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Lunes, 10 de julio de 2006

FúTBOL

Campeón mundial de los árbitros

 Por Gustavo Veiga
Desde Berlín

El único argentino que jugó la final soñada fue Horacio Elizondo. Con perdón de Mauro Camoranesi y David Trezeguet, y más allá de las camisetas. El árbitro tuvo una final bien comprometida, a tono con lo que estaba en juego, que penduló entre las brusquedades de los italianos y la agresión de Zinedine Zidane. Pero el conductor de Francia le dio un cabezazo en el pecho al desprevenido Materazzi y nuestro finalista, silbato en mano y auricular en el oído, lo expulsó como correspondía. Ese fue el gesto técnico más logrado de una noche casi impecable, quizás a instancias del juez de línea Darío García.

Antes, a nuestro hombre, un ex referí de handball, lector asiduo y ex secretario general de la Asociación Argentina de Arbitros, no lo acompañarían demasiado los jugadores, en su afán por defender la camiseta, con algunas patadas de más y unas cuantas quejas que hubieran sacado de las casillas a cualquiera. A Elizondo lo puso a prueba desde el primer minuto el capitán de Italia, Fabio Cannavaro, cuando lo cruzó a Henry en la mitad de la cancha con un cuerpazo que dejó tendido en el suelo al francés por un buen rato. Cinco minutos después, el flaco Materazzi se “comió” a Malouda, lanzado en carrera, y pese a que hizo el gesto de retirar el botín para evitar el contacto, dio la sensación de que se lo llevó puesto. El árbitro no dudó y nadie protestó.

Las complicaciones siguieron para nuestro único argentino en la cancha –consuelo de pobres– en su ímpetu por seguir el partido de cerca. Así como Materazzi pudo llevarse por delante a Malouda, él hizo lo propio con Gattuso, en una corrida que lo depositó sobre el césped. Anuló bien después un cabezazo peligroso del lungo italiano y goleador, por infracción sobre Vieira.

Su profesionalismo quedó a salvo. Incluso, cuando le anuló un gol a Toni por posición adelantada. El árbitro argentino se retiró del Mundial con honores y mandó a dos pesos pesado a los vestuarios antes de tiempo. El propio Zidane y el díscolo de Rooney. Los argentinos siempre nos hacemos notar, aunque no juguemos. ¿O no?

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