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Viernes, 21 de enero de 2005

TALK SHOW

Mercaderes

Quizás el estado de shock se deba en parte a la falta de costumbre. Quizá una –si le alcanzara el tiempo y no se le frunciera tanto el estómago ante tal perspectiva– debería arrimarse más seguido a estas producciones crudamente, desfachatadamente, desvergonzadamente comerciales, que por convención llamaremos teatrales. Esto es, recetas confeccionadas calibrando y superponiendo ingredientes que, se presume, actuarán de ganchos irresistibles para capturar al público. En estos cálculos, cuando el proyecto no es considerado otra cosa que una simple mercancía, cualquier ambición de logro artístico, aunque más no fuese secundario o muy acotado, suele quedar descartada desde el vamos. Y es habitual que las producciones de semejante laya apelen a la comicidad vinculada a lo sexual como picardía, al chiste verdolaga, al guiño más obvio, a la puteada como efecto reidero.
Por fortuna, se trata de espectáculos que, en relación con los que merecen llamarse teatro, son minoría, si bien se reproducen con mayor asiduidad durante estos meses, en la Capital y en lugares de veraneo. Y por cierto, son profusamente publicitados por la tele abierta (que tiende a ignorar las expresiones genuinamente teatrales porque supone que no son “populares”) en programas de cotilleos, dedicados con todo empeño a promover e inflar las riñas entre “vedettes” cada vez más operadas, cual criaturas de los doctores Frankenstein locales que fabrican en serie estos derivados de las actuales técnicas de reciclado y refacción de [email protected]
Entre los comediógrafos a los que localmente se recurre con cierta regularidad figura el suizo instalado en Francia, Marc Camoletti (1923-2003), responsable de vodeviles livianos pero efectivos y tan exitosos mundialmente como Boeing Boeing (1965, llevado al cine con Tony Curtis y Jerry Lewis). Sin haber leído las piezas originales, no queda otra que atenerse a las “traducciones” y –lo que es peor– a las “versiones” locales, que en ocasiones sufren además los “aportes” impunes de los integrantes del elenco. Por cierto, es lo que da la impresión de suceder en 50 & 50, Fifty-Fifty, reciente estreno en el Multiteatro, capaz dejar [email protected] a cualquier [email protected] medianamente exigente que se le anime. Porque lo que sucede sobre las tablas es la negación misma del teatro, de un relato escénico, de una actuación mínimamente profesional, de algo parecido a una escenografía, a un vestuario o a una iluminación con alguna intención de expresividad.
Increíblemente, dentro de un elenco que oscila entre la suficiencia de taquito (Rodolfo Ranni), los tropiezos con lo que quedó de la letra y la tentación de risa (Ranni y Tristán), la hipérbole a la violeta (Pablo Alarcón) y el narcisismo más fatuo (Graciela Alfano, o lo que resta de ella debajo de añadidos), vale salvar la corrección y discreción con que se maneja Flavia Palmiero. Por otra parte, de sobrio tailleur blanco durante casi todo el show, que sólo cambia por un vestido de noche al final, mientras que Alfano se muda de brillos, colorinches y transparencias a cada momento, caprichosamente.
Si se tiene es cuenta que esta pieza, bajo el título de Duos sur Canapés, fue estrenada en París (1979) por Michel Galabru, Jean Lefèvre, Marina Vlady (en el papel que hace Palmiero) y Lorraine Bracco (como Bubble -burbuja–, que pasó a llamarse Bombón con el morrito de Alfano), no es desatinado deducir que lo que se ve y se oye en el Multiteatro es una antojadiza degradación del original. De todos modos, para alguien quecomparte la pasión teatral de esta ciudad, que asistió a muchas de las representaciones que ofrece la inabarcable y variadísima cartelera porteña, ver esta Fifty-Fifty puede resultar, una vez superados la incredulidad y el azoramiento, una extraña bajada a tierra. A una tierra de mercaderes cuya conexión con algo llamado arte escénico, dramático, cómico, es nula.

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