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Lunes, 20 de diciembre de 2010

Equipos chicos

 Por Pablo Vignone

Hubo un tiempo que fue hermoso y fueron grandes de verdad. Hasta no hace mucho. Pero pasó casi una década desde el último período dorado de los Cinco Grandes, cuando en el arranque del nuevo siglo se repartieron de manera excluyente el título oficial de la Asociación del Fútbol Argentino.

Vale la pena el repaso de ese ciclo: el Boca de Carlos Bianchi le ganó por cuatro puntos el Apertura 2000 a River; el San Lorenzo de Manuel Pellegrini concretó su magnífica campaña de 47 puntos en el Clausura 2001, postergando a River y a Boca; el Racing de Reinaldo Merlo logró su primer título en 35 años quedándose sobre el cierre del convulsionado y acorralado diciembre de 2001, con el Apertura condenando otra vez a River al subcampeonato; el equipo de Núñez se desquitó con el Clausura 2002, con el Pelado Díaz al mando, sacándole seis puntos a Gimnasia; por último, el Independiente de Américo Gallego le puso el broche a esa era hegemonía con el cabezazo de Lucas Pusineri, en modesta producción, delante de Boca y River.

Previo a ese período de gloria sin contemplaciones, otros cuatro campeonatos fueron ganados por grandes (dos por Boca, Apertura 1998 y Clausura 1999, dos por River, Apertura 1999 y Clausura 2000) y a continuación, otra vez Boca y River volvieron a repartirse nuevos tres títulos (Clausura 2003 y Clausura 2004, River; Apertura 2003, Boca). En total, fueron seis temporadas consecutivas de absoluto dominio de los Grandes, a favor de una mayoría de virtudes que, de todas formas, dejaron espacio como para algún empujoncito de favoritismo a la pasada.

Desde entonces, la supremacía se desdibujó inexorablemente mientras crecían –como uno de los indicadores de la debacle (pero no el único) y de manera inversamente proporcional– los ceros de la deuda conjunta global. En los últimos trece (13) campeonatos, todos cortos of course, estos mismos grandes sólo pudieron conquistar cinco títulos: Apertura 2005, Clausura 2006 y Apertura 2008 para Boca, Clausura 2007 para San Lorenzo y Clausura 2008 para River.

Peor aún: hace dos años que ninguno de estos antiguos gigantes besa los labios del éxito. Vélez, Banfield, Argentinos, Estudiantes los han postergado. Con un cruel adicional, ya que ni siquiera accedieron al podio.

El eclipse, o la decadencia –como quiera vérselo– es evidente y palpable. Los Grandes ya no pelean campeonatos, sino la espantosa posibilidad a mediano plazo de perder la categoría. No sólo no están venciendo (sólo River y Racing ganaron en el 2010 más partidos que los que pedieron) sino que se arriesgan a ser derribados.

No puede ser entonces, casualidad, que intente imponerse desde arriba el debate sobre la oportunidad de reimplantar los torneos largos, de 38 fechas, de principio a fin de temporada, bajo la premisa (saludable pero sólo una parte de la verdad) de reducir las presiones, bajar la ansiedad, achicar el pánico y recuperar cierto estado de calma en torno de un resultado adverso.

En la negociación, los clubes chicos quieren acabar de paso con los promedios, esos desfiladeros matemáticos que los obligan a transpirar en exceso durante la temporada inicial en Primera. Pero no parece que vayan a recaudar suceso. Los Grandes necesitan una doble mano de la AFA, que se sostenga la barrera antitanque (aunque cada vez más endeble) sintetizada en los promedios y que se duplique la continuidad del esfuerzo, de 19 a 38 fechas, especulando con la menor robustez de las campañas de los chicos, teóricamente más comprometidos en cuanto a medios económicos y futbolísticos para mantenerlas.

Y parece que la AFA va a dárselas.

Sin embargo, la última premisa carece ya de la condición de irrefutable. El discurso dominante ensalza desde hace tiempo los méritos administrativos de entidades que a trazo grueso podrían ser consideradas de segundo orden –un escalón por debajo de los Grandes– como eje de campañas futbolísticas más brillantes y coloridas, además de eficaces. Estudiantes y Vélez lideran ese lote; Banfield y Lanús fueron enormemente elogiados aunque ahora se desdibujaron un tanto; Godoy Cruz asoma como para integrarse a ese círculo. ¿Y Racing? ¿Es casualidad que el Grande de rendimiento más disimulable en el 2010 sea, de paso, el que más ordenado está, desde el punto de vista económico, entre los integrantes del selecto orden?

Hoy no está tan claro que, en campañas de largo aliento, Boca y River puedan prevalecer necesariamente sobre estos Grandecitos. La idea generalizada es que si campeón y subcampeón del Apertura 2010 que acaba de finalizar no caen del pedestal por errores de juicio, desmantelamiento o alguna catástrofe, difícilmente se les escapen los próximos logros.

La lectura es obvia. No solamente precisan los Grandes volver a ganar sus campeonatos económicos (Gámez dixit) para reclamar suceso. Será condición necesaria, pero no suficiente. Y eso augura años de ardua gestión, en todo sentido, para reclamar nuevamente la propiedad del podio.

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