Y ya que hablamos de naturalizaciones, ¿qué onda con la descripción pormenorizada del aspecto de Felisa Miceli? Que no usa maquillaje, que sonríe mucho. Es cierto, también podemos decir que la ropa del mismísimo Presidente fue objeto de comentario cuando asumió hace tanto tiempo que ni recuerdo. Pero el reflejo –llámese reflejo a esta costumbre de estar mirando el mundo con el cristal de las discriminaciones de género– hace que a una se le pongan los pelos de punta, sobre todo porque ya se ha acostumbrado a quejarse de tanto pelado, gordo, petiso y feo en la televisión, ya sea presentando noticias u opinando sobre temas diversos mientras que las chicas de los noticieros, por ejemplo, tienen que maquillarse, peinarse y mantener la ropa a la moda, igual que el talle del trajecito. Pero volviendo a Miceli, ¡qué saludable escuchar a analistas de toda laya (como los antes descriptos) haciendo comentarios de género como ese que indica que es inédito que haya mujeres en estos ministerios y no en los de Educación y Desarrollo Social –crianza y nutrición, en definitiva–. ¿Dónde habrán escuchado eso? ¿Será que la gota verdaderamente horada la piedra?

Volvamos al sexo y a lo que su ímpetu desata. Resulta que en Francia una revista para chicas menores de 40 (¡qué poco tiempo me quedaría, de vivir allá, para disfrutarla!), a lo Cosmopolitan pero con la descoquez francesa en su background (con perdón de I. Bordelois), regaló vibradores en su edición de fin de año, jugando con la idea de lo que se “vibra” para el próximo. No estamos seguras de que haya causado alguna conmoción en el país europeo, salvo el dato concreto de que una revista católica se retiró de la sociedad de distribuidores (¡cuánto bien le hace a la polémica la existencia de la I.C.!), pero sí sabemos que aquí el tema rebotó, lo que en prensa quiere decir “hicimos una nota más sobre el mismo tema”. No es por nada, pero no se entiende del todo la sorpresa. Al contrario, resulta saludable que si las chicas quieren alivio rápido y seguro recurran a un objeto y no tomen a personas por tales, anulándoles su voluntad o sepultándola bajo tantos siglos de justificaciones dominantes que ya olvidamos de qué se trataba la propia voluntad, el propio deseo. Preferible ser amiga de tu vibrador. Y no porque te falten las vibraciones fundamentales de la vida, sino porque en la batería de opciones que nos brindan los tiempos modernos, ellos (los vibradores, consoladores es una antigüedad) están ahí para servirnos; en todo caso para conocer cabalmente la diferencia entre una persona y un objeto. Para desear un poco más a las personas, pero calmando la ansiedad con el objeto.

Qué sé yo, semana difícil, como todas en esta época, pero con la promesa de lo que vendrá, que siempre es mejor que lo que ya pasó. Estoy segura.

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